martes, 16 de diciembre de 2008

NIEVE Y NAVIDAD




¡Hermosa Sierra Nevada, Muhacen y Veleta, cima de España, desde donde se contempla el mar y las nubes que nacen del viento! ¡Mar Mediterráneo, verso heroico, luminosidad sagrada de estos pueblos del Marquesado del Zenete y su valle de álamos y huertas!




Nevó, cayó por fin la nieve sobre los campos únicos de España. Alcanzó nuestra Sierra Nevada, Guadix y sus torres. ¡Es la Navidad de mis recuerdos! No me resisto a publicar aquí algunas fotografias del Guadix con nieve,tomadas, unas, del " Ojo de Guadix", donde aparecen excelentes fotografías de Torcuato Fandila, Magán, otras de autores anónimos. ¡Véanlas!






sábado, 6 de diciembre de 2008

CANCIONES PARA DORMIR AL NIÑO






A mis nietos Fernando y Claudio, junto al Belén.

I

¡Qué silencio tan divino!
El me mira y yo le miro.

II

Era de plata
La luna llena



Dentro del agua.
Y el Niño quiso
Tocarla.
Vino José
Y con la vara
Sacó la luna
Del agua.

III

Y se parecían
El Niño y María.
La misma mirada,
La misma sonrisa,
Las mismas palabras,
Las mismas caricias.
Mirando a Jesús,
A ella veías....

IV

Duerme mi Niño,
Rayo del alba,
Duerme lucero
De la mañana...

V

Tiene la rosa
Sangre y espinas.
La Virgen llora
Cuando la mira.
Nadie la toca
Que así es la rosa...

VI

Cordero que duerme,
A la medianoche
Capullo de nieve...

VII

Y siempre María
Todo lo guardaba.
Guardaba sus lloros,
Sus ropas de lana
Y su pelo rubio
Sobre la almohada.
Guardaba los besos
Que el Niño le daba
Y aquellas sonrisas
De la madrugada.
Y siempre María
Todo lo guardaba...

VIII

Cordero divino,
Que la noche vuela
Mientras yo te miro...


José ASENJO SEDANOAlmería, XII, 1988

JESÚS NACIÓ EN UN ESTABLO







Con mi felicitación navideña a todos mis seguidores.

Lo dice así Giovanni Papini recogiéndolo de los escritos evangélicos y la tradición que enlaza con Justino y Orígenes. Papini, un converso que “aspiró a ser Dios”, y terminó por escribir “La Vida de un Dios que se hizo hombre”, como él mismo confesaría explicando los motivos que le llevaron a su “Historia de Cristo”. Aconseja su lectura el cardenal Rouco Varela, prologuista de una reciente reedición. Es sobre todo la historia de un convertido, convencido de no alcanzar nunca la belleza y perfección de los evangelios. Véase, si no, la versión de San Lucas, tomada de labios de María.
Y es Papini quien nos recuerda en la primera línea de su Historia, que “Jesús nació en un establo”. En un verdadero establo, nada de casa renacentista. “Un establo real es la casa de los animales, la prisión de los animales que trabajan para el hombre”. Paja, estiércol y humedad. “El lugar más sucio del mundo fue la primera habitación del más puro entre los nacidos de mujer”. Y no fue por casualidad. ¿Acaso, se pregunta, “no es el mundo un inmenso establo donde los hombres engullen y estercolizan?”.
Los primeros adoradores del Niño (obviando a María y José), después de las bestias, serían los pastores, la gente más despreciada de ese tiempo. Gente sencilla acostumbrada a mirar las estrellas. Quizá representen a los humildes de todos los tiempos. Pastores habían sido Saúl y David, los primeros reyes de Israel.
Aunque para mí, el primer adorador de Jesús concebido, no nacido, fue Juan el Bautista, feto de seis meses dentro del vientre de su madre Isabel... Dice el evangelio de San Lucas (Cap. 1, 42) que “así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo”. ¡Un no nacido arrodillado ante el Mesías feto de unos días! Hoy que tantos no nacidos son exterminados, que se les despoja de su identidad personal, corrigiendo el orden de Papini, es claro que el primer adorador del Hijo de Dios, fue Juan Bautista en el seno de María, su madre. Y tiene cierta lógica, los sacrificados y los perseguidos (fetos y niños) tendrían un primer plano en esa venida de Dios con nosotros, hermano de sus hermanos más despreciables... Después vendrían las bestias y los pastores, el mundo inmenso de los inocentes... Dios ensalzando a los humildes, a los indefensos, a los hambrientos. “Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes”.
Otro historiador de Jesús fue Giuseppe Ricciotti (Roma, 1890-1964, arqueólogo y sacerdote católico. Cuenta en el prefacio de su obra “Vida de Jesucristo”, que la primera idea de escribir este libro se le ocurrió en circunstancias adversas, herido de guerra en un hospital en un hospital del valle de los Alpes, donde estuvo cerca de la muerte. En un momento de temor, se le vino a la mente que si salía vivo del campo de batalla (primera guerra europea) escribiría una Vida de Jesucristo. Junto a él, sobre su jergón, cuenta, tenía un ejemplar del Evangelio, cuyas páginas estaban manchadas de sangre que “sobreponían a guisa de rúbrica a los caracteres griegos, parecíanme un simbólico entrelazamiento de vida y de muerte.”
Sin embargo, no escribiría inmediatamente su libro. Le infundía pavor la sola idea de escribirlo, idea que nunca se fue de su cabeza, convirtiéndose cada vez más en una necesidad. Buen conocedor de la historia de Israel y de la Guerra de los Judíos de Flavio Josefo, conocía mejor que nadie la geografía evangélica, el mapa de la vida de Jesús. Tendría que venir la segunda gran guerra para renovar la agonía de aquel hospital de campaña, ahora en peores circunstancias. Europa nuevamente anegada de sangre, para comprender que había llegado la hora de salvar a una humanidad llamada civilizada en trance de muerte. Y se puso a escribir y a rezar. No podía quitarse de la mente aquel Evangelio de su jergón de soldado manchado de sangre. ¡Otra vez la guerra!
En la Pascua de 1941 aparecería su voluminosa e interesantísima Historia de Jesucristo, cuya primera edición se agotó en un mes. Y así las sucesivas...
Riccotti también nos recuerda que Jesús nació en un establo. Retablo que el Peregrino de Burdeos pudo contemplar en el siglo IV bajo las bóvedas de la gran basílica que, en 325, mandara edificar Constantino, respetada por los persas invasores en 614 y que, hace unos años, vimos también nosotros un día de lluvia, con soldados con metralleta. Basílica de tres rostros: ortodoxo, armenio y católico donde se venera un retablo con la imagen de la Virgen ofreciendo su Niño recién nacido a los peregrinos...¡Muéstranos a tu Hijo! Abajo, en la sombra, la gruta con la estrella luminosa donde se lee la inscripción. “Y el Verbo se hizo carne...” Aquella mañana de lluvia, llena de peregrinos de todo el mundo, católicos y ortodoxos, oficiales rusos firmes adoradores de la Estrella que siempre guía.... Son maravillosas las obras del Todopoderoso...


José ASENJO SEDANO

jueves, 4 de diciembre de 2008

EL BADOLERISMO GRANADINO: "LOS NIÑOS DE GUADIX"





CARLOS ASENJO SEDANO, publicó el pasado 1 de diciembre de 2008 en el periódico IDEAL, de Granada, el siguiente artículo sobre el bandolerismo granadino, que reproducimos a continuación:




TRAS las alteraciones de toda clase promovidas por la Guerra de la Independencia (1808/1814), especialmente en su epílogo de miserias, ruinas, desgobierno y afán de libertad, llegó un periodo, el reinado de Fernando VII, en que, por unas u otras razones, muchos desclasados se echaron al monte, al bandolerismo más o menos romántico, de acuerdo con la época, o simplemente al bandolerismo depredador. Una situación que el posterior reinado de Isabel II fue metiendo en cintura gracias a una acción de gobierno más vertebrada y a un desarrollo económico más generalizado y más eficaz, en el cual las nuevas mejoras en las comunicaciones no dejaron de ser un factor decisivo.Por eso, la aparición bandolera de los llamados 'Niños de Guadix', buscando cierta analogía con los famosos 'Siete Niños de Écija', no dejó de ser un fenómeno, además de anacrónico, también llamativo por sus connotaciones sociales. Sucedieron los hechos durante el reinado de Alfonso XII y la gestión de Cánovas, en el año 1880. Y su germen está en una escapada de seis reclusos de la cárcel de Guadix que, pese a la inmediata búsqueda por parte de la Guardia Civil, no fueron atrapados, posiblemente por la existencia de colaboradores extra muros. Son José Fernández Vázquez, de 40 años; José Valero Valverde, ¿?; Juan Serrano Serrano, de 30; Rafael Jiménez Sierra, de 24; Rafael Olivencia Cárdenas, de 26, y Juan Vázquez Sierra, de 26 años. El pueblo los conocerá como la banda o la partida de 'Sierra y Olivencia'. Durarán sus fechorías poco tiempo, pero serán magnificadas por su voluntaria y trágica muerte.Enseguida de escapados ya están organizados, sin perder tiempo para actuar en robos, atracos, chantajes, etc. en todo el territorio, especialmente rural, de su demarcación, que son los montes y cortijadas de la zona de Guadix, en donde pronto les surgen cómplices y encubridores. Actúan en grupo o por parejas, pero escapan individualmente, y su actividad es múltiple y simultánea, aquí y allí, sincronizada y sin previo aviso, pero sí violenta y contundente Pero, como sucede frecuentemente en estos casos, por un azar, en el ferrocarril de Atarfe, son sorprendidos, por simples sospechas, dos de ellos, aunque sin armas. Pero esto no desanima a los restantes cuatro bandidos que, entre otras actividades, se dedican a ayudar a otros presos y a castigar soplones. Su historia es la sucesión de atracos, robos y castigos en toda la comarca sin que la Guardia Civil logre poner el menor remedio a pesar de reforzar constantemente las fuerzas destinadas a esta operación. A veces localizan a los bandoleros, pero siempre se les escurren de las manos. Y su osadía y seguridad llega al punto de atreverse a presentarse en las fiestas de Navidad de Guadix e integrarse en los grupos callejeros de muchachos que se divierten, de noche, con instrumentos de cuerda, zambombas y otros objetos, cruzándose sin temor con paisanos que les conocen, y que no se atreven a cantar. Y la jactancia del Olivencia llega al punto de proponer y conseguir dar una serenata al Jefe de Policía de la ciudad, bajo sus balcones, en la puerta de su domicilio. Y de ahí se van al Casino, de donde ven salir al comandante de la Guardia Civil, al que saludan ceremoniosamente, y al que siguen de cerca tocando sus guitarras y bandurrias a manera de homenaje, y obviamente, de burla. Y, como es de rigor, no faltan las visitas a burdeles y demás tugurios públicos y pecaminosos.Como he dicho, la partida es localizada con frecuencia por los espías de la Guardia Civil, y los guardias llegan hasta a enfrentarse con ellos y cruzar tiroteos que resultan infructuosos, ya que, en el último momento, los bandoleros se escurren. Así hasta que, en la primavera de 1881, se hace cargo de la escandalosa situación el teniente coronel primer jefe de la Guardia Civil de la provincia de Granada, quien decide acabar con este juego. Y enseguida pone en circulación una eficaz estrategia de 'chivatos' que no tardan en filtrarle que los dos jefes de la Partida, Sierra y Olivencia, suelen pernoctar en el cortijo de 'Los Agustinos', en La Peza, bajo la cobertura del cortijero, su mujer, embarazada, y sus cinco hijos. Cortijo que inmediatamente es sometido a vigilancia con guardias camuflados de campesinos. Y elige un numeroso grupo de guardias, buenos tiradores y valientes Y a esperar que los bandidos entren en la ratonera.Y efectivamente, en una noche infernal de ventisca y frío, los bandidos entran en el cortijo. E inmediatamente comienzan los civiles a estrechar el cerco y a conminarles para que se rindan, a lo que los bandidos se oponen terminantemente sin dejar de disparar por todas partes, aunque en un intervalo, se convienen con los civiles, para que abandonen la cortijada, el cortijero, su mujer y sus hijos, para ellos solos continuar la lucha.Muy numerosos los civiles, y hechos ya dueños de la situación, y cercados los bandidos, la suerte estaba echada. Por eso la Guardia Civil insistía en su rendición con la promesa de que nada les sucedería, creyendo ser muchos más los cercados.. Pero los bandidos no aceptaron la oferta, respondiendo a tiro limpio. Por lo que la Guardia Civil hubo de agujerear las paredes de la cortijada para forzarles a salir. Pero nada consiguieron. Entonces, la Guardia Civil recurrió al remedio extremo en estos casos: prenderle fuego al Cortijo. Rociándolo de gasolina, y echando los manojos encendidos por las chimeneas. El resultado fue aminorarse el tiroteo desde el interior hasta desaparecer. «¿Nos achicharraréis, pero no nos rendiremos!», voceaban. Entonces, todo el cortijo humeante y desmantelado, los guardias decidieron entrar. Y allí se encontraron a los bandidos Sierra y Olivencia carbonizados. Eran los únicos que estaban dentro. Los otros dos fueron detenidos poco después.

Fotos de Agapito Cirera y José Polo, guardias civiles muertos valientemente luchando en La Peza y en la cueva de Campillos con "Los Niños de Guadix".

miércoles, 3 de diciembre de 2008

EN TORNO A "LOS GUERREROS"








En octubre de 1970, la Editorial Destino de Barcelona, publicaba mi primera novela, “Los Guerreros”, que fue recibida con notable éxito por la crítica literaria. La novela había sido presentada al Premio Nadal en 1965 llamando la atención del jurado, como me manifestaría su secretario, Rafael Vázquez Zamora. Cinco años después, la editorial decidió su publicación, lo que, sin duda, constituyó una grata sorpresa para mí, más por los muchos comentarios que se escribieron, especialmente en Barcelona. En Sevilla, fueron los escritores Manolo Ferrand(Premio Planeta) y José Ortiz de Lanzagorta, ya fallecidos, los que se pusieron en contacto conmigo –era la eclosión de la llamada “Narrativa Andaluza”- y yo me encontraba en Cádiz, donde residía por razones de trabajo. Todo era novedoso para mí, ya que siempre he vivido ajeno a la vida literaria, entonces tan floreciente en Sevilla (Halcón, Alfonso Grosso, Antonio Burgos, Salado, Julio de la Rosa, Luis Berenguer, Manolo Barrios, Muñiz Romero, García Viñó, José María Requena, López Pereira, Vaz de Soto...)...
A José Ortiz de Lanzagorta, escritor y crítico literario, lo conocí personalmente una tarde en San Fernando, dónde convinimos en vernos y charlar. El venía con Loli, su mujer, y yo iba con la mía, Adela. De ahí salió una larga amistad que duró hasta su muerte.

De entonces es el artículo que José Luis escribió sobre mi novela
, publicado en “El Correo de Andalucía”, Sevilla, el 28 de mayo de 1971, que doy a continuación con memorable recuerdo.

ASENJO SEDANO Y SU ÉPICA DEL FRACASO DEL AMOR.

“ Aquella era una ciudad de guerreros impenitentes. Un gobernante allí tenía que ser antes que nada un buen jinete para saber mantenerse en pie y para saber tirar de las riendas a su tiempo. Allí todo el mundo luchaba a su modo y nadie podía vivir sin tener sus enemigos propios. Esto venía a ser como el secreto de su vitalidad”. (Pág. 36)

Dos familias jugando a la guerra. Dos bandos, en un mismo pueblo, coreando la tragedia. Dos estirpes caducas con el odio siempre a punto. Dos adolescentes (Rodrigo Espinosa y Blanca Fonseca) víctimas de la eterna enemistad. Y como fondo, las murallas, las torres, sus torreones arruinados, la frontera inexorable de moros, judíos y cristianos: Guadix.
Esta es la anécdota, esta es la piel que sirve a José Asenjo Sedano para cubrir su relato (1). Un relato esencial, escueto, desnudo, donde las relaciones sintagmáticas recuerdan también bloques de piedras donde aparecieran, en una determinación sucesiva y ordenada, las torres y los torreones (vocablos esenciales) protagonistas de la tragedia. Un mundo cerrado al que, de trecho en trecho, una grita, una brecha nos indicara la caducidad. Patetismo contenido. Economía de lenguaje. Atemperado barroquismo sólo conceptual. ¿Envoltura de un símbolo? Intentemos una aproximación.

Cualquiera que pueda ser la postura del lector ante la obra literaria, sigue siendo válida aquella afirmación de Fidelino de Figuereido (“experiencia moral”, diría Rauh) de que cada escritor, como en los viejos siglos, tiene siempre sus propias palabras centrales recortando y señalando, en medio de nuestra oscura recepción del conjunto, un mirador o atalaya (torreón, en este caso, como indicábamos antes) desde donde explora el horizonte que el autor ya ha elegido para cristalizar su mundo.. Porque la obra de arte lleva siempre y como una trabazón orgánica “realidad-símbolo”, y son en esas torres de las palabras esenciales de las que pueden, de alguna manera, iluminarnos. Son en (“Los Guerreros”) esa espada siempre desnuda, esa cita inicial del Cantar I del Poema del Cid, el mismo nombre del protagonista, la ciudad que continua creciendo (fatalmente para Espinosa y Fonseca) fuera de sus murallas viejísimas. Es el lento y solemne modo de contar, cuento de juglaría casi, y esa especie de “tiempo en fieri”, de intemporalidad deliberada (distorsión que a veces llega a la anulación de los planos espacio-temporales en un relato, por otra parte, rigurosamente lineal), la que nos pone precisamente a la escucha de las posibles pistas disfrazadas por esta bella historia de amor y de muerte.
“Si algo admito en la narrativa hispanoamericana –dice Martínez Menchén- es su constante afirmación, su perpetuo auto de fe como tal narrativa, su optimismo un poco primitivo en la misión del escritor, en la importancia que puede tener el contar bellamente una historia en un mundo que, a mi parecer, está ya algo de vuelta de todas las posibles bellas historias que puedan imprimirse.” (2)




“Los guerreros”, ¿es sólo una bella historia, que ya sería bastante, un “Romeo y Julieta” andaluz –como se ha escrito recientemente- una “Love Story” a la española, sobria y mítica, o estamos ante una epopeya simbólica llena de leves ironías, unas castas irreversibles o irreconciliables –verdadera clave de unas divisiones ideológicas nunca cicatrizadas- por encima de la gesta personal de aquellos dos amante adolescentes?

Espinosa y Domínguez (luego, Fonsecas) constituyen respectivamente la aristocracia de la sangre, arruinada, y la burguesía comercial pusilámine decimonónica, desfasada, envidiosa de la nobleza pero inoperante, caduca ambas, enfeudadas en sus casas, puertas adentro de las murallas que, por el contrario, no sirven para contener el crecimiento que se realiza fuera de ellas. Y Guadix (el pueblo) como el coro de la tragedia, con sus vpces engañadas o engañosas que se materializan en tertulia de botica (los poetas, los intelectuales de trastienda) que terminan en la nostalgia de una épica fracasada. Pero Asenjo, aquí, no hace más que tomar el tema que estaba ya en el aire de la propia ciudad desde que Manuel (“El Niño de la Bola”, de Alarcón) mata absurdamente –caricatura romántica- a su amada, muriendo, a su vez, ante un pueblo dividido por incitaciones y venenos interiores que reclaman sangre de héroe donde alimentar treguas futuras.
Porque la muerte románticamente absurda de Rodrigo de Espinosa es, en “los guerreros”, el fracaso del amor, de la reconciliación profunda, de la superación del odio. Si, llegará la paz para aquel pueblo, pero una paz trágica, silenciosa, fatal, de cementerio, una paz por cansancio del odio y de la guerra, una paz aparente, ya que, “los días de verano, grupos de niños salían corriendo por las orillas del río y montaban en terribles caballos de caña. Se arrojaban piedras unos a otros y, al final, volvían lesionados, con manchas de sangre en la cabeza. Entraban victoriosos por el viejo arco de San Torcuato (ya sin santo y sin lámpara) y se detenían en la plaza a la luz de la luna para desmontar de sus corceles” (pág.181). Los niños inician el juego que dejaron pendiente los mayores.

Todo esto, Asenjo Sedano nos lo cuenta con una impresionante simplicidad de medios, con una extraña serenidad narrativa (incluso desdibujando o dejando cabos sueltos que hacen más lejano su punto de vista) y donde unos mínimos toques poéticos, entre medievales y bíblicos, cruzan la acción dándole un cierto clima desmayado, sin cansancio.
Como granadino, algo de Alarcón (raíz temática) y del mismo Lorca (pulso trágico) parecen batir sus armas bajo la mente de estos personajes. ¿Acaso no estaba ese mismo jinete, esa pasión a caballo en “Bodas de sangre”? (Porques la víspera las bodas de Blanca, cuando Rodrigo, como el Leonardo lorquiano, intenta romper “el muro de piedra entre tu casa y la mía”, porque “montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta”). Pero el aristocratismo de ciertos personajes, en Asenjo, al contrario –por ejemplo- de Valle Inclán, no tienen necesidad de ampulosidades descriptivas. Solo sirve para destacar una deliberada y anacrónica situación y que lo inmediato no se nos manifieste bruscamente. Pero todo en “Los guerreros”, es actual. También lo irrisorio, también lo que hay de burla en esta historia.

Si tenemos en cuenta la fecha que figura al final de la novela (julio de 1965) se comprenderá lo que esta obra (¿qué razones demoraron tanto tiempo su publicación siendo, como fue, de las finalistas del “Nadal” de entonces?) tiene de mejorable en su técnica y en algunas ariscas simplicidades de su estilo, pero sin quitar, a su vez, lo que tiene de precursora.
Alcazaba de Guadix

“Los guerreros” nos descubren un buen novelista andaluz que sabe muy bien lo que quiere contar y cómo contarlo. No es poco para el futuro de esta nueva narrativa del Sur, en cauce ya hacia logros importantes.

(1) “Los guerreros”, Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín, Núm 351, 182 págs., Barcelona, 1970.
“Los guerreros”, Ediciones Orbis S,A. y Ediciones Destino S.A., Barcelona 1984.
(2) A. Martínez Menchén, “Del desengaño literario”, Editorial Helios, Madrid, 1970.



JOSÉ LUIS ORTIZ DE LANZAGORTA
(“El Correo de Andalucía”, Sevilla 28 de mayo 1971)

sábado, 29 de noviembre de 2008

TRAFALGAR 1805-2005










Cuando hace años, 1960, llegué a Cádiz, la ciudad milenaria languidecía como una isla en el mar. 15 de septiembre, noche ya, el Paseo de Canalejas, junto al Puerto, resplandecía solitario de un verde vegetal. Eran los tiempos renovadores del marqués de Villapesadilla, los tiempos fantásticos del Trofeo Carranza. Relucían en la bruma las altas chimeneas de los buques trasatlánticos que viajaban a América con emigrantes españoles. Los vería todavía despidiéndose con pañuelos blancos, el bramar de las sirenas y los sones de Suspiros de España. Lágrimas y pañuelos también en los muelles por aquellos hermanos y amigos que muchos jamás volverían. ¿Qué sería de ellos? El trasatlántico no tardaría mucho en perderse por la Punta de San Felipe hacía la Bahía y la mar abierta...
Muchos años pasé en Cádiz, la ciudad mercantil y marinera, cuna de libertadores. En ese tiempo florecía su industria naval, los grandes astilleros, la botadura de gigantescos petroleros que convertían a la ciudad en un festival. Músicas, pitadas de los grandes y pequeños buques surtos, alegría de una ciudad próspera. ¡Bellos recuerdos aquellos de la Bahía, la Bahía de los barcos y de los poetas: Juan Ramón, Alberti, Cernuda, Pemán y tantos más! La Bahía como un espejo al atardecer, en la bajamar cuando las luces verdes y rojas de los Puertos –Puerto Real, Puerto de Santa María- comenzaban a florecer en la lejanía. Cuando los ánsares pasaban hacia Doñana y las pequeñas embarcaciones rompían el agua hacia las Puercas, mar adentro...
La Bahía también de la batalla de Trafalgar. De los grandes navíos de la Combinada francoespañola, refugiados allí por una decisión inútil de su almirante. Durante mi tiempo de Cádiz oiría hablar muchas veces de la famosa batalla y sobre todo del heroísmo de una ciudad en aquellos momentos trágicos. “La mar no se cansaba de arrojar a las playas muertos desfigurados, muchos de los cuales apenas podían identificarse. Todo Cádiz era un cementerio.” (Carta del capitán Sevilla).
Cinco años de mi arribada a Cádiz, se hablaba de los ciento cincuenta años de la batalla y, con motivo de su conmemoración, la Diputación Provincial publicó un interesante estudio, “Los días de Trafalgar”, del erudito gaditano Augusto Conte Lacave, prólogo de Miguel Martínez del Cerro. Augusto Conte, que poseía una de las bibliotecas y uno de los archivos particulares mejores de Andalucía, cosa no rara en Cádiz incluso en ese tiempo, formaba parte de aquellos ilustres gaditanos que llegué a conocer, como eran Cesar Pemán, Gener Cuadrado e incluso el mismo José María Pemán, a quien recuerdo paseando por la ciudad con su amigo el dominico Padre Vicente, muerto no hace mucho en Almería, y presidiendo la Academia Hispanoamericana, ya muy deteriorado, de chaqué, recibiendo a Jesús de las Cuevas y a Juan de Dios Ruiz Copete. Pemán era muy visible en la ciudad, en su Plaza de San Antonio...
El libro de Augusto Conte tiene el mérito de ser un estudio sobre la batalla de Trafalgar escrito en el mismo Cádiz, con testimonios casi de primera mano. Avisa en advertencia preliminar que aunque no lo parezca, “ hay muchos puntos oscuros que esclarecer, muchos detalles dispersos que reunir, muchas informaciones curiosas que recordar y aun lo conocido, en este como en otros hechos históricos, se puede y debe todavía enfocar desde nuevos ángulos de visión.”
Los planes de Napoleón, como es sabido, fueron descritos por el mismo Tayllerand: “Mi resolución está tomada. Mi escuadra ha salido de El Ferrol el 13 de agosto. Si en virtud de mis instrucciones se une a la de Brest y entra en el Canal de la Mancha, todavía tengo tiempo para enseñorearme de Inglaterra.” Pero esto no sucedió, ya que la escuadra cambió su rumbo e incompresiblemente se dirigió a Cádiz, que fue su muerte.
La escuadra quedó inmovilizada a causa del levante en calma, viento trágico, que impidió su salida de la Bahía, como hacía años le pasó a la escuadra del almirante Bruix, que tardó tres días en salir de puerto. No podía abandonar la Bahía la Combinada y cuando lo hizo por imperativo imperial, fue para sucumbir bajo las baterías inglesas de Nelson y de Collingood, ayudadas por el terrible temporal del Suroeste que destrozó aquellos bellísimos navíos de velas y varios puentes, orgullo del mar. Cuarenta mil hombres, sesenta y siete navíos y cinco mil cañones se encontraron en aquella batalla, la última batalla de barcos a la vela, también la última batalla entre caballeros, que antes de entrar en combate, vistiendo ambos contendientes sus mejores galas, desenvainadas la espadas, arengadas las tropas, al viento banderas y estandartes, se prepararon para una lucha sin cuartel. Perdieron la vida diez mil hombres y se hundieron veinticuatro navíos. En la larga lista de muertos: Nelson, Churruca, Alcalá Galiano...Gravina herido, Villeneuve, cuyo barco el viento arrojó contra las rocas del castillo de san Sebastián, fue cogido prisionero...
La obra de Conte se completa con numerosos apéndices, cartas privadas sobre la batalla, noticias de desaparecidos, ¡tantos tristes recuerdos que la vieja ciudad vivió desde sus murallas, entregada sin distinción de banderas al socorro de tantas y tantas víctimas! Cádiz, ciudad heroica...
Buena idea esa de rendir homenaje a tres bandas, España, Gran Bretaña y Francia, en el escenario de aquel mar insólito, a los héroes caídos, casi cinco mil, en aquella memorable batalla. “Honor y gloria a los héroes de Trafalgar”. Doblaron a duelo las campanas de Cádiz, las mismas que hace doscientos años, como lo hicieran también, por decisión de Reino Unido, todas las campanas de la Commowealth..


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Faro de Trafalgar

José ASENJO SEDANO


(Artículo publicado en el periódico IDEAL, de Granada, el 25 de octubre de 2005)

sábado, 22 de noviembre de 2008

ANITA FRENTE AL ESPEJO





En abril de 1985, ¡cuánto ha llovido!, publiqué en ABC de Sevilla el siguiente artículo dedicado al gran novelista Manuel Halcón, académico de la Lengua, artículo que forjaría nuestra amistad ya que, desde entonces, pasamos a llamarnos primos y lo fuimos hasta el final de su vida, que todo lo borra. Halcón era todo un señor andaluz.

“El hombre le ha dado, sin saberlo, alma al espejo”, escribe Manuel Halcón en su novela “Monólogo de una mujer fría”. Quizá porque el espejo nos desdobla, nos muestra la cara oculta, real, irreal, que nunca vemos. O tal vez porque en el otro, o en la otra, podemos imaginar todo aquello que acaso nos hubiera gustado ser. Lo normal es que pase sus horas frente al espejo aquel o aquella que está satisfecho/a con su físico. Encantado, como Narciso, con su imagen.
Sólo una vez, que se sepa, se atrevió Diego Velásquez a pintar un desnudo y, para hacerlo, delicadamente lo puso de espaldas. Era un desnudo íntimo. Venus en divina contemplación, en culto personal. El pintor, para hacer el retrato, sospechamos que, pudoroso, se colocaría detrás de una cortina, adorador de ese instante místico de la diosa.
Muy diferente de la Maja de Goya, exhibidora y pecaminosa, más pendiente de los ojos de los demás, que del casto y frío ojo del espejo impoluto, al que desprecia. La Maja es gustadora de tentaciones y codicias, seguramente porque no es mujer de monólogo, sino mujer de escaparate y diálogo. No hay pudor en la Maja.
Todo esto se me ocurre a propósito del desnudo literario de Anita Peñalver –“espléndida, soberbia, armoniosa”- que comienza a mirarse en el espejo como una gracia rubeniana y flamenca y acaba “por fijarse” en un solo espejo, el central del tríptico, donde aparece pletórica y exultante. Anita, con torbellino, no es más que una amante a la española, tan lejos de una amante a la francesa. Anita es capaz de todo por ese amor que fija y nos fija, que la hace capaz de las mayores locuras. De ahí su generosidad, de su romanticismo y beatería.
Pero a mí, lo que más me llama la atención de esta novela modelo de Manuel Halcón, tan equilibrada y clásica, es esa querencia campera que trasciende de sus páginas. Es Anita, pero también es Andalucía. “¡Qué pacífico está el campo! Solo aquella cuadrilla lejana. ¿Qué hacen esas cuadrillas?” Andalucía, como la Venus velazqueña o la Anita de Halcón, también se tiende desnuda cara al espejo del río en soliloquio amoroso y blando. Y huele, es curioso, a suya, a poleo, jaramago o arvejana.
Mucho de común tiene la mujer y el campo. Tanto que, a veces, leyendo el “Monólogo”, no estaba seguro de estar ante la uno o el otro. Se notaba mucho ese manso olor de la tierra húmeda, de la tierra caliente, ardorosa, tan a punto. “¡Qué prodigio! Llegar tan tarde y aún a tiempo”. Llegar siempre. Tal vez por eso sea esta novela –en sus bodas de plata- tan novela del Sur. Tan nuestra.


José ASENJO SEDANO