domingo, 25 de enero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (Capítulo 6)














NOVELA POR ENTREGAS.




Autor: JOSÉ ASENJO SEDANO









Capítulo 6





Se metió el invierno más crudo de muchos años. Se acercaba, el fin de la guerra mundial. El III Reich tocaba a su fin. Los cadáveres de Mussolini y su amante eran colgados en Milán ante el jolgorio del chusmerío. ¡Pobre Benito y pobre Clara! Hitler se escondía como una alimaña en su bunker defendido por un batallón casi infantil.¡Pobre dios de cartón piedra! Todos sus héroes belicosos y soberbios ya habían caído o estaban a punto de pasar por un tribunal de guerra.
Auque lo peor de aquel invierno sucedía dentro de nosotros. Parecía que la naturaleza era el espejo de lo que ocurría en el mundo. La ciudad, que no se había recuperado de sus mutilaciones bélicas, con sus ruinas y muñones, era una ciudad fantasma. Un pueblo deshabitado, abandonado. Super desocupado y sin vida.¡Cuánto frío! ¡Cuánto parado! ¡Cuanta hambre! ¡Cuánto piojo! ¡Cuánto preso! Soplaba el viento, crujían las puertas, y la noche tenía ese acuoso brillo de las estrellas como cuchillos. El brasero en la mesa de camilla era el refugio nacional. La radio inservible, era la ventana de las malas noticias. Silencio. Algunas mañanas nos encontrábamos con una nevada. No habría escuela. No habría dónde ir. No tendríamos luz eléctrica, ese colador ceniciento y sombrío que caía del techo a la mesa. Regresaron los viejos fantasmas. Nadie se atrevería de nuevo a bajar de noche al patio. Cerrábamos las puertas, se echaban los cerrojos y se dejaban abandonados los fantasma a su soledad del patio y del pozo, donde se les oía gemir de sueño y de frío. Lo que más nos dolía eran los lloros de los niños fantasmas muertos de hambre, congelados. No se morían, porque ya no podían morirse, pero lo habrían hecho de haber podido. Una mañana, al bajar al patio después de una noche de lloros y gritos, encontramos al pie de la escalera a una mujer con sus cuatro hijos blancos como la nieve, ateridos, temblorosos, que nos miraron con sus ojos pétreos, de mármol. Nos habían robado las pocas patatas que guardábamos en el cuarto oscuro. Hasta allí habían llegado.
-¡Estos son los que se oían anoche! ¡Se han helado!
Bajamos el brasero, se les intentó calentar, meter en calor, pero conforme se calentaban, se iban licuando y deshaciéndose como lluvia en el suelo.
Empezamos a no temer a los fantasmas, nos daban pena, porque toda esa gente eran habitantes de la casa, hermanos nuestros, tenían tanto derecho a estar como nosotros, habían sido refugiados y eran pobres. Se morían donde fuera y, como nunca habían tenido donde vivir, no salían nunca de esta casa. Desde entonces, aunque tampoco nosotros teníamos nada que comer, procurábamos dejarles en el patio un abrigo, un trozo de pan o una toca para los niños. Una mañana encontramos un papel escrito que decía: Gra-ci-as.

Alemania perdió la guerra. Los aliados invadieron Normandía y los rusos avanzaron por el Este hasta el corazón de Berlín. Hitler no pudo salir de su bunker y allí se suicidó. Y todavía, muerto, calcinado, entre bidones de gasolina, seguía creyéndose un dios.
Mi padre vino y lo dijo:
-La guerra mundial se ha terminado. Hitler se ha pegado un tiro.
Pensamos: El tiro de nuestra calavera. Ese es el tiro de Hitler.
¿Y nosotros? Mi padre empleado y proletario, padre de nueve hijos, no supo que contestar. Todos sabíamos que se anunciaban malos tiempos. Después de nuestra guerra cruel, todavía en ruinas nuestra ciudad, nuestras casas devastadas llenas de fantasmas, nos caía ahora el peso de aquella miseria que se anunciaba. Porque las guerras, todas las guerras, son siempre para morir. Morir en cantidad, por tierra o por mar o por aire, da igual. Y todos los días los periódicos traían noticias de esas muertes violentas incontables: soldados, mujeres, niños, ancianos. La máquina de la guerra lo tritura todo, unos fueron al horno crematorio, otros a la cuneta o a la cola del hambre... Mataban los alemanes, mataban los rusos, mataban los americanos, mataban los ingleses... ¡Todos mataban! ¡Todos se habían vuelto locos, a ver quien mataba más!
Quizá por eso llovía tanto. Llovía intenso, toda la tierra era un gran charco, un cielo encapotado, una lejanía sin fin...
Dicen que este siglo nuestro, el XX, ha sido el siglo de más guerras y de más muertes de la historia del mundo. Nunca tanta gente murió a manos de la otra gente. En el Norte y el Sur, en el Este y el Oeste. Un mundo crucificado, nada de redondo, una simple bola perdida en el espacio. Una bola humeante chorreando sangre o fuego. Pólvora. La tierra no tenía boca para tragarse tanto cuerpo, para beber tanta sangre. Así desde Caín. Un mundo fratricida, homicida, suicida...
Un valle de lágrimas.
Un valle de muerte.
Llovía y seguía aquella interminable procesión de mujeres enlutadas, velos y velas encendidas. Años en los que se rezaba. Se procesionaba el Cristo sufriente, torturado, y la Virgen máter dolorosa con el corazón traspasado de puñales. Salían de mañana, al amanecer, o salían de noche cuando todo muere. En la catedral, los santos de piedra de los púlpitos estaban decapitados. Otra vez mártires. También lo estaban los dos grandes arcángeles de madera que guardaban con espadas el altar mayor.¿Por qué se extrañaba tanto la gente de que hubiéramos sacado de nuestro pozo una cabeza con tres ojos?. ¡Eran tantas las cabezas que habían rodado! Quizá por eso empezamos a ver en el espejo grande de nuestro cuarto, un espejo perdido, las figuras extrañas de hombres y mujeres sin cabeza, que aparecían y desaparecían al pasar. Mi hermano pintor decía que era la familia de Carlos IV, pintados por Goya. ¿Tantas cabezas habían rodado? ¿Dónde estaban esas cabezas?...





Ese invierno, después de años de soledad, fue cuando nuestra calle empezó a repoblarse con familias que venían de lejos y se instalaban en aquellas casas centenarias hermanas de la nuestra, casas vacías, que pronto se llenaron de niños que salían a jugar a la calle, venían a nuestro colegio y quería saber, como todos, la historia de nuestro cráneo. También ellos, supimos, echaron el cubo a sus pozos en busca de un cráneo parecido. Pero éramos nosotros los que teníamos el privilegio de haber sido distinguidos con ese hallazgo macabro, que nos suponía cierta baza a la hora de apostar, aunque ellos no se libraron de tener sus propios fantasmas. De noche oían los mismos gritos y los mismos sollozos que oíamos nosotros por lo que, pensamos, todas aquellas casas se comunicaban misteriosamente...
-¿Y nunca habéis visto un fantasma?
-Pues no.
-Pues nosotros, si,- decíamos ufanos.-Los vemos de noche en el espejo cuando nos vamos a la cama. También los hemos visto en el patio sentados en la escalera, calentándose unos a otros.
Se quedaban mudos.
-¿Y no dicen nada?
-¿A nosotros?
-Si.
-No. Los fantasma se ven entre ellos. A nosotros no nos ven. Nosotros somos invisibles para ellos. Si nos vieran, saldrían corriendo asustados...
¡Qué extrañas eran las cosas de los fantasmas! Eran como nosotros, pero al revés. Eran gente del otro mundo que se dejaban ver...Almas errantes. Familias enteras que van de pobres por el mundo hasta que lleguen a su destino,..
-¿Qué destino?
-El cielo, se supone. Los fantasmas deben ser almas del purgatorio. Siempre están tristes.
En esto no siempre había acuerdo unánime. Al parecer, las ánimas benditas están metidas en una piscina de agua hirviendo y, cuando están limpias y purificadas, bien aseadas, son sacadas, secadas y llevadas al paraíso. Estas almas de nuestro patio, eran almas que salían más en invierno que en verano y siempre estaban temblando de frío. No, nuestros fantasmas eran refugiados de la guerra, almas sin patria.
-¿En verano no salen?
-No, en verano no se las ve. Parece como si en verano se fueran por ahí, como los segadores, lejos, nadie sabe dónde... Los fantasmas de la noche y del invierno...
Nuestra experiencia en fantasmas nos daba autoridad.
Seguían llegando al barrio más y más vecinos llenando casas y abriendo balcones, dando gritos. No sabemos si eran refugiados venidos de otros lugares, gente alegre y tranquila. Por eso la calle triste se fue transformando, se hacía más animada y mi madre se distraía viendo a los niños correr debajo de su balcón. Claro que, en cuanto llegaba el invierno, el balcón se cerraba y se acababa el jaleo. A los niños, los sustituía de noche el ladrido de los perros que no tenían cobijo y se pasaban la noche pidiendo de puerta en puerta. Casi todos los perros, entonces, eran vagabundos, no tenían amo conocido. Muchos habían hecho la guerra y, cuando oían un cohete o una sirena, echaban a correr aterrorizados creyendo que era alarmas de un bombardeo. Guardaban fija la memoria de las bombas. ¿Cuántos habrían muerto en la guerra? Eso nunca se sabrá. Nadie contaba los perros que aparecían tirados en la calle muertos de bala. También el hambre propia y ajena se llevó a muchos perros devorados por hombres carniceros...
También se llevó la guerra y la posguerra cientos de gatos cazados en noches oscuras, gatos que fueron decapitados al relente, guisados al ajillo en grandes perolas de arcilla. Gato por liebre. ¿Cuántos gatos se perdieron en la contienda? Nunca lo sabremos. Habría que contar muchas cabezas. Nosotros solo sabemos que nuestro gato negro gigante desapareció en una de esas cacerías y que sirvió la mesa y el jolgorio de muchos...
Mi madre amaba el verano, no solo por las flores de sus macetas, sino porque podía veranear en su balcón. Oía con nitidez el repique de la catedral y ver a los niños nuevos jugando en la calle al pilla pilla. Y porque las palomas de la torre podían volar, olvidadas ya de los bombardeos. Palomas que había vivido la guerra y que todavía recelaban, como los gatos o los perros, de las persecuciones humanas. De nada les servía ser portadoras de la paz...¡Habían visto y soportado tanta guerra!
Enfrente de nuestra casa, de la puerta de la cochera, del coche del señor marqués, estaba el callejón del Cotarro, que subía hasta la fragua de Romillo. En la entrada del callejón, en la esquina derecha, a la altura del balcón de mi madre, había una cabeza decapitada, sonriente, con alas, de un ángel encalado, que siempre nos estaba mirando. Era nuestro ángel de la guarda. Toda la guerra se la pasó en la esquina como ángel de refugiados. La calle tenía su melancolía cuando se iba el sol, las piedras se volvían grises, y se veía la torre de la catedral dorada, que se ponía a caminar entre nubes. Nosotros espiábamos las torres desde nuestro tejado, las torres de los conventos y parroquias. Lejos, todo era inédito. No se veían fantasmas... Mirábamos la ciudad desde arriba, sin tiempo, sus casas y sus calles, sus ventanas siempre cerradas. En el tejado, paraíso escondido, jardín cerrado, eran donde vivían siempre los gatos, remolones y estirados, relajados, enamorados, mirándonos con sus ojos sabios, amigos de la paz. Eran gatos voluptuosos, muy carnales. Apetitosos.
-¿Más que las palomas?
-Yo pienso que sí. Los gatos son más domésticos. No hablan pero, cuando quieren, lo hacen. Son los dueños de la casa y, de noche, se suben a las camas y se acuestan sigilosos y serviles. Todos queríamos a aquellos gatos diminutos hijos de los gatos adultos que corrían felices detrás de nosotros. En nuestros años, siempre había en casa una gata pariendo. Nacían gatitos en la caja cuna del aparador, detrás del pozo o debajo de la cama, lugar sacrosanto.
-Cuando nace un gato, es como cuando nace un niño. Se quieren igual.
-Si, pero algunos había que ahogarlos. Eran demasiados. ¿A quién correspondía esa selección de la especie? Matar un gato por que sí, era un verdadero gaticidio. Una pena. Más si observabas sus ojos niños suplicándote. Era una tarde de lágrimas en la pila de lavar donde la criadita dura se convertía en enana exterminadora...¡Ay, entonces no protestaba!
-¡No podemos con tantos gatos!,-gritaba la criadita inquisidora.
Tenía razón. ¿O no tenía razón? Pero, ¿por qué quitarles la vida?
Solo había un argumento:
-¡Por que si!
Siempre eran acariciadores los pasos de los gatos en las noches del invierno, los gatos dulces y remolones debajo de la mesa de camilla calentándote las pantorrillas o sentándose a tus pies como un amigo, feliz de tener una casa con brasero. Era el único animal que podía hacerlo, que se le permitía Y sabían comportarse.
A las diez todos nos íbamos a la cama como si fuéramos a una guerra. Primero la infantería, luego la caballería. Cada uno cogía su petate, echaba su meada de ritual, y se iba derecho al salón como a Siberia, nuestro cuarto de dormir, antiguo despacho del gobernador militar. ¡Cuánto frío en aquella cámara invernal a varios grados bajo cero! El agua se congelaba en el jarro del lavabo. El techo cubierto de estrellas de caña dorada, de seis y ocho puntas, aquellos rombos cabalísticos, el rumor del viento en la calle y el balanceo insidioso de la lámpara eléctrica, hacían temible la noche oscura. ¡Madre de Dios! ¡Ay de los perros perdidos, llorosos, quejosos, sin dueño ni fortuna, que es la mayor desgracia de un perro! ¡Dios mío, que solos se quedan los perros en la soledad nocturna!








NOVELA POR ENTREGAS:-




Autor: José Asenjo Sedano, 2008

sábado, 24 de enero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (cAPÍTULOS 4 Y 5)















NOVELA POR ENTREGAS.

Autor: JOSÉ ASENJO SEDANO


Capítulo 4




Seguíamos sin saber ese empeño de mi padre por habitar la Casa Número Seis, qué teníamos que ver nosotros con esa familia de marqueses tronados o en el exilio, gente de vida de lujo en los cabarets de París. Una casa devastada que se tuvo que restaurar para hacerla medianamente presentable. Cuando llegamos a ella aquella tarde de finales de junio, nos hizo recorrerla solemnemente, para que admiráramos lo que quedaba de su pasado esplendor: el mármol de la escalera, las vidrieras, el artesonado de nuestro salón, la mampara de cristal, las hermosas vistas de corrales y huertos.. Fue entonces cuando nos contó que la casa había sido de un marqués muy florido y una bailarina famosa y, antes, bastante tiempo antes, comandancia del general francés de ocupación de la tropa napoleónica, un tal mariscal Coucteau, borgoñés, antiguo herrero, hombre de lucida hoja de servicios, bastante cafre por sus modos. Solía entrar en la catedral a caballo al que hacía abrevar en la pila del agua bendita y sentarse en el coro fumando largos puros habanos. Esos eran los méritos de aquella casona interminable con sótanos o mazmorras, quizá caballerizas y ventanas de reja posterior. Cuando llegamos aquel día a su puerta de doradas y sonoras aldabas, nos esperaba zalamera la criadita fiel a mi madre, la Josefa, la Fefa, con su mandil blanco de gala. Fue ella nuestra guía por patios y estancias, la torre, desde donde se veían las huertas y las otras calles empedradas de la ciudad, estrechas, solitarias y casonas como la nuestra, repitiendo siempre los elogios de mi padre. La Josefa, que ni había perdido ni ganado la guerra, la vida para ella era la de siempre, conservaba su buena cara pese a que la guerra y la república, su bandera, no había librado a su familia del hambre. De esa hambre que, en su casa, era más antigua que la guerra... “Hicimos la guerra para librarnos del hambre, y ahora tenemos más hambre que nunca. Pues, vaya...” Por eso la Josefa seguía siendo nuestra criadita de casa, nuestra menina de siempre. Había nacido para eso. Fue ella la que nos llevó a ver la pintura del marqués del parche y la escopeta que nos dijo que era el diablo, pero mi padre, o no se sabe quién, había mandado tabicar aquel cuarto particular y no nos fue posible verlo. Lo que, sin duda, no nos libró del susto de saberlo tan cerca y contemplar la mirada feroz del pirata del Brasil.
-No se lo digáis al ama,-apuntó.-Es mejor que no sepa que habéis estado aquí.
-¿Y hay fantasmas en esta casa?,-la pregunta vino de mi hermana Luquita que no se soltaba de la mano de la criadita.-¿Es verdad que hay fantasmas? ¿Es verdad?
-Los fantasmas nunca se ven...
-¿Tu los has oído?
-Alguna vez...
-¿De verdad? ¿Y cómo son?
Luquita apretaba cada vez más la mano de la Fefa, ahora su protectora.
Pronto empezamos todos a soñar con fantasmas. No sólo los oíamos, sino que llegamos a verlos subiendo entre luces la escalera, golpeando los cristales y escurriéndose por el pasamanos de la escalera del patio. Nos acostábamos juntos y sin abrir los ojos, tapados hasta las orejas. Fue entonces cuando alguien nos contó la desgraciada historia de Hermes, el artista.
-También vivió aquí un maestro zapatero que hacía zapatos de lujo como los de Cenicienta. Tenía su taller en el cuarto oscuro. Muchas veces lo veíamos probando aquellos zapatos a señoritas fantasmas. Eran unos zapatos preciosos...
-¿Pero, no dices que no se podían ver?
-A veces, sí.
-¿En la guerra?
-Pertenecía a la cooperativa de zapateros. Pilló un camión militar al pobre hombre al cruzar una calle.¡Maldita guerra! Y le cortó las piernas. Era un fantasma zambo. Sólo tenía brazos. ¡Y manos! ¡Manos de artista!
Ya teníamos dos fantasmas, Hermes y el Zapatero. Iríamos conociendo más. No tardarían, en noches sucesivas, en ir presentándose ellos mismos. Aislados y todo, con los cerrojos corridos, los oíamos llamar y toser y hablar palabras que nadie entendía. Algunos eran ingleses, polacos o franceses, gente de las brigadas internacionales. Luego, pasada la novedad, los fantasmas se fueron haciendo menos audibles, se hartaban de llamar inútilmente a nuestra puerta y se refugiaban en su soledad. Sabíamos que eran refugiados, gente que nunca tuvo hogar fijo y que lloraban por tenerlo. Lloraban a gritos nombrando nombres de familiares perdidos. Eran los desaparecidos de la guerra, esos que nunca encontrarían su casa. Claro que los más tristes eran los refugiados difuntos sin duelo y sin entierro....Esos se paseaban vestidos de negro, con las manos en el pecho y una lámpara en la mano, una lámpara apagada.

Mi madre resignada, las tardes de verano, se sentaba al frescor del balcón para ver quien pasaba, cogía su rosario y esperaba que tocaran las campanas del anochecer. Muchas de estas tardes, a su lado, veíamos como se encendía la lámpara de la calle, su luz de mariposa, y la oíamos contar las historias de su casa y de su calle, de sus tabernas y tiendas de ultramarinos. Abajo estaba la iglesia con su pretil y su campanario, arriba la iglesia de santo Domingo, que nunca tuvo frailes. Me hablaba de su hermano que se fue a la guerra de África y murió asesinado en nuestra guerra. Me hablaba de aquel otro que vivía en Barcelona casado con una señorita catalana muy guapa. De otro que luchó en Cataluña y terminó en una playa francesa guardada por senegaleses. Y de aquel otro que se casó en secreto y ahora vivía en la casa de los abuelos...Todos esos sucesos estaban grabados en su mente, hecha para recordar...
-Tuve otro hermano que murió en Antequera en soledad. Murió en un hospital rodeado de sus tres hijos pequeños y la abuela materna de estos. Su mujer, que era un ángel, había fallecido poco antes...Nada se supo hasta que acabó la guerra....¿Quién puede decir que nunca ha perdido una guerra?
Oyéndola, la menina rompía a llorar, teniéndola que consolar mi madre, que le secaba las lágrimas con un pañuelo.
-¡No llores, menina! Todo eso ha pasado ya...
-¡Ay, mi ama!¡Ay, mi ama! ¡Qué mala es la guerra, qué mala! ¡La guerra trae el hambre y trae los fantasmas!
Mamá se vestía siempre de negro, su sola bandera. Nunca, casi nunca, salía a la calle, salvo por una necesidad. En ese tiempo, las matronas, rollizas e inmóviles, escasamente salían de sus casas y, cuando lo hacían, era siempre al atardecer, al vespertino y para dar un pésame. Es cuando se atrevían a hacer la consabida visita, le debo pésame a doña Enriqueta o a doña Emilia o a doña Lola, que se habían quedado viudas o habían perdido a su padre, a un hermano o a un hijo...Esas eran las salidas de mi madre, los desahogos que podía permitirse, el diálogo y el aire de la calle, el recuerdo de los bellos tiempos. La tristeza de los perdidos. Todo se debía a aquellos difuntos familiares y generosos, que gloria gocen, que se pegaban al cuerpo como una lapa.
-Hoy tengo que ver a doña Lucrecia,-decía mi madre frente al espejo arreglándose la onda del pelo.-Le debo visita. Hace tres meses que se murió su hermano Gumersindo...
El pésame era un pretexto, un motivo razonado para la salida. Los maridos, entonces, casi moros, apenas si sacaban a la calle a sus mujeres sometidas. ¿Adónde ir? La calle, la taberna, el casino, era solo para hombres, que podían hablar a sus anchas. Para las mujeres, más sensibles, quedaba el luto y la iglesia. ¡Tristes amas de casa!
Aquellos años posbélicos fueron tiempo de frecuentes salidas de mi madre, que abandonaba con gusto su balcón y llegaba hasta la frontera de su viejo barrio, la calle de San Miguel, la tienda de la Cortijica que vendía bollos de leche, la zapatería de Mariano y la tienda de ultramarinos de la Gardenia, siempre pegada a su mostrador. Desde que entraba en la calle, mi madre iba saludando a diestro y siniestro como si fuera una visita pastoral, todas las vecinas salían a su encuentro, la besaban y las besaba, se preguntaban por la salud, por los hijos, ay, los sufrimientos padecidos en estos años que nos ha tocado padecer... Porque el barrio de San Miguel, el barrio en que habíamos nacido casi todos, fue un barrio revolucionario en la guerra, un barrio belicoso y hostil, cuna de incendios y asaltos. Pero la casa del abuelo fue siempre casa respetada, él era el abuelo del barrio, aunque rechazara las ideas de sus jóvenes pistoleros. Cuando salía sin miedo, en invierno, a pasear la calle, le abrían paso, le saludaban y ni le apeaban el don. Muchos de aquellos que después serían condenados a muerte, muchachos todos, habían sido amigos de mis tíos, se querían, habían frecuentado la casa del abuelo que tenía muchos hijos. Allí habían comido y bailado. La guerra los echó a perder. ¿Qué se les había perdido a aquellos chicos del barrio ufanándose de su hombría luciendo sus pistolas al cinto, alardeando de muertes, sintiéndose dueños del mundo? Pertenecían al anarquismo imperante, saquearon la iglesia en la que habían sido bautizados y de niños asistían a la catequesis. Se vistieron de curas, profanaron el Sagrario, destrozaron las imágenes que muchas veces habían procesionado e hicieron pública mofa de la santa misa, riéndose de Dios y de los curas, a los que tantas veces habían besado la mano...
Con las madres de muchos de esos muchachos era con las que mi madre se encontraba en su calle, la calle de todos, los hijos de todos, y las besaba sabiendo la pena que ya no podrían quitarse, sus hijos también muertos para siempre. Las unía el mismo luto, lamentando que aquellos tiempos felices ya no existieran, aquellos en los que todos nos queríamos y nos respetábamos...
-¿Qué fue lo que se llevó a este barrio? ¿Qué demonio vino a llevarse a nuestros hijos?
Y echaban de menos aquellos paseos del abuelo al sol del invierno con su bufanda y su abrigo beig, su sombrero y su bastón, el abuelo con el que nunca se metieron, eso que él también había perdido sus hijos en la guerra y, otros, porque eran muchos, habían estado peleando en el frente en este bando...
-Las guerras son muy malas,-decían,-quitándose las lágrimas. Ahora solo hay hambre y tristeza.
-Y dolor. Mucho dolor.
-Hasta que esto se quite...
Hacía también un frío atroz, porque las casas entonces no estaban a acondicionadas, eran casas centenarias, grandes y vacías, donde se colaba el siberiano. Nunca olvidaríamos aquellos inviernos terribles, las lluvias racheadas, la nieve, el granizo, el silencio que se desprendía del aire. Al atardecer, se encendían algunas luces amarillentas bandeadas en la calle por el viento. ¿Adónde ir? El comercio era inexistente, todo estaba racionado, un racionamiento siempre escaso. Ni pan, ni azúcar, ni aceite, ni jabón, ni carne, ni pescado...
Mi madre después de su visita, de ver a su madre anciana y sus hermanas, todas enlutadas, todas viudas, se volvía a la casa con el mismo triste entusiasmo de su salida. Todos aquellos rostros, alegres en otro tiempo, eran ahora rostros marcados, de miradas furtivas, fantasma de aquel barrio destrozado por el odio.
-Poco antes de terminar la guerra, murió el abuelo. Era enero. El abuelo se acostó triste esa noche y se murió. Vinieron de la ciudad a decirnos que el abuelo se había muerto. Mi madre se arregló y, con mi hermano mayor, echó a caminar carretera adelante, aquellos largos seis kilómetros transitados por camiones con soldados, gente desesperada. Nosotros nos quedamos en el pueblo, en nuestra casa de entonces, esperando su regreso..
-¿Y la abuela?
-Terminada la guerra, como todas las viudas, la abuela anciana, mujer de pocas palabras, llevaba un manto negro muy largo. Era el luto por su marido y sus hijos muertos. Pasados unos años, la vería morir. Agonizó en brazos de una de sus hijas, mirándonos con sus ojos tristes. El cura le había dado la Extremaunción. Murió serenamente, como si no fuera ella la que se moría...
Cuando volvía mi madre de sus escasas visitas a su barrio, siempre volvía melancólica. Se miraba en el espejo como si no se reconociese. No era la misma, los años pasan, también los inviernos con su desfile de nubes harapientas y grises. El barrio ya no existe, decía. Ya no están los que estaban. ¿Qué fue de aquella gente alegre y divertida?
-Al menos,-como una broma,-nadie me ha preguntado por la dichosa calavera.






Capítulo 5



Mi padre llegó temprano esa noche. Puso la radio buscando en la maraña de interferencias no se qué noticia que había oído en la calle. Al parecer, los rusos habían invadido Alemania, quien veía ahora derrotadas sus invencibles divisiones. Aquellas emisoras de entonces se oían muy mal, la audición era horrible. La única emisora clara era Radio Andorra y sus discos dedicados, pasión onomástica a la que mucha gente se entregaba para saber los unos de los otros...”Para mi hija Pedrita, en el día de su santo, de sus padres Ramón y Torcuata y de sus hermanos José, María, Lola, Paca, Manolita y de su vecina Josefina desde Castellón de la Plana...” No era el disco, era el eco lejano de sus nombres, sentirse oídos, que mañana todos te dijeran: “Anoche te oí por radio Andorra...”
-Existías...
-Era yo...
El que la guerra mundial pudiera estar cerca del final, nadie lo sabía. Por otro lado, sabíamos que si Alemania perdía aquella guerra, es posible que también nosotros fuéramos arrastrados por su derrota. Nadie ignoraba que habíamos apostado por el perdedor...Seguro que después de comerse a Alemania, los soviets bajarían hasta nosotros, hasta el mismo Gibraltar...Era lo que más temíamos...Temor de unos y alegría de otros...
Tanto, que parecía como si el asunto del cráneo hubiera quedado olvidado. No parecía interesar a nadie ahora, más pendientes de los acontecimientos exteriores, los bombardeos británicos sobre Colonia y aquellos V-2 sin piloto que se estrellaban sobre la costa inglesa. Era el arma secreta de Hitler. Los americanos ponían sus pies en suelo europeo, los alemanes de Rommel perdían su guerra del desierto y Patton, un general imponente, pisaba Sicilia...A Hitler se le iba cerrado el cerco hasta terminar desmelenado, creador del nazismo, terrorífico invento, encerrado en su bunker berlinés de donde no salió vivo...
Si, parecía olvidado el cráneo. Hasta la Josefa, nuestra criadita enana, había vuelto a echar confiada su cubo al pozo y subirlo rebosante de agua. Ya no había muertos en el pozo, todos los muertos venían ahora a por montañas en los periódicos. Ni se oían los gemidos de los fantasma en sus paseos nocturnos por el patio. ¿Qué había ocurrido? Bajábamos al patio, a los patios, porque eran dos, recorríamos los cuartos oscuros, el sótano y hasta nos atrevimos a cavar en el suelo a ver lo que salía...A la tercera vez, encontramos, junto al muro, un arsenal de armas escondidas, enterradas dentro de un arca, pistolas largas y cortas, cuchillos y hasta dos sables militares... “Estos si que son franceses”, fue lo que dijo mi hermano mayor limpiándolos con un trapo húmedo. “Estas armas son francesas, mira las placas...” Seguro que ese armamento había pertenecido al gobernador que ocupó la ciudad...
Y no se equivocó. Se las llevamos a don Juan, el jefe del orden público quien, revestido de autoridad, mesándose el bigote, muy serio, repitió lo que había dicho mi hermano experto: “Son armas francesas, fabricadas en Orleáns.”
-Fijaos, tienen el escudo napoleónico...




Cierto, lo tenían. Don Juan no sabía que hacer con aquel arsenal inservible. Se las quedó para dar parte al capitán de la Guardia civil y ver lo que se hacía con ellas.
Días después, en nuevas catas, encontramos restos de un arcabuz, una espada con pedrería, y un bolso con una joya de oro que guardamos. La espada, por su prestancia, nos pareció que debió pertenecer al general Coucteau el general gobernador que habitó la casa. Tener esa espada, era como tener rendido al dichoso gascón, haberle ganado la batalla. La escondimos religiosamente, nadie sabría nunca nuestro secreto. ¡Lo que es el destino! Aquel general fanfarrón, humillado por unos chiquilicuatro...
Pero, contrario a lo que pensábamos, el asunto del cráneo no había sido archivado, continuaban las pesquisas del señor juez de instrucción, empeñado en encontrar el cabo de aquella madeja. Era hombre estudioso y capaz, de pasos cortos pero seguros. Por don Juan supimos que don Arcadio hacía frecuentes visitas a la huerta del marqués, sospechando que en esa casa podría encontrar rastros de esa historia. Todas las revistas y periódicos de ese tiempo, las tenía don Arcadio sobre su mesa, analizando sus columnas. Los conocimientos locales que poseía don Juan, era otra de las fuentes de que se valía el señor juez para reunir las piezas de su rompecabezas...
Don Juan aparecía con frecuencia por nuestra casa. Le gustaba hablar con mi madre solitaria, fiel a su balcón. Mi madre había visto muchas veces a don Juan en el liceo, representando comedias de Marquina y Villaespesa. “El Alcázar de las perlas”, había sido uno de sus éxitos.
-Aquella fue una noche inolvidable,-comentaba don Juan con los ojos húmedos por el recuerdo.
-Le vi a usted muchas veces. Yo iba con mi padre al teatro del liceo, mi padre le admiraba mucho. Me acuerdo cuando hizo el Tenorio...
-Ya lo creo, me acuerdo mucho de don Carlos. Yo representé en Madrid a Benavente. Pude entrar a formar parte de la Compañía de don Lola Membrives. Hice también a los Álvarez Quintero...
-¿Y García Lorca?
-No, a Lorca yo nunca lo representé. Cuando íbamos a hacer “Doña Rosita, la soltera”, empezó la guerra. Tuve la suerte de ver en Barcelona a doña Margarita Xirgu representando “Mariana Pineda”, en el teatro Goya...
Don Juan, al que la vida había varado con su vara municipal, seguía en su vida representando su papel en medio de las multitudes. Languidecía con los recuerdos. Una vida echada a perder...
La historia misteriosa del cráneo se parecía mucho a esas historias de los teatros. Era eso lo que le atraía del caso. Fue él quien le sugirió a don Arcadio el escenario de la huerta y de la casa número seis, nuestra casa...
También nosotros nos animábamos a buscar en nuestra casa huellas del crimen, que siempre terminaban en la historia del gascón, del general francés, en los datos de los cronistas, que contaban como el gobernador, con sus oficiales se atrevía a entrar a caballo en la catedral, interrumpir la misa y fumar largos puros sentados en la sillería del coro.
La teoría de mi hermano Curri, que había leído libros del archivo de la catedral, es que los frailes del convento de San Francisco fueron con otros, los únicos que plantaron cara a los franceses y fueron instigadores de la muerte del corregidor Trujillo, hombre pacifico partidario del diálogo.
-Para mi que fueron los frailes los que decapitaron al gascón (como le llamábamos).
-Pero, ¿cómo?
-Entrarían de noche en esta casa saltando las tapias del corral y le sorprenderían en la cama. Uno, al que decían el Jerezano, que había sido soldado, debió ser el que disparó ese tiro frontal.
Lo que no tenía resuelto mi hermano archivero era como pudieron deshacerse del cuerpo del gigantes gascón, cómo pudieron sacarlo impunemente de la casa y por qué arrojaron su cabeza al pozo...Si el muerto hubiera sido el gobernador militar de la plaza mucha gente habría sido fusilada como en los cuadros de Goya. Y aunque era verdad que hubo ahorcados en la ciudad, no parece que fuera por la muerte del general. No, el general no podía ser el muerto. Aquella cabeza, de ser de un francés, sería de un francés menor, un soldado...
Pero tampoco tenía sentido esa segunda muerte dentro de la casa. Imposible, el edificio estaba ocupado por una fuerte presencia militar. En todo caso, esa muerte solo hubiera podido producirse a campo abierta, en una venta, en una encrucijada de caminos. Los frailes se limitaron a repeler el primer ataque francés y luego serían pasados por las armas...
Decidimos continua nuestras pesquisas, con poco éxito.
Una noche vino eufórico mi padre de su trabajo diciendo que un antiguo refugiado de la casa, un tal Nicolás medio gitano, le contó en la taberna que él sabía de quien era la cabeza de nuestro pozo, esa cabeza le dijo, es de un malagueño de Vélez Málaga, un hombre al que todos odiaban en la casa por sus malas entrañas.
-Una noche hubo una discusión y un tío de Sanlúcar de Barrameda le rebañó las tripas con su navaja.
-¿Y qué?
-Que esa noche, por miedo, muchos huyeron de la casa. Todos sabían que iba a ver más muertes. Yo mismo cogí a mi mujer a mis once hijos y nos fuimos al campo, lejos de la casa. Para mi que esa noche lo mataron y le cortaron la cabeza...
-¿Y el tiro?
-¿Qué tiro?
-El que le pegaron en la frente...
Esa fue una pregunta que el tal Nicolás no supo explicar.
Tampoco nos convenció esa historia sin sentido. ¿Para qué iban a tirar la cabeza al pozo sin el resto del cuerpo? Además, nadie reclamó nunca tal cuerpo, ni se supo del tal malagueño...
Mi padre eufórico se desinfló en un instante.
-Ese Nicolás te ha contado un cuento, solo quería que lo invitaras a un vaso de vino...
Por ese tiempo la guerra tocaba ya a su fin. Las tropas de Franco llegaban a Barcelona y pronto se hundiría Madrid. Era la hora de escapar, no el momento de dejar en el camino rastros de sangre...
Todas las vías seguían abiertas. Lo más probable es que se tratara de un crimen pasional como sostenía don Juan, hombre de teatro. Una muerte como aquella, seguro que tenía un cómplice, no podía ser de otra manera.
-Esa historia huele a drama,-sostenía el actor.-Solo falta una luz...
Luz que no aparecía por ninguna parte. Una luz que alguien estaba ocultando.
-En fin, una luz que pronto nos alumbrará...
Lo curioso fue que, cuando los fantasmas supieron que Franco había tomado Barcelona, muchos se esfumaron de la casa y no se supo más de ellos...










NOVELA POR ENTREGAS.-José Asenjo Sedano, 2008

domingo, 18 de enero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (CAPITULOS 2 Y 3)

NOVELA POR ENTREGAS:- AUTOR: JOSÉ ASENJO SEDANO







Capítulo 2



Empeoró la mañana en la que, la Josefa, nuestra criadita enana de toda la vida (mi madre la conservó siempre aunque no hubiera nada que comer, nuestra hambre solidaria), sacó del pozo, enganchado en el cubo, un cráneo humano limpísimo con un agujero frontal. El susto de la criadita fue morrocotudo. Soltó el cubo con estrépito y dando gritos subió la escalera del patio a la cocina casi de un brinco. Así empezó la historia macabra.
-¡Un muerto!¡Un muerto!,-gritaba cogida a la bata de mi madre como un salvavidas cuando apareció en la puerta con el pelo erizado. Mi madre que, sin ver ni entender, no dejaba de gritar con su menina, ¡un muerto!¡Un muerto!, acudiendo alarmada toda la casa queriendo saber qué pasaba, ¡un muerto!, quién era ese muerto, si era un muerto vivo de esos que aparecen de repente, años de posguerra, o era un muerto con cara y ojos de muerto y ya no se levanta... Hasta los gatos vecinos del corral, emprendieron la huida a los gritos de ama y criada. Corrimos, subimos, bajamos y vimos al muerto dentro del cubo, una calavera con grandes ojos abiertos, sin boca y un agujero, como a buril, en la frente. Mi madre, desde lo alto de la escalera, sin poder soltarse de las manos férreas de la Josefa aterrada, no dejaba de dar órdenes que nadie escuchaba, ¡quitad eso de ahí!, temiendo que aquella cabeza pelada de repente echara a correr escaleras arriba y las cogiera del pelo. ¡Qué espanto! Lloraba histérica mi madre, maldiciendo la idea de mi padre de traernos a la casa, una casa de muertos, seguro que en el pozo habría muchos más, una casa invadida, un cementerio, ¡un horror!...
-¡Esos son los que salen de noche!¡Esos son los que hablan y tosen en el patio!,-decía categórica.-¡Ay, Dios mío!¡Lo que nos faltaba!
-¡Ay, madre mía!,-repetía la criadita, destrozándole a mi madre la falda con sus tirones, diciendo que quería irse de la casa.-¡Déjeme, ama! ¡No quiero ver a ese muerto!¡No!¡No! ¡Yo me voy a mi cueva!¡En mi cueva no hay muertos!
Curiosos observamos la cabeza pelada flotando en el cubo, dando vueltas, balanceándose, sin atrevernos a tocarlo, sin poder apartar nuestros ojos de aquellos tres huecos perfilados, cuencas vacías, de aquella mueca infernal. ¿Quién sería el muerto? Primera pregunta. ¿Era un muerto de la guerra?.
-Tiene un tiro en la frente...
-¡Es mejor que avise usted a don Paco!,-aconsejaba ahora la Josefa a mi madre, convencida del peligro de cabeza lironda que no quería mirar.¡Y la había sacado ella del pozo! ¡Con su garrucha y con su cubo! Eso era lo que más le asustaba, haber estado tan cerca de ella, casi haberla tocado...-¡Ama, mande usted que se lleven al muerto!
-¡Ay, madre mía!¡Llame usted a don Paco!,-repetía lacrimosa.

El don Paco que con tanta insistencia reclamaba la enanita, era mi padre que, para más INRI, no tenía probado su valor militar, se le suponía, se había librado de la mili por hijo de viuda. Era un simple civil, sin permiso de armas. No había estado en el frente. ¡Con siete hijos, casi metido en ocho, dígame usted! ¿Le parece poca guerra? Pero era un hombre sabio en papeles, seguro que sabría qué hacer en un caso como este y, mi madre, siguiendo el consejo de su criadita, mandó a mi hermano mayor despabilado que corriera en su busca.
-¡Dile que lo deje todo y venga enseguida, que hay un muerto en la casa!...
-¡Que avise a don Juan!,-le previno.
Don Juan era el jefe de los municipales, hombre dilecto y probo.
En tanto, como medida preventiva, se cerraron con cerrojo las puertas del patio.¿Qué se temía? Yo vi a mi hermano valiente mensajero de mamá en busca de mi padre ignorante. Nadie se atrevió, en tanto, un frontal, un malar, un maxilar, aquellos dientes de oro que refulgían como lámparas, a tocar aquella cabeza noble y solitaria, aquel cubo contaminado de muerte. Un cubo cadáver. Un cadáver en el cubo.
-¡No os acerquéis!,-aconsejaba mi madre defendida por el muro de su enana, que no dejaba de hipar.
No tardó en venir mi padre apresurado seguido de mi hermano mayor. Enseguida, atolondrado preguntó por el muerto, sin saber que no se trataba de un muerto completo, con sus húmeros y sus fémures, sino solo de una cabeza al parecer noble (este calificativo era de mi hermano mayor, que usaba gafas y estudiaba en el instituto) Se asomó mi padre y vio en el cubo aquellos ojos medrosos que lo miraban fijos, la mueca y el tiro en la frente. Miró luego el brocal del pozo, la claridad difusa del agua, sin atreverse a posar las manos en el muro.
-No se ve nada,-dijo decepcionado, casi tranquilo.-Abajo solo se ve agua...
Eso nos autorizó a los demás a mirar también y repetir lo que mi padre había dicho: No se ve nada. Solo hay agua...
Permaneció caviloso queriendo saberlo todo, sin saber qué decir.
Mi madre, desde arriba, calmada la enanita, el amo lo sabe todo, preguntó si venía don Juan.
-Ya viene,-contestó mi padre.-No tardará: ha querido avisar al juez...Como se habló de un muerto...
-Y no es un muerto?
-Si, mujer, pero no entero...Habrá que indagar...
-¡Ay, Dios mío! ¿Qué no habrá en el pozo?.-gimió mi madre desconsolada.-Yo no puedo vivir en una casa como esta.... Yo me macho de esta casa...
-Y yo,- lloró la enanita.-Y yo... Yo no dejo sola a mi ama...
A los pocos minutos se oyó alboroto en la puerta: El señor juez de instrucción y don Juan, acompañados de municipales y de gente alarmada y curiosa. Se dirigieron en tropel al patio y al pozo, al cubo con la calavera. Al verla, se hizo el gran silencio. Todos retrocedieron estupefactos. Don Arcadio, que así se llamaba el juez, observó atento el cráneo con la punta metálica de su vara, e hizo preguntas a mi padre sobre la casa, el pozo y la gente que allí había vivido. Poco sabía mi padre ilustrado, salvo lo de la marquesa y los refugiados. Quién más sabía era don Juan, erudito local, que había sido periodista y actor. Todos los años sacaba por enero un opúsculo literario. El fue quien amplió a su señoría pormenores sobre la casa, sus orígenes y la historia del cuartel francés...
-No podemos olvidar, y debe recordar su señoría, que antes de la guerra civil, en esta casa vivió el marqués de la Vega Verde, casado con una famosa bailarina del Folies Bergere, madame Rosita, en realidad Rosa García, paisana nuestra, del barrio de Santa Ana, hija de un carpintero que emigró a Cataluña. La niña se hizo bailarina y se fue a París con un elenco. Allí la conoció el señor marqués, se casó con ella y vivieron un tiempo en esta casa. Cuando el marqués murió en accidente aéreo sobre el Canal de la Mancha, madame Rosita, marquesa viuda de la Vega Verde, se encerró en esta casa con su criada, hasta su muerte antes de la guerra. Otros dicen que se volvió a casar en secreto y que se marchó a París...Algo contaron los periódicos de Madrid...

-Luego fue lo de los refugiados,-añadiría don Arcadio, quien conocía la historia, ordenando a un municipal a un ujier metiera en una bolsa precintada el cuerpo del delito, es decir, el cráneo salvado del agua, y lo dejase en la casa del forense para su análisis...
-Hay que bajar a ese pozo,-ordenó,- y ver lo que hay dentro. De ahí ha salido una cabeza, lo más seguro es que también haya un cuerpo...
Estas palabras descompusieron a mi padre.
-Por favor,-pidió del juez.-pongan una guardia esta noche en el pozo: un par de municipales...¡Es un peligro dejarnos solos!
-Señora, no se asuste. Los difuntos son antiguos y además, inofensivos...
Don Juan erudito, encontró ocasión de hacer gala de su sabiduría:
-No hay que olvidar que, debajo de estas casas antiguas, estuvo asentada la cívitas romana y por eso conserva todavía la calle el título de barrio latino... Luego vendrían cristianos, moros, bárbaros...¡Sobre todo bárbaros!...
El señor juez rió la ocurrencia de don Juan, diciendo que mañana se registraría el pozo...
-No se preocupe. Señora, mañana mismo el pozo quedará limpio,- y miró a don Juan quien asintió llevándose dos dedos a la gorra.
-Descuide su señoría: mañana bajarán dos hombres y registrarán el pozo. La familia puede dormir tranquila.
El hallazgo se divulgó enseguida por la ciudad. Cada cual daba su opinión. Para unos la cabeza era de un francés y se recordaron otras cabezas encontradas en pozos similares de la ciudad, franceses que entraron engañados en aquellas casas y nunca salieron. Este sería uno de tantos.
Para otros era un crimen de guerra. Se repasó la lista de desaparecidos, pero resultó demasiado larga para encontrar un perdido. ¡Era tanta la gente que había pasado por aquella casa!
Visto lo que pasaba, mi padre empezó a considerar si mi madre no tendría razón y había sido una locura venirse a vivir a una casa de fantasmas. Porque mucha gente estaba convencida de que, aquellos refugiados, seguían escondidos allí. Reconocía que le había traicionado la nostalgia, el recuerdo de sus años niños, la suntuosidad de la casa, el mármol y la montera de cristal, la cristalería de los balcones interiores...La casa le recordaba la suya, aquella en la que había nacido y crecido. Las noches lejanas en las que, a la luz de una lámpara, leía a su madre y a sus amigas aquellas novelas románticas que tanto las divertía. El niño se ponía frente un atril como un director de orquesta y leía con su voz avispada de niño listo. Noche ya, un criado con linterna acompañaba a aquellas señoras amigas a sus casas sin dejar de comentar la tristura de aquellas historias de crímenes pasionales...”Elvira, no morirás...¿Por qué?...Por que te amo...” Todo ese lejano mundo, el mundo romántico de la calle solitaria, es lo que a mi padre llevó a perder su cabeza y regresar a esta calle...Pero además, en aquella calle, frente a la iglesia, habían vivido sus antepasados, gente noble, regidores y militares. Su abuelo había comandado el regimiento local en la batalla de Bailén...Allí estaba su pintura con el sable en la mano...
-Mañana vendrán albañiles a ver el pozo,-dijo mi padre vuelto en si, ya en la mesa, donde mi madre se negó a cenar.
-Pero, mujer... Come algo...
-No puedo... No puedo...
La criadita asustada se fue a dormir esa noche a casa de una hermana suya en el barrio de san Miguel. Fue lo mejor. Es lo que hubiera hecho mi madre de haber podido. Envidió a su criadita fiel. Hubiera corrido tras de ella...
Esa noche reforzamos los cerrojos y se pusieron mesas y sillas como trincheras detrás de las puertas. Nadie pudo dormir. Todos estábamos pendientes del menor ruido, del aire que soplaba, de la puerta que se movía o se cerraba. ¡Del pozo! En nuestro salón dormitorio no se apagó la luz en toda la noche. De vez en cuando se lanzaba un santo y seña, ¿estás despierto? Si, lo estoy...
Mi hermano mayor, erudito, decía que la calavera era del marqués de la Vega Verde.
-¿No habéis fijado? Ese cráneo tiene un perfil noble. Solo puede ser de un marqués...
De madrugada nos quedamos dormidos. Los fantasma se habían esfumado...
El maestro, al día siguiente, me llamó a su mesa y me preguntó si era verdad que en nuestra casa había aparecido un muerto.
-Una calavera.
-¿Una calavera? ¿Y se sabe de quién?
-No sabemos nada. Será de un francés...
El maestro se sonrió.
-¿Es verdad que tiene un tiro en la frente?
-Si, señor.
-Vivimos malos tiempos y esa cabeza puede ser de cualquiera,-comentó el maestro hablando para si. A mi chocó la socarronería del maestro: parecía como si supiera algo...
No dijo más. Pero en la calle, mis amigos me preguntaban cosas del muerto. Querían ver la calavera, que ya no estaba en nuestra casa. Si movía la boca y cómo miraba... . .
Al día siguiente, temprano, la casa se nos llenó de albañiles, cuerdas y poleas, lámparas de queroseno, de palas y picos, casi escuadrón arqueológico bajo la mirada aviesa y autoritaria de don Juan, no dispuesto a perderse nada de aquella investigación, convencido de aparecerían piezas importantísimas, sabida la zona histórica del recito, de toda la calle, del barrio latino o palatino, levantado sobre el pasado de la ciudad, sobre su misma cumbre, donde los moros edificaron sus mezquitas y palacios y los cristianos su catedral, basílicas y casonas castellanas...
Pero, sigamos....



Capítulo 3





La casa número 6, acaparó la atención de la gente. Pasaban multitud de curiosos por el portal, miraban al patio, buscaban el pozo, la escalera siniestra, nos atosigaban de preguntas, si esta era la casa de los muertos y también la casa de los fantasmas. La criadita repuesta, convertida en estrella, era la que pregonaba a todo el mundo lo que había pasado aquí y atendía golosa a los curiosos, escoba en mano, sin permitirles pasar al patio interior, el del pozo. Ya no tenía miedo.
-Esta es la casa en la que se aparecen los muertos,-decía.-Yo los he visto y son de verdad. Viven dentro del pozo y suben en mi cubeta.
-¿Tu los has visto?
-He visto la cabeza de un romano. Y tenemos más...
-¿Más?
La gente morbosa se hacía preguntas, unos seguros de que la criadita decía la verdad, otros diciendo que todo eso eran cuentos chinos. Los fantasma no existen. Esa cabeza encontrada podía ser de un cartaginés o de un romano, una cabeza de hombre antiguo y, esas cabezas con tantos años, son como nada. No parecen de muerto.
Pero lo extraño es que la cabeza mortal tenía un disparo en la frente y eso eliminaba a los aspirantes antiguos, como sostenía en el casino don Pompeyo Romano, nuestro arqueólogo local, hombre docto.
-Esa cabeza no es prehistórica ni medieval, esa cabeza tiene un tiro en la frente. No es antigua. Es la cabeza de un asesinado. No interesa a la arqueología. Interesa más a la justicia.
Don Juan, hombre de letras, no era partidario de entrar en polémica con don Pompeyo, temía a sus silogismos. La última palabra la tendría el juez, hombre de leyes. Don Juan, muy ritual, cuando llegaba el Corpus o el día de la Patrona, desfilaba en la procesión con su tropa. Solía situarse justo detrás del alcalde, don Francisco, abogado en ejercicio, nuestro político local, hombre de mucha influencia en la provincia. Don Juan se revestía de capa azul con vueltas de terciopelo negro, cordoncillo dorado, condecoración y gorra de plato con filigrana. Era más mariscal de campo que jefe de municipales. Estas aficiones le venía del teatro. Repetía con frecuencia versículos memorizados de Calderón y de Mira de Amescua, su paisano. Más que hablar, declamaba. Don Juan era un poeta...
-Pero, don Juan...
-Ese asunto del cráneo hay que estudiarlo a fondo...
-¡Y tan a fondo! Como que ha salido del pozo.
-Su señoría está muy interesado en esclarecer ese misterio.
Se registró el pozo a conciencia y no apareció nada, que se sepa. El pozo estaba limpio de calaveras. Estaba claro que ese cadáver no se encontraba allí, tenía que haber sido muerto en otro lugar o sacado hace tiempo. Alguien había arrojado la cabeza al pozo. Pero,¿quién?¿Cuándo? ¿Cómo?
-Don Juan, no se quiebre la cabeza, en ese muerto se esconde un asunto de faldas...No se rompa la cabeza... Usted ignora muchas cosas de esa casa...
El forense hizo varios viajes a Granada y lo que se supo es que la muerte de este quien fuera había tenido lugar hacía veinte años más o menos, antes de la guerra civil.
-Ese muerto no es de la guerra, es de mucho antes...
-¿Quiere decir que fue asesinado?
-Presuntamente. También pudo suicidarse...
Estas respuestas aumentaban las cábalas del casino. ¡Un crimen en aquel pueblo sin que nadie se enterara! Inaudito. Parecía más propio que esa muerte se hubiera producido en plena guerra, en ese tiempo muchos habían perdido la vida. Un forastero, un refugiado...¡Un marqués!, se atrevían a decir algunos.
-Pero, ¡qué marqués! Si el marqués se mató en un accidente aéreo... ¡Vino en los periódicos! ¡Hasta la fotografía del cuerpo achicharrado.
-¡No diga usted tonterías! Aquel avión cayó en el mar y nunca se supo más de él... Toda la tripulación se ahogó en el Canal de la Mancha... Cuando quiera le enseño el ABC donde vino ola noticia...
-Yo no me creo lo que dice el forense,-siempre había un crítico de por medio.- Hace veinte años, en esa casa solo vivía la señora marquesa con su criada. El marqués nunca aparecía por aquí. Es más, murió en un accidente aéreo como contaron los periódicos. Yo sigo creyendo que ese cráneo es de un gascón...
El juez de instrucción no decía nada. Le gustaba escuchar todos los rumores, pero no se hacía eco de ninguno. Simulaba no prestar atención a comentarios. Pero él sabía que el dato del tiempo de esa muerte era esencial en sumario...También él recelaba de los periódicos... ¿Quién había visto el cuerpo del delito?
Se buscaba en las hemerotecas a la busca de un suceso criminal de ese tiempo, una desaparición o una muerte extraña, pero nada. Todas las noticias sobre muertes se referían a la guerra. Sobre la guerra se amontonaban los expedientes. Había muchos casos de decapitaciones...Era un enigma, un muerto en la revolución cuando tantos habían perdido la vida, era como buscar una aguja en un pajar. Esta muerte solo viene a aumentar la lista de desaparecidos, personas de las que poco o nada se sabe...
-¿Y usted que piensa?,-le preguntaba mi padre a don Juan.
-Yo tengo mi propio juicio, sospecho quién es el muerto, pero no hablará mi boca hasta que no hable el juez...
-Para mi que piensa como yo,-le decía mi padre,- Yo tampoco quiero aventurar una opinión. Antes de la guerra, por los años veinte, aquí los únicos que vivían eran don Herminio y doña Rosita, la bailarina. Ellos arreglaron la casa, trajeron pintores y la revistieron de modernidad. Yo vine alguna vez por aquí porque le llevaba al señor marqués las cuentas de su finca. En esta casa todo se volvían deudas. Se gastaba mucho dinero en joyas y en viajes. Luego el marqués se marchó...
Don Juan escuchaba sin decir una palabra. También se acordaba del señor marqués de la Vega, de su talante. Era un parisino. Lo que pasó es que doña Rosita se acordó de su vida de antaño, y decidió dejar París. Se volvió modosa. Se acabaron los abrigos de pieles, los visones y los coches de lujo. Se pasaba largas temporadas en la casa con su criada de cofia. Todavía conservaba su espléndida belleza.
-¿Se acuerda usted del Año del Globo?
Don Juan sonrió.
-Claro que me acuerdo. Qué jodío era el marqués. Hizo venir en globo, desde París, a sus amigos del cabaret. Qué jodío,-reía don Juan.-El cielo de esta noble ciudad se cubrió de aerostatos, amigos y amigas del marqués dispuestos a correr la gran juerga. De aquellas orgías se habló mucho en ese tiempo. Don Herminio era un hombre mundo. ¡Mire usted que traer a todo ese señorío desde tan lejos! Aterrizaron en los trigales, cerca de las vías del tren.
-¿Es verdad que paró el tren cuando pasaba?
-Paró el tren y todos los viajeros se bajaron para contemplar el espectáculo. Lo que allí pasará, ellos lo sabrán. Hasta el obispo condenó el escándalo en su misa dominical. Habló del gran pecado en una tierra decente...
-Lo excomulgó...
-Eso creo. Yo estaba con el señor alcalde en la Plaza cuando vimos volar aquellos artefactos sobre la ciudad. Todo el mundo se echó a la calle pensando que era el fin del mundo..Nunca se vio algo parecido. Globos de colores que transportaban damas y caballeros que saludaban con flores desde la canastita y arrojaban confites y serpentinas. Muchos creían que aquel jaleo era un circo, uno de esos grandes espectáculos que recorren el mundo. Aquí nunca se vio algo así. Esta ha sido siempre una ciudad tranquila.
-Lo recuerdo. Recuerdo que escribió usted un artículo en el Liberal saludando la llegada de la modernidad. Don Manuel Morera le contestó en El Imparcial con un poema.
La cita sonrojó a don Juan. Memorizó el artículo:
-“Días pasados, esta histórica y noble ciudad se vio invadida por una flota de bellos artefactos que se dirigían a la finca del señor marqués de la Vega Verde. Una flota de caballeros y damas que nos saludaban desde el cielo al pasar...”
-El “Año del Globo” titulaba usted su hermosa crónica,-remató mi padre, poniéndole más café al laureado poeta. Había venido el jefe de los municipales con la intención de echarle una ojeada al pozo. Los albañiles habían terminado sus pesquisas. Se había encontrado una llave, una almirez y varios cubos caídos en tiempos pasados. Chatarra.
-Un año inolvidable ensombrecido por la condena del señor obispo, que replicó a mi articulo con otro que tituló “El Año del Diablo”, que causó sensación. Vade retro. Verdad que don Herminio se pasó trayendo de París aquel elenco de bailarinas del cancán. Esta no era ciudad para eso...
-A don Herminio se le veía poco por la ciudad, siempre estaba en Madrid o París. Aquí solo tuvo un amigo, don Porfirio el Cubano, que había vivido en La Habana. Congeniaban.
-A don Porfirio se lo llevó la revolución...Lo sacaron una noche de su casa y le dieron el paseo. Después de la guerra toda la familia se volvió a Cuba.
-Eso se contó,-chanceó don Juan con la taza en la mano.- La verdad fue otra. Ese que encontraron sepulto en el río no era don Porfirio, era un tal Ramón que se le parecía mucho. Don Porfirio escapó de la quema y se refugio en la casa de Juan Cortés, el jefe político y de allí, con un salvoconducto, se fue a Cuba.
-¡Ah!
-Ya ve usted, la historia no siempre es la que se cuenta.¡Si yo le dijera! Pero mis obligaciones policiales me obligan a guardar silencio.
La misma historia sobre el marqués y la bailarina comenzó a ser tema cotidiano de tertulias. Todos conocían la vida loca del señor marqués. También llegaban hasta aquí los magazines de la época, los reportajes fotográficos, los raids automovilísticos con sus héroes... Y allí aparecía la bailarina madame Rosita, la hija del carpintero que emigró con su familia a Barcelona, haciendo cabriolas como una circense...¡La reina del Folies Bergere! Hubo gente que fue a París solo por verla. Pero las cosas no debieron ir bien en la casa a partir de la visita de la “gran flota”, como muchos llamaban el arribo aéreo de los aerostatos. Unos hablaban de crisis matrimonial, otros de ruina. Don Herminio debió quemar naves con aquella aventura, pretendiendo apoderarse del capital de su mujer. Pero la bella otero no se dejó convencer por las seducciones de su marido...
-Don Herminio era portugués,-comentó mi padre.
-Eso nadie lo sabe. El decía siempre que era un Braganza, pariente del rey don Carlos que murió asesinado con su sobrino en Lisboa. Pero puede que no sea cierta esa historia. Don Herminio no era muy creíble...
-Pero era marqués.
-Quizá. Eso ponía su tarjeta de visita.
Todos recordaban la noticia que vino en los periódicos de que don Herminio de Sousa, marqués de la Vega Verde, nieto de don Pedro de Braganza, el del retrato que había en la casa, había perdido la vida en un accidente de aviación volando de París a Londres. Doña Rosita viuda se vistió de luto y se encerró en su casa. Raramente salía a la calle.
-Dicen que se puso a escribir sus memorias.
-Todas las semanas venía de Granada un periodista de El Imparcial para tomar sus notas y ordenar su material epistolar y fotográfico que la famosa madame Rosita guardaba bajo llave en un arcón.
-Doña Rosita murió pronto. Me parece que murió el año del accidente de los pilotos belgas que se estrellaron en las eras.
-No estoy seguro del año,-replicó don Juan.
Se cerró la casa. Se desconocían los herederos del marqués. Decían que doña Rosita había donado la casa al obispado, pero no fue cierto. Don Rosita murió sin testar. A última hora apareció un heredero de la señora que vivía en Barcelona. Luego vino la guerra...
-Vino la guerra y vinieron los refugiados, que se hicieron los dueños de la casa. Aquel lujo de muebles, cuadros, cortinas y trajes desapareció en cuatro días. Se salvó el retrato de don Pedro que nadie se atrevió a tocar...




LA CASA NÚMERO SEIS, novela inédita de José Asenjo Sedano. Capítulos 2 y 3.-2008.-NOVELA POR ENTREGAS

viernes, 9 de enero de 2009

LA CATEDRAL DE GUADIX






Artículo publicado en el periódico IDEAL, de Granada, el día 9 de enero de 2009, firmado por el Prof. Don Francisco Hernández Cruz.





De todos es sabido que las ciudades que son sede episcopal sin coincidir en ellas la capitalidad de la provincia tienen un aire, un algo, un 'tufillo', que diría el castizo, que las definen. Para mostrarlo, ahí están Segorbe, Jaca, Tuy, y tan largo etcétera cuantas las hay en España, para no salir de nuestro entorno sociocultural. En estas ciudades, ¡qué duda cabe!, la catedral suele ser el edificio más importante, el más artístico, el más elogiado y, por añadidura, el más visitado Pero no termina ahí su mérito. Suele constituir, y almacenar, consecuentemente, elementos, de fábrica o no, de gran valor, formando un singular centro de arte en definitiva. Y como tal influye en el pueblo que la rodea, contribuyendo a elevar el nivel cultural de sus habitantes... La que nos ocupa, la de Guadix, ha ejercido esta influencia desde la finalización de sus obras. Ahí está, reconociéndolo por escrito, su ilustre hijo don Pedro A. de Alarcón.
Pero también se dice que una catedral no es tal, no alcanza la "nobleza" que merece su rango en tanto no tiene su testimonio escrito, su "testigo", su libro en definitiva. Pues bien, la de Guadix, desde hace un año, posee su "magna splendore" en forma de una soberbia publicación, profusamente ilustrada con extraordinarias fotografías, en cuya ejecución participaron ilustres personalidades de las universidades españolas, y otros eruditos, todos próximos a la primogénita diócesis hispana. En prácticamente cuantos capítulos conforman tan magna obra se nombra en nota, como no podía ser de otra forma, a otro ilustre paisano, hijo predilecto de la ciudad, al doctor don Carlos Asenjo Sedano.
Y no podía ser de otra forma, decimos, porque este investigador, que podríamos considerar sin error como la "fuente" y "guía" de cuantas indagaciones histórico-culturales se han hecho en la Accitania, ya en 1962, dio al papel "La Catedral de Guadix", trabajo de investigación que, publicado primeramente en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, de Madrid, le valió, además, el primer premio de monografía histórica de la Excma. Diputación de Granada. En él buceaba el autor, a través de documentos sin clasificar entonces, y que hoy forman parte del Archivo Diocesano, en cuantas vicisitudes recogió la escritura a lo largo de los casi tres siglos que hubieron de transcurrir en su construcción. Desde la Bula de erección, hasta el acta de bendición; desde el inicio de la obra, hasta su culminación, con cuantas circunstancias ¯obra y maestros, relaciones laborales, dinero y su cotidiana falta, materiales y desechos, etc.¯ concurrieron en tan dilatado período; todo estaba allí contemplado. De ahí su ser de "fuente" indiscutible.
Ahora, Cabildo y Obispado, con la colaboración económica de la Fundación Caja Rural, parecen reconocer esa paternidad con la reedición de aquel libro del pasado siglo. Pero en él, el profesor Asenjo Sedano no se limita a repetir lo dicho en el 62 y posteriormente en 1977, sino que actualiza al día la realidad catedralicia accitana, lo que no hacía aquella maravillosa obra que apareció el año pasado Así, bajo su pluma pasan las magníficas imágenes, del joven maestro escultor Ángel Asenjo Fenoy, que van poco a poco completando el vacío que en el coro dejó la desgracia española del 36, y en nota nos informa incluso de las personas que sufragan sus costes. Contempla asimismo la extraordinaria copia de La Piedad que, también destruida (¡y en qué forma!) entonces, en la parroquia de Santiago, señorea hoy su hermosura presidiendo el grandioso trascoro de la catedral accitana. En verdad resulta increíble, para quienes jugamos con aquellos pedazos de mármol, a modo de pelota y canicas, el resultado logrado por las habilísimas manos de la escultora Mª Ángeles Lázaro, quien también es autora de las imágenes, ahora en mármol, que ocupan las hornacinas de la fachada principal catedralicia. Estas imágenes, nos informa don Carlos Asenjo, representan los siete Varones Apostólicos y San Pedro, como el primero de los obispos. Al igual que las anteriores, fueron costeadas por suscripción popular, y también, en nota nos informa de quiénes participaron en la misma. Tampoco ha escapado a la sagacidad del investigador la nueva ubicación del remodelado y coqueto Museo catedralicio, ahora ocupando dependencias, como la sala del "chocolate", anexas al templo.
Pero, además, el avezado profesor nos muestra cómo su labor investigadora no cesa y, como consecuencia, nos ofrece nuevos datos de algunos aspectos ya antes tratados, como la autoría de los cuadros de la girola, por ejemplo.


La nueva edición contiene, sobre la de 1977, una dedicatoria a la esposa e hijo del autor; la cita textual donde el novelista accitano don Pedro Antonio de Alarcón confiesa la influencia recibida de la catedral, una "presentación" del Excmo. y Rmo. Sr. don Juan García-Santacruz Ortiz, actual Obispo Emérito de la Diócesis accitana, y un prólogo del Rvdo. don Antonio Fajardo Ruiz, director del Secretariado para el Patrimonio Cultural de la Diócesis, acompañado todo de un magnífico apéndice fotográfico, que sustituye las otras en blanco y negro que aparecían en la edición de 1977, del que destacamos, por inédita, al menos para quien esto escribe, la fotografía de la cripta de la capilla redonda, de don Tadeo, o de San Torcuato, que de todas estas formas se la conoce.
En resumen: magnífica reedición de una obra que debe enorgullecer a su autor, el dr. don Carlos Asenjo Sedano, a sus múltiples alumnos, hoy también investigadores, que será fuente nuevamente de cuantos trabajos se realicen sobre la catedral accitana, pues la anterior estaba completamente agotada desde hace décadas, y que es clara muestra del tesón investigador de su autor.
Decir, finalmente, que la obra se presentó al público el pasado día 20 de diciembre, sábado, en el salón de actos del Obispado accitano. Allí pudimos dar personalmente el abrazo que, desde estas líneas, enviamos también a nuestro admirado y querido profesor.

martes, 6 de enero de 2009

MI CALLE DE LA CONCEPCIÓN




Reproducimos el siguiente artículo de CARLOS ASENJO SEDANO, publicado en el periódico IDEAL, de Granada del día 6 de enero de 2009 por la aproximación sentimental y poética que tiene con el autor de este blog, habitante familiar de aquella calle inolvidable, paisaje de una de mis novelas inéditas cuyo primer capítulo se publica en estos cuadernos literarios.





SINUOSA, curvilínea, casi con nostalgias de mujer seductora. Estrecha de cintura como una avispa y de cuello largo como un cisne plantado en espera de un amor. Bonita desde los pies de su estrecha entrada, a la cabeza egregia de su acceso a la fortaleza murada donde Ibn Aljatib asentaba el poder y la gloria de los nazaríes. Vieja alacaba de aquellos musulmanes maliquíes de antaño por donde discurría el hilo que ataba la mezquita almohade a la morada del poder, la alcazaba, a la sazón pletórica de almalafas, hoy, luego, después, sólo melancólico camino por donde los seminaristas aún con sotanas y buenos propósitos, debidamente pastoreados, se desplazaban desde su mansión comunitaria aquella de los deudos del maestre don Lope de Figueroa, el de Lepanto, ese que, más tarde, corriera a Flandes por el mítico camino español a más velocidad pedestre que haya hecho, hasta hoy, ningún soldado con sus tropas, a la sazón nada menos que los Tercios de España, aquellos cuyo capitán era el de «la torcida espada, el de la capa colorada y el buen caballo alazán», mientras sus soldados prometían a la moza de la esquina, confiada y enamorada, ante el Cristo de su pueblo, volver enseguida, que sólo se trataba de ir por tabaco, como aquel Diego de la fábula y el romance, que después y por siempre se olvidaban del camino de vuelta. Y es que las flamencas, decían, eran de mantequilla derretible al menor calor de aquellos soldados de acero y leyenda. «¡Capitán de los Tercios de Flandes»... Un suspiro, un desmayo y la gloria del Paraíso que no conocieron ni el Dante ni Don Quijote. Ni posiblemente el bribón de Don Juan ni quizá el sibilino y astuto Casanova.
Y tras los románticos y los ismos, ese camino secular, antes que alacaba, decumanus romano colonial, acabó siendo, por arte de la guerra y de la paz, porque no hay guerra que cien años dure, aunque la llamada 'De los cien años' recuerdo que duró hasta ciento dieciséis, pero, con todo, ahí acabó, si bien otros aseguran que la secular Guerra de España, sea entre romanos y cartagineses o entre moros y cristianos o la más reciente entre blancos y negros, es negocio de nunca acabar ; ese camino, digo, acabó siendo mi calle y morada de la Concepción, pletórica de monjas concepcionistas, a veces enamoradas, recompuesta por el Barroco clerical de la mano de ese dramaturgo misterioso y escatológico que fue el doctor don Antonio Mira de Amescua y el otro mecenas converso que fue Ruy Páez de Sotomayor o Ruy Méndez de Sotomayor, cuando el cambio de apellidos trataba de camuflar dilatadas tragedias familiares mientras nosotros niños jugábamos con pelotas de trapo y cometas de caña y papel con mucho hilo y siempre la mirada en el cielo.
¡Mi calle de la Concepción¡ ¡Cómo la recuerdo y la añoro hoy, distante en el tiempo y en el espacio¡ Por allí, niño desconcertado de la posguerra, boquiabierto ante la maravilla salvada, a pesar de todo, de la vida y de la mole catedralicia, correteé cuanto pude desde el caño al coro, desde la escasez a la mocedad, desde la escueta lectura de una flaca enciclopedia a la biografía atormentada de lord Byron, aquel famoso cojo de los grandes éxitos amorosos de todo cojo, a los complejos y atrevidos versos de Catulo o a los otros más ortodoxos de Virgilio y Horacio, pasando por los floridos campos de Shakespeare, Cervantes o Montaigne, deslumbrado ante el otro mundo que había detrás de tanta letra, tanto genio y tanta humanidad, cuando descubrías que el mundo era aún más dilatado que la plaza de tu pueblo y el vuelo corto de sus palomas, sin dejar, por eso, de pelear con toda clase de perros y gatos y hasta ratas y lechuzas.
Allí, en aquella calle de la Concepción, viejo palacio de los Guirales, de los doscientos caballeros de la Reconquista y la gloria, de la repoblación y el expolio, viejo palacio de vetusta heráldica y escondidos misterios, allí también, por primera vez, se me hicieron visibles las muchachas en flor, aunque larguiruchas y flacas, a caballo de miradas melancólicas, sin saber lo que querían ni lo que pretendían, largas noches de vigilia y desasosiego tras las páginas de cualquier libro de Bécquer nunca acabado de leer mientras la lluvia salpicaba los cristales «y caía la nieve y no estabas tú»; «cuando el sufrimiento erótico, según Proust, no tiene límites y todo amor sexual es trágico». Y recordaba, después, aquello que decía Freud, que uno se enamora para evitar la enfermedad, mientras su colega Proust afirmaba que el amor era algo así como descender al infierno de los celos Y uno pensaba que acaso ambos llevaban mucha razón, muchísima razón
Allí, en aquella calle de la Concepción, no mucho después, también acabé por recibir la primera carta de amor confuso procedente de algún lugar secreto y escondido de la geografía de la gloria, allá al otro lado del mundo donde, decían, habitaban las huríes del profeta.
Y luego, otras cada día más fogosas. Cartas de letra prieta, de tinta morada, que parecían decir mucho sin apenas decir nada, con acaso algunas promesas imaginadas más que escritas con el extraño encanto de precipitar alocadamente los latidos de un corazón que creía morir de manos de más esperanzas que realidades. Cartas rítmicas, como el domingo de todas las semanas; cartas desesperadas por incomprensibles en sus promesas a largo plazo, por sus celos encubiertos. Cartas entre mágicas y simbólicas, quizá cabalísticas, que convertían el ínterin de la espera de la secuencia siguiente en un tormento de difícil incomprensión para aquel adolescente mozo sin barba que afeitar aún que se creía un discípulo de Don Quijote el de La Mancha, envidioso de aquel Romeo que debía partir en cuanto cantaba la alondra, al tiempo que ella jugaba a la gata y el ratón..
De aquella casa y calle de la Concepción, tan bonita y tan romántica, también un día salí vestido de soldado, desde hoy, entonces, casi un niño, para coger y aprender el arte del fusil, de la ametralladora, de las bombas, de la guerra , mientras desde el balcón, los míos, me veían partir, de momento a una guerra incruenta, que nadie sabía en qué podía acabar. Con mis pesados botos de soldado, con mi gorrillo pinturero del que colgaba aquella borla inquieta que no cesaba de bascular de un lado a otro, quizá mudo testimonio del acelerado tic tac de su corazón camino de lo desconocido, sin móvil ni tarjeta de crédito, y sólo la esperanza a caballo de una carta y un retrato de aquella divina mujer de la ilusión. Pero todo era, decían, por amor a la patria, y cuando el bosque se quemaba algo nuestro se quemaba, hasta que supe que el bosque era sólo del señor conde.
Cuando volví, ya a mi calle de la Concepción era otra cosa, acaso porque ya no era yo el niño de entonces, aquel surgido de las penumbras de la guerra, del humo de las bombas, de las cartas intranscendentes y sin sello de aquellas presuntas ingenuas enamoradas, con remite camuflado y sólo promesas entrevistas, sin despedidas apasionadas o cabalísticas. Ni por allí ya transitaban seminaristas de sotana y apenas monjitas jóvenes Yo ya era un hombre, o eso al menos lo creía yo con mi incipiente bigote, aunque hoy veo que todo era presunción de ignorante de corta edad y mucha ilusión, porque un hombre es un saco de decepciones y de ilusiones frustradas, a pesar del bigote y hasta de la barba, empezando por los Reyes que ya eran los padres, y la patria que sólo era una excusa del poder y quizá sólo una entelequia.
Pero, con todo, y a pesar de la mejora, si es que mejora nos ha traído el tiempo de las vacas pingüedines, el recuerdo de aquella calle y casa de la Concepción, hoy ya destrozadas y reconstruidas, me llena de melancolía el alma y el recuerdo cuando ya sé más de fusiles que de poesía.
Y, además, sin recibir las cartas almibaradas de antaño, mientras el Fisco aguarda siempre con la cesta presta del impuesto o la otra de la sangre, mientras yo, boquiabierto, me preguntó qué fue de todo aquello de mi juventud perdida.




CARLOS ASENJO SEDANO, en el periódico IDEAL, de Granada, 6 de enero de 2009, Epifanía del Señor.

domingo, 4 de enero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (Capítulo 1)

(NOVELA POR ENTREGAS)
AUTOR: JOSÉ ASENJO SEDANO




Nuestra casa, aquella que alquiló mi padre cerca de la catedral, una calle angosta, empedrada, estaba justo entrando a la derecha, la número seis, una calle que fuera de nobles y eclesiásticos. A esa calle y a esa casa nos llevó mi padre nostálgico recién terminada la guerra. No le gustó a mi madre aquella casa antigua y destartalada, con salas y habitaciones inservibles, consecuencia de los sucesivas transformaciones que la casa había experimentado con el tiempo. Por su aspecto de cuartel, durante la guerra, la casa había sido convertida en albergue de refugiados que, venidos de la guerra, era por eso casa de malos recuerdos. En sus orígenes, contaban, había sido casa señorial, casa de marqueses que, con el tiempo, hicieron almoneda de sus bienes.
La casa, como digo, conservaba vestigios de su pasado, puertas blasonadas y frontispicios. El salón grande en el que nosotros dormíamos, (éramos muchos hermanos), tenía rico artesonado cabalístico con estrellas y rombos dorados, las paredes con pinturas de rojo y dos balcones a la calle. Mis hermanas dormían en otro salón con ventana de reja a un recibidor, pero menos aparatoso. Supimos que, durante la ocupación francesa, el salón donde dormíamos había sido despacho del general francés jefe de ocupación. Muchas noches, en el silencio, nos parecía oír sus pasos perdidos, botas con espuelas, sus toses y ronquidos, sus pedos, que desaparecían con el alba. Quizá aquellos pasos fueran de los muchos gatos que habitaban la casa y que aprovechaban la noche para recorrerla. Temprano, nos despertaba la campana del Sagrario de la Catedral tocando a misa.

Veníamos del exilio de un pueblo cercano, como a seis kilómetros, un bello rincón en un valle frondoso, a dónde nos llevó una noche de guerra mi padre, con otros refugiados, huyendo de los bombardeos. Fueron aquellos años de nuestra niñez los más gratos de nuestra vida. En ese pueblo aprendimos a amar la naturaleza, lejos de las bombas que se oían desde la solana. A veces era el zumbido de los cañones y el paso de los soldados de infantería cargados con sus fusiles y sus mantas. Siempre nos sorprendían las canciones de la tropa cuando pasaba en largas columnas de camiones como si fueran de excursión, alegría que nosotros, con el puño levantado, compartíamos siguiéndolos por la carretera. Aquel pueblo era un oasis donde se oían los pájaros y se veían las yuntas y los labradores con sus mulos en el campo como si no hubiera guerra, la peor de las guerras.
Nos trajo mi padre a esta casa antigua cuando la guerra terminó, una casa que nada se parecía a aquellas en las que habíamos vivido, casas de labriegos, con corrales y gallinas, con muchas pulgas y ratones. Esta de ahora, próxima a la catedral, estaba cerca de la casa en que mi padre había nacido y se había criado de niño, lo que fue un reclamo para él, pese a la oposición de mi madre, que se había criado en un barrio más alegre y popular. Aquí, en esta casa lúgubre, mi madre se pasaba las horas de la tarde sentada en su silla de anea en el balcón pendiente de la gente que no pasaba por la calle. Nadie, y por eso mi madre lloraba echando de menos su calle de San Miguel, de la que no dejaba nunca de hablar. Hablaba de sus padres, de sus hermanos, de sus vecinos, de la iglesia en que se había casado. Suspiraba y decía apenada que esta calle y esta casa donde ahora vivíamos era su cárcel. ¡Una prisión! No la soportaba y tenía sus razones. Llegamos a esta casa recién venido el verano, en 1939, cuando la guerra se había terminado. Era el Año de la Victoria. La ciudad estaba llena de pintadas y de retratos de Franco, el Caudillo, y de José Antonio, Presente. José Antonio había sido fusilado en la cárcel de Alicante. La ciudad estaba llena de soldados inactivos. Al atardecer, se oía el redoble del tambor y el sonido de las trompetas. Era la hora de arriar las banderas en los cuarteles, la hora de la retreta. Todo el mundo permanecía firme, brazo en alto, mientras se oía el himno nacional. Eran tiempos de paz y eran tiempos de guerra. Tiempo de prisioneros, de muchas cárceles, juicios sumarísimos y de mucha gente todo el día en la calle sin saber dónde ir. Pronto supimos por los periódicos que los alemanes preparaban otra guerra y, meses después, invadieron Polonia, Austria y pondrían sus cañones mirando a Francia. ¿Adónde quería ir este mundo cruel?
Pero nuestra obsesión era nuestra casa que pronto empezamos a llamar casa de fantasmas, porque eso era en verdad. Era mucha la gente que había pasado por aquí. Muchos también los muertos. Además, lo peor, es que había sido casa de soldados franceses invasores, que no dejaban de pasearse por los salones. Siete hermanos, luego nueve, organizábamos excursiones por patios, salas y sótanos en busca de vestigios pasados. En el sótano, clavada en un nicho, encontramos un puñal moro que resultó ser de un miliciano. También encontramos un pistolón oxidado y una dentadura postizo, que arrojamos al pozo. Ese era nuestro tesoro. Si orinábamos en el suelo del sótano, nos sorprendía comprobar como la meada rápidamente era tragada por la tierra. ¿Qué habría debajo? ¿Sería verdad que existía un pasadizo como decía la gente? Este barrio, había sido barrio latino, calle de romanos. Se habían encontrado muros y restos de termas y hasta una tumba argárica con el cadáver encogido de una niña de Almería. Seguro que estábamos en la cumbre de una montaña de pueblos antiguos, enterrados allí...Un cementerio.
Y luego estaban los refugiados, los últimos inquilinos de la casa. Decenas habían vivido aquí repartidos por sótanos, patios, salas y torres, salvo el cuarto del marqués de la escopeta, como le decían, una pintura de don Pedro de Braganza, que había sido negrero y pirata en el Brasil, retrato al que todos temían. Don Pedro aparecía en el cuadro empuñando un arcabuz, desafiante y feroz, al que nadie se atrevía a mirar...Aseguraban que el negrero estaba vivo, que miraba con ojos amenazantes...
-¿Quién es ese demonio?,-preguntó asustada mi madre el día que lo vio.
-Es don Pedro de Braganza, el marqués,-le dijimos.
No quiso verlo más.
Eso mismo les pasó a muchos refugiados. Nadie se atrevió a tocar ese cuadro maldito. Nunca. Todos temían la mirada del marqués. Tenía fuego en los ojos.
Los refugiados que vivieron aquí durante la guerra procedían la mayoría de Málaga, huidos de su ciudad cuando el ataque fascista de los italianos. Fueron corriendo por la costa hasta Almería perseguidos por las baterías de los barcos alemanes. Muchos perecieron en la carrera. Eran gentes del Perchel y otros barrios. Mi madre, cuando pasaron desaliñados y muertos de hambre por la aldea feliz en que vivímos, a una mujer tuerta que llevaba una criatura llorosa en sus brazos, le preguntó qué había pasado en Málaga con los señoritos.
La mujer, con aire triunfal, dijo jocosa que a todos los habían tirado por los balcones. Y añadió:
-En Málaga no ha quedao un señorito...¡A todos les hemos dao el paseo! ¡Amolaos!
Aquella barahúnda pasó por nuestra casa de ahora, pronto saqueada, vendidos o destrozados sus muebles, arrancadas las cortinas y los marcos de las ventanas, quemadas sus puertas para cobijarse del frío durante el crudo invierno. Sólo se salvó la sala del pirata portugués que defendía feroz su terreno. Cuando nosotros llegamos a la casa, se había recompuesto lo que se pudo, se habían quitado los pasquines bélicos en los que se veían soldados con casco diciendo ¡no pasarán!...
Con todo, mi madre no dejaba de repetir:
-Esta es una casa triste. Pura mugre.







Mi madre enlutada, había perdido dos hermanos en la guerra.Uno de un lado y el otro, del otro. No se consolaba. Siempre se tuvo por una perdedora.
-¡No me gusta la casa!,-no se cansaba de repetir.-¡La odio!¡Toda la casa huele a mierda!
Nosotros empezamos a no hacerle caso. De noche, cuando estábamos acostados, oíamos a mi padre y a mi madre discutir siempre por lo mismo, por la casa miserable. Mi madre le echaba en cara su empeño en venir a vivir una casa noble, ahora más innoble que ninguna. Mi padre había conocido la casa en sus años pujantes, cuando vivía la marquesa.¿Qué marquesa?, decía mi madre.¿Quien va a ser?, decía mi padre: ¡La marquesa!

-¡Una mierda para la marquesa!

De noche teníamos que aislarnos con llaves y cerrojos por miedo a los fantasmas que se quedaban fuera, dueños del resto de la casa. Porque era cierto que la casa estaba habitada por fantasmas, todo el mundo lo decía.
-La casa número seis está llena de fantasmas. Y a esos no hay quien los eche.
Por mucho que se empeñara mi padre, por mucho que fueran sus loores a la famosa marquesa que vivió en París y fuera bailarina famosa, aquella casa no era casa para vivir. Algunos refugiados murieron en ella, como fue el caso de Hermes, un músico excéntrico, nadie sabía de dónde vino, que perdió a su hija de tisis, una niña blanca como la nieve, rubia, que recitaba francés ante la admiración de los demás refugiados que la escuchaban con respeto. Se murió de hambre, pese a que su padre vendiera su sangre en un cuartel de soldados...
-La niña de Hermes murió de hambre. Se murió con un pedazo de pan en la mano que no pudo roer.¡Pobre niña!
De noche oíamos a aquellos fantasma del patio, se les oía toser y hablar. Uno de esos, pensábamos, tiene que ser Hermes, el artista, llorando a su hija a la que todos, con sus andrajos, acompañaron al cementerio cantando la Internacional.
Por la mañana, cuando descorríamos los cerrojos y bajábamos al patio, nunca había nada. No encontramos a Hermes, no se veía a nadie. Pese a todo, a las penas de mi madre, en esa casa nos nacieron dos hermanos más. Hubo que poner otra cama para los nuevos huéspedes nacidos después de una guerra...
-Estos niños no han conocido la guerra y, sin embargo, la han perdido como los demás,-decía con lágrimas mi madre.-No se librarán del hambre. La guerra es una mierda,-no dejaba de repetir.
Y no se libraron. Por entonces, la gran guerra ya había alcanzado su cenit. Los alemanes desfilaban al paso de la oca por toda Europa, se les veía ufanos en los noticiarios que ponían en el cine cuando íbamos a ver películas del Oeste habladas en inglés... El mundo pertenecía al III Reich y a Hitler, cuyos gritos guturales rompían la armonía del mundo. Tanques, bombas, cañonazos, ejércitos compactos, ruinas, muertos, muchos muertos... Francia, Inglaterra, Holanda, África, Rusia... ¿Nosotros? Nosotros pendientes de los partes de guerra, de la radio de Londres o de la Pirenaica...nos moríamos de hambre... Muchos españoles se fueron a Rusia a luchar contra el comunismo...No había trabajo. Ni comida, ¿qué hacer? Preferible era la aventura... Nuestro maestro experimentado decía que eso de ir a luchar por ahí, era una tontería, todas las guerras son siempre de hombres contra hombres. Son hombres los que mueren. Además, si no hubiera hambre, no habría guerras...No tendríamos tanto tiempo para luchar.
Mi padre, de noche, bajo la lámpara, abrían su periódico y seguía con su lápiz la marcha de las divisiones en el teatro de la guerra.¡Menudo teatro! Nunca supe por qué llamaban teatro eso de pegarse tiros...
No sabíamos la causa, pero esos días los fantasmas estaban alborotados. Parecía como si aquellas noticias, de noche, les hicieran discutir. Se oían gritos y lloros. Nosotros también llorábamos porque el hambre era nuestro vacío cotidiano. Todo el mundo hablaba con desesperación de esa guerra como del final del mundo. Pueblos enteros eran arrasados en una noche. Sin alimentos, sin trabajo, sin sanidad, sin esperanza... Abundaba el tifus y la disentería. El racionamiento escaso y el estraperlo abundante. La sarna...¡La sarna! La sarna fue nuestra enfermedad sobrevenida de la guerra. Lo que los refugiados nos habían dejado como herencia maldita en la casa: su guerra bacteriológica. En la casa odiada por nuestra madre, todos cogimos aquella infección, fuimos pasto de esa invasión de roedores invisibles de la piel... De noche, antes de ir la cama, mi madre enfermera procedía a embadurnarnos manos y pies con emplastos de azufre aceitoso. Empezamos a ser fantasmas...
El maestro se fijó en mis manos enguantadas con trapos apestosos que escondía yo de su vista. Me las sacó del bolsillo como momias y las examinó en silencio. Debía apestar a cadáver de cuatro días en la tumba. Vi como se estremecía de terror. Se alejó más escorado que nunca sin decirme una palabra. ¡Ay Dios mío, qué muerto me sentí ese día! ¡Qué olor tan nauseabundo!
En la misma escuela los niños hablábamos de la guerra: de aviones, tanques, muertes. Las aguas de los caños, nuestra agua de beber, estaban infectas, no eran potables, pero las bebíamos. Cundía el tifus y el piojo verde. No había hospitales, ni asilos. Los médicos escasos poco podían hacer, salvo certificar defunciones. Uno se podía morir de cualquier manera. Se oían las campanas a cualquier hora con su tañido doloroso, seco y triste. Otro muerto, ¿quién será? Entonces no se escondían los muertos, todo el mundo acudía al velatorio donde se oían los chistes más graciosos del mundo. Donde se contaban las historias más divertidas. Nadie se perdía un velatorio donde podías hasta tomarte un café de cebada tostada. Nadie lloraba en los velatorios, a los velatorios se iba a reír. Y a comer. Quizá fuese una fiesta morirse en ese tiempo. El traje
de luto normal, para las mujeres, era el velo negro, a veces largo hasta los pies. Para los hombres, la cinta negra en el sombrero o el brazalete negro. Y para los huérfanos, los calcetines negros...¡Como hedían a muerto aquellos calcetines recién teñidos! La ropa clara de ayer, se pasaba por el tinte y el barreño...Todos teníamos nuestros difuntos. Era tiempo de luto. Todos nos vestíamos de negro, todos caminábamos tristes como cipreses...¡Qué años tan negros! ¡Hasta el pan era negro!
Lo que más dolía a mi madre, es que muchos de esos entierros pasaban por nuestra calle. Nuestra calle siempre estaba abierta para los muertos. Y los entierros más solemnes, eran siempre los de los clérigos, que pasaban en caja descubierta bajo nuestro balcón, revestidos, cerúleos y secos de hambre como todos...A

mi madre no se le quitaba el terror y las lágrimas.
Terminamos por cerrar el balcón y huir dentro de la casa cuando la campana repicaba anunciado el triste desfile...
-¡Que va a pasar el entierro!,-había siempre alguien que daba la voz de alarma.
Pero a todo se acostumbra uno. Y, además, lo peor estaba por venir...





(Capítulo 1 de la novela inédita "La casa número seis", de José Asenjo Sedano.). NOVELA POR ENTREGAS.

viernes, 2 de enero de 2009

EL CEMENTERIO INGLÉS (Capítulo I)






De mi última novela publicada, "El Cementerio inglés", se ofrece aquí el primer capítulo. Se trata de una novela de aventuras, novela del mar llena de sorpresas y fantasías. ¿Su espacio? El Mediterráneo.






A veces, y el sueño es triste,
en mis deseos existe
lejanamente un país
donde ser feliz consiste
solamente en ser feliz.

F. PESSOA.






Capítulo 1


Cuando yo era niño, acompañaba a mi madre en sus visitas al cementerio inglés. Era un pequeño panteón con cruces y lápidas, en su mayoría pertenecientes a comerciantes y marinos británicos fallecidos en la ciudad o desembarcados en nuestro puerto. Mi abuelo, el capitán Cooper, era uno de esos ingleses enterrados allí. Ferdinand Cooper viajó por todo el mundo como capitán de varias navieras, en el “Kenia” y en el “Bristol”, entre otros mercantes. Contrajo matrimonio con mi abuela, Carolina Powel, hija de un vinatero de El Puerto de Santa María. Nunca supo español y, cuando hablaba con su novia necesitaba intérprete, lo que era motivo de guasa entre los gaditanos cuando veían aquella pareja de tres paseando por la Alameda. Dicen que era un caballero gentil, de ojos claros y sonrisa tierna. Tampoco abuela Carolina sabía inglés, por lo que tenía que hacerse leer las cartas que su marido le remitía de lejanos puertos. Lo que no quiere decir que el amor entre la pareja no fuera sincero y profundo. Cuando el capitán Cooper venía por Cádiz, sacaba a su mujer y a su hija Mary, mi madre, de paseo por Canalejas y Apodaca y les hacía fotografías en el estudio de Hugo, en la Plaza Mina. Todo el mundo conocía a los ingleses, como les decían.
Tenía el cementerio una pesada puerta de hierro cuyo cerrojo corría el portero, un escocés bajo y gordo, Henri, antiguo cocinero de la “Bristol”, goleta que comandó mi abuelo, retirado en Cádiz con su capitán. Cuando íbamos al cementerio, Henri descorría el cerrojo a los gritos de mi madre. Recuerdo su mirada recelosa, no entendiendo por que el capitán Cooper se había casado con una española. Descorría Henri el cerrojo y permanecía en silencio el tiempo que mi madre empleaba en arreglar la sepultura de su padre y colocaba aquel ramo de flores que, Henri, en nuestra ausencia, no tardaba en sustituir por una botella de ron, que era lo que le gustaba al capitán. Y de nada valían los enfados de mi madre estrellando la asquerosa botella contra la pared ni las soeces palabras de Henri en su contra, no dejándose vencer por una española, como decía. Henri había sido el servidor más leal que había tenido nunca el capitán Cooper, quién lo consideraba como un hijo. Y como a un padre lo lloró cuando lo sacó de la “Bristol” antes de que se lo tragara el mar. Días después el capitán fallecía en brazos de su esposa, quién no le sobreviviría mucho tiempo.


Mi madre conservaba de su padre una pitillera de plata, varias pipas, un pañuelo filipino y una gorra de visera que llevó el abuelo hasta su muerte. En la gorra y en la asquerosa pipa todavía apestando a tabaco debía estar el secreto de aquel marino inglés. Mi madre amaba mucho a ese hombre extraño que la miraba con ojos tiernos y le decía palabras llenas de sentido amor que nunca entendió. La acariciaba con sus manos burdas y la llevaba al fotógrafo de la Plaza Mina para que le hiciera retratos. Por eso derramaba mi madre tantas lágrimas sobre aquella tumba.
- Me quería más que a nadie,- me decía entre hipos.
-¿Y cómo fue su muerte?
- Al capitán Cooper se lo llevó el huracán y a los cuatro días lo escupió la mar. Su barco se fue a pique cerca de Tánger. Allí se acabó la vida de la “Bristol”. Fue el Escocés quien lo sacó del agua y lo trajo a casa para morir.
Mi madre no paraba de llorar recordando ese momento.
- Nadie pudo arrancar de sus manos el retrato de su mujer y de su hija que la mar no pudo arrebatarle,- gimió mi madre tapándose la boca con el pañuelo filipino.
Esta historia me hizo mirar con simpatía al escocés de la mirada aviesa, fiel como un perro.
Otro día le pregunté a mi madre cómo fue que el capitán Cooper se enamorara de Carolina Powel.
- Ferdinand era entonces capitán de un bergantín que hacía la ruta de Liverpool Cádiz de cuya Compañía era consignatario don Sebastián Powel, hermano de mi abuelo. Cuando venía a Cádiz nos visitaba y hablaban siempre de viajes. Mi abuelo frecuentaba Londres por asunto de vinos y de política. Uno de esos días en que Cooper visitó la casa de El Puerto, conoció a la abuela Carolina, que era una mujer muy bella. Cuando murió Cooper, a poco murió de pena mi madre.
-¿Y dónde está enterrada?
- Está enterrada en San José. Su padre no consintió que su hija fuera enterrada en un cementerio de herejes.
Me extrañó que nunca fuéramos a visitar su tumba. Como excusa me dijo que no recordaba a su madre, que sólo la conocía por los retratos, que a ella la crió en verdad una nodriza de Chiclana que se llamaba Asunción, a la que llamaba mamá Asunción.
- Y a mi padre, ¿cómo le conociste?
- Al capitán Alexander B. Le conocí por casualidad. Era un hombre serio, muy delgado, que hablaba siempre de barcos. Nos enamoramos y nos casamos y tuvimos dos hijos. Un día se marchó y nunca más supe de él. Dijo que se marchaba a una guerra de ingleses. No sé si vive o está muerto.




De "El Cementerio ingles", novela de José Asenjo Sedano, publicada por el IES de Almería, 2007.