domingo, 8 de febrero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (Capítulos 13 y 14)















NOVELA POR ENTREGAS.





AUTOR: JOSÉ ASENJO SEDANO












Capítulo 13

Después de estos sucesos, llegaron los comentarios, ese querer cada uno contar la historia a su modo. Todos tenían argumentos, habían sido testigos de tales o cuales hechos, lo que resultaba extraño y paradójico, ya que en torno a la casa existía un verdadero cinturón sanitario y eran contados los que conseguían colarse y romperlo. Lo que no impedía que el cada vez más precario semanario local, el Acci, no dejase de publicar pseudos reportajes sobre el crimen del marqués y sobre los yacimientos arqueológicos de la casa, que algunos convertían en mineros y ya había quién hablaba de ciertos tesoros ocultos, causa de todo el desaguisado. Páginas y páginas de un novelón por entregas propio para mentes obsesivas y morbosas. Se contaban historias nunca oídas del marqués decapitado y de la bailarina hija de un carpintero local, un hombre que tuvo que emigrar a Cataluña hacía años en busca de fortuna. Del Parralero, en Barcelona, todavía niña, a bailarina de fama, modelo de pintores borrachos españoles y franceses. Madame Rosita, primera bailarina, como la Otero, de famosos cabaretes. Un continuo danzar por Europa, flores y gasas, sombreros y medias, la prima donna del Folies Bergere. Todo ese currículo lo recogía Fandila en su periódico, que el cansado impresor de pelo blanco y manos doloridas lo recibía como maná ya que, ahora, aunque con retraso, cobraba su paga y pudo comprarse un sombrero nuevo que, al parecer, era su sueño. Él había conocido a la Rosita en el barrio, hacía años, una niña como todas, con rosas en las mejillas. Él también tenía sus historias que contar. Todos contaban su particular historia de la bailarina que viniera de París un día con un marqués a bordo de un lujoso chevrolet rojo, impresionante...Volvió a contarse con detalle la crónica del aterrizaje, hacía años, de aquellos aerostatos que vinieron volando desde París y Madrid, de clubes a los que pertenecía el marqués, una fiesta que acaparó los periódicos regionales e incluso alguno de Madrid, especialmente La Esfera y el Blanco y Negro con abundancia fotográfica.
-Nunca se vio cosa igual en la ciudad. Y mire usted que aquí han ocurrido cosas... Pero ninguna como ese desembarco de globos como soles envidia del mismísimo Julio Verne...
El impresor motivado le daba al pedal de la impresora, pasaba página y se consolaba de haber vivido para ser testigo del evento, aquella flota sobrevolando nuestra catedral y nuestros campos.
-¡Un espectáculo!
Ya todo el mundo sabía quien asesinó al señor marqués al que unos condenaban su vida libertina y otros perdonaban sus pecados, lamentando que hubiera tenido tan mal final.
-¿Usted qué hubiera preferido, que hubiera perecido en el aeroplano sobre el mar, o esa muerte infausto a manos de un anarquista sanguinario...?
La pregunta era una trampa mortal.
-Hombre, yo prefiero morirme en mi cama, rodeado de los míos...
-Ese hombre era un aventurero, no podía morir en la cama...Dicen que se había batido más de una vez en París por cuestiones de faldas...Siempre a la espada...
-Mala muerte tuvo.
-Lo mató, cuentan, la codicia y la infidelidad...
El impresor tuvo que quitarse el sudor de la frente.
-Lo mató una mujer...
-¿Doña Rosita?
-¿Quién si no?
-No sería por su mano, aquella mujer era muy delicada. Nunca se hubiera manchado las manos...
-Ella no, ella indujo al asesino, a su hermano, el anarquista...
Todas estas historias alimentaban el papel del semanario local y las horas nocturnas de la tertulia de radio. A todos les gustaba leer y escuchar...

Claro que la historia más noble de la ciudad que desbordó los comentarios del marqués y doña Rosita, la muerte desconocida y aclarada por la tenacidad investigadora de don Arcadio, juez habilidoso y experto, una historia pasada y sin culpables que condenar, pasó a segundo y último término con las noticias que cada vez se iban teniendo sobre los descubrimientos del subsuelo de nuestra casa, objeto de tertulias culturales en el casino, ahora liceo, y en la radio, levantando el interés general. Vivíamos sobre un polvorín de pueblos históricos, pobladores antiguos de la ciudad que ahora despertaban de su sueño. Don Pompeyo Romano (seudónimo, naturalmente) tenía sentada cátedra, era el que más se había aventurado en la galería, tenía ya confeccionado un plano con radiales cuyo final había que investigar. Se tenía claro el camino que unía la catedral y la alcazaba. Pero había más...
-No olvidemos que esta ciudad fue ibera antes que romana. La biografía de esta ciudad milenaria está enterrada, bastaría con levantar la capa de tierra que la ocupa para dejar al descubierto todo lo que oculta. Con los romanos, esta ciudad fue un gigantesco castro, un campamento militar encargado de defender esta parte de la Bastetania. Siempre fue esta ciudad campamento militar. Su estructura es militar. Es fácil reconocer como estaba organizada. Sobre esa estructura se fueron construyendo los sucesivos castros o campamentos...Lo último que tuvimos aquí fue un Regimiento Provincial que luchó en Bailén con su coronel don Bernardino. Los romanos fueron grandes ingenieros, capaces de obras importantes. Encontramos en esta ciudad restos de murallas y de acueductos. Canales y termas. Por aquí pasaba la famosa Vía Hercúlea o Augusta, como se ve en el registro de carreteras del “Itinerario Antonio”. Todavía se ven los trazados de esas carreteras...Si teníamos murallas, villas, puertas y baños, ¿cómo no íbamos a tener un teatro y una basílica, pagana o cristiana? Hay una tradición cultural de la ciudad que se remonta a siglos, más allá de la dominación musulmana que la continuó...¿Creen ustedes que la cultura surge de improviso, sin un cultivo necesario? No, amigos míos, igual que tenemos poetas y escritores musulmanes y cristianos, los tuvimos también romanos y vigóticos... Nunca lo sabremos hasta que no investigamos en las profundidades de nuestra ciudad oculta.
Don Pompeyo se tomó un respiro. Se le veía emocionado.
-Hemos abierto un camino. Sabemos donde estamos. Pero no basta con eso, necesitamos ayuda para proseguir nuestra investigación. Ya sabemos cómo debajo de la catedral, y de lo que fue mezquita, existe una catacumba paleocristiana con varios enterramientos. Vean este crismón sacado de allí. En la pequeña basílica hay signos cristianos: peces, palomas, corderos, cruces...Y dos sarcófagos, uno muy deteriorado, que suponemos guardan los cuerpos de los primeros apóstoles de la ciudad o de primeros cristianos...He invitado a varios doctos profesores a visitar la excavación y me han prometido venir lo antes que les sea posible...A mi me ha parecido leer en una estela Torquatus miles...¿Es una Martyria lo que hemos encontrado? Es curioso y significativo que este enterramiento sirva de base a la primera basílica cristiana de esta ciudad...Una catedral es un ara, un verdadero altar que se nutre con la sangre de los mártires... Si lo que hemos encontrado es lo que venimos esperando desde hace años, es claro que Roma dejó aquí su sello, somos una pequeña Roma penibética. Una cívitas romana. Yo sugiero que todas las aportaciones y estudios que se están realizando sean recogidos en un corpus histórico con vista a futuras investigaciones y se funde un centro histórico con aportaciones de otros centros de estudios...
Bla, bla, bla, bla...
Todos aquellos sabios discursos de don Pompeyo poco a poco fueron perdiendo el interés general cuando se veía que nada progresaban y que aquellos que tanto habían prometido con sus visitas, alejados de la ciudad, se olvidaban de todo... Así el mártir don Pompeyo se fue quedando solo, perdido entre sus libros y sus apuntes, entre sus notas para publicar en la universidad o en ese libro en el que venía trabajando desde hacía años, tan difícil de publicar. Nunca había dineros ni subvenciones...
-Habrá que revisar la historia de la diócesis a la vista de esos hallazgos,- decía el señor obispo desde su cátedra.-Tengo dadas instrucciones al señor deán y al señor arcediano para que ayuden al señor Romano en sus estudios sobre la catedral y la diócesis...
¿Qué es lo que pasaba? ¿Por qué todos los proyectos iniciados con tanto entusiasmo se desinflaban como globos al poco tiempos? El mismo Fandila, poco después desaparecido, dejó de publicar capítulos sobre el marqués y sobre las catacumbas de nuestra casa... Lo que habían descubierto, era lo que ya otros, más antiguos, sabían... Todos conocían que el barrio estaba minado, que había caminos que recorrían el subsuelo, salidas hacia numerosos parajes, fruto de la historia y de las guerras, guaridas de personas y de animales indefensos. Este era el país de los fantasmas...No era nada nuevo...
Nada de esto nos libraba a nosotros, habitantes de la casa número seis, de la presencia constante de fantasmas, fueran romanos o franceses. No se consolaba mi madre indefensa sentada como un vigía en su balcón. Pocos se atrevían a llamar a nuestra puerta, un suceso como otros.
Ni tampoco le valían a mi madre las promesas del obispo diciendo que pronto todo se arreglaría. Mi madre asustada y alarmada, había perdido la esperanza de ver un día solucionado nuestro problema particular, superado por los más importantes del cráneo morboso y aquella mina oculta, galería o lo que fuera...Se olvidaba nuestra situación acuciante, la necesidad de desalojar de una vez por siempre nuestra casa de habitantes misteriosos en los que nadie creía. Nos tomaban por locos, gente obsesionada por la guerra y por las muchas cosas que habían ocurrido en aquella casona antigua, llena de leyendas como todas las casas de la calle, viejas como la nuestra. No se daban cuenta que lo nuestro era diferente, que esta casa era como una pesada cadena para nosotros, había sido la mansión de centenares de refugiados, gente indeseable que amargaban nuestra existencia. Ninguna palabra consolaba a mi madre. De nada sirvieron las visitas de mi padre a la alcaldía, ni las que hiciera al obispado. Todo se arreglaría, pero no se arreglaba. Y así permanecía ahora abierta aquella boca de lobo de la galería que muchos visitaron y pronto olvidaron, dejándonos con el temor permanente de aquella amenaza. Fue por eso que mi madre, aquella mañana, en cuanto sonó la campana de prima de la catedral, se vistiera y se fuera con su luto a ver al señor penitenciario, hombre probo, a quien pidió hisopara nuestra casa con agua bendita, llorándole que no era posible continuar en aquellas condiciones.
-En esa casa vivimos sobre los mismos infiernos,-le contó mi madre.-¡Debajo de nuestra casa habitan los demonios, allí están, en la entraña de la tierra, y esa mina que dicen que viene a la catedral, no es verdad, esa mina baja al fondo de la tierra donde viven apiñados los diablos...!
Y le contó como sus hijos habían dado voces desde la puerta y les habían contestado desde dentro voces como de fieras enjauladas, voces que repetían sus nombres...La misma criadita, envalentonada, les había arrojado desde la puerta una botella de zotal por si se envenenaban con el olor...Pero, nada. Nada de nada.
Vino a casa el señor penitenciario y él mismo, en persona, había aspergiado su agua bendita con la ayuda seria de un monago de roquete, había rezado, hizo sus exorcismos, y se fue con promesas de salvación. Al rato vino un grupo de seminaristas con linternas, se asomaron a la cueva y salieron enseguida corriendo diciendo que dentro olía a cañería y a zotal...
-¡A lo que huele es a infierno!,-es lo que dijo mi madre.-¿No veis que esta es la puerta del infierno?
Los seminaristas no se detuvieron a comprobarlo y huyeron de la casa. Algo de verdad, pensarían, tenía que haber en las palabras indignadas de mi madre que se había atrevido, en su impaciencia, a salir hasta el rellano de su escalera.
Era claro que mi madre paciente no aguantaría más aquella situación por nosotros en cierto modo aceptada. Se hartaba de llorar cuando nos oía contar nuestras experiencias con fantasmas, pensando con razón que estábamos perdiendo la razón.
-¡Y vuestro padre no se da cuenta!,-se quejaba.
Habíamos sido testigos de cómo el cuadro de don Pedro, el malvado, arrinconado en la casa, había sido quemado en el corral y como el sujeto se retorcía en el fuego como una víbora lanzándonos miradas de horror. Quedó en el suelo un puñado de ceniza verde, como el título del marqués, que pisoteamos y regamos con nuestras meadas.
-¡Este ya no gritará más! ¡Este malvado guardaba al otro malvado!
Sin embargo, esa noche le oímos rugir en el corral. Nos aterrorizó con sus malditas amenazas en portugués, diciendo que nos mataría a todos. Mi madre gastó esa noche todas sus mariposas y rosarios, diciendo que no nos habían servido de nada los exorcismos del señor penitenciario. Cuando amaneció, corrimos al corral a ver lo que había pasado y descubrimos fuera de la ceniza el arcabuz humeante, achicharrado, como si saliera de su mano...
Al saberlo, mi madre sabia dijo que no aguantaba más. Que un hijo suyo no dormiría una noche más en esta casa.
-Que se queden los fantasmas con su casa, nosotros nos marchamos. Nunca debimos venir aquí, fue un capricho tonto de vuestro padre. Nos vamos a dónde sea, al río si hace falta...
La decisión de mi madre era terminante. Mi padre demudado, inquieto, no supo que replicar. Las palabras de mi madre, apoyadas por nuestro silencio cómplice, eran definitivas. Muchas personas que la oyeron, decían que cómo habíamos podido aguantar tanto...Pero, ¿adónde íbamos? En la casa de la abuela no había lugar para nosotros, demasiada gente.
-Aquí, ni se os ocurra,-fue la respuesta a nuestra gestión.-Ya somos bastantes en esta casa.
Y era verdad lo que decía la abuela encorvada y autoritaria, su casa llena de solteras y viudas, una casa como la de Bernalda Alba, solo que distinto. Y lo que no ocupaban las mujeres, lo ocupaba los muebles apilados, roperos, camas y mesas de hacía siglos, lo que se amontonó por inservible después de la guerra. Material de deshecho. Perder todos esos enseres, las vitrinas y librerías del abuelo repletas de encuadernaciones antiguos, libros del Padre Mariana, manuales de derecho administrativo, fotos antiguas..., hubiera sido un crimen. Mi madre exclaustrada protestó, pero tuvo que conformarse y buscar asilo en otro lugar.
-Desde luego que en este barrio, ni pensarlo,-fue su decisión, tirando de ropero y empezando a llenar su baúl,- No quiero más casas en esta calle de los muertos. ¡Yo quiero vivir!
Cuando una mujer como mi madre, harta de aguantar, toma una decisión como la suya, no hay argumento que la convenza de lo contrario. Sabía que mi madre buscaba su regreso a su barrio de siempre, al barrio de San Miguel, con su iglesia y su campanario, aquellas tiendas antiguas, aquellas casas blanqueadas y con terrado desde el que se dominaba el mundo. Una casa limpia y decente. En San Miguel estaban dormidos en piedra sus recuerdos, misas y comuniones, bodas y bautizos...Aunque los recuerdos sean como las hojas de los árboles que pronto se secan y se las lleva el viento. Hubiera sido bonito una casa al pie de la torre, donde vivían los primos, esos primos que se colgaban de las ventanas de forja de su casa, el día de San Antón, para no ser cogidos por el ganado: caballos, toros y vacas, que pasaban el día del santo con alarde de cencerros. Envidia les teníamos. Pero no era fácil una casa tan estratégica, cerca de las huertas.
No nos fuimos al río. Esa noche del ultimatun la pasamos en una casa de la Plaza, sus dueños, amigos de don Juan, nos la dejaron por una noche, hasta mañana en que seguro encontraríamos acomodo.
-Es favor de un buen y dilecto amigo,-le dijo don Juan a mi padre. Él sabía mejor que nadie el sufrimiento de mi madre, admiradora de su teatro.
Después de los años que vivíamos en la casa número seis, la casa de dos puertas y dos balcones, la puerta principal y la puerta de la cochera del señor marqués, dormiríamos lejos del infierno. La criadita enana, secreter de tantos misterios ocultos, saltaba de alegría besando las manos de mi madre. Entre luces, cuando da su último toque la campana del Sagrario, cerramos con llave la casa y marchamos en silencio, calle abajo, en busca de la Plaza iluminada.¡Fuera fantasmas! Nos llevamos lo preciso a la espera de la mudanza segura de mañana. Mi padre nos hizo promesa. Mi padre juró a mi madre que todo se arreglaría, que mañana tendríamos nuestra nueva casa en alquiler.
Aquella fue para nosotros una noche en calma. Lejanas, como olvidadas, se oían ahora las campanadas del reloj de la catedral. El silencio era una palabra cuyo sentido desconocíamos.
- No se oye nada. Se oyen los pasos de la gente cuando pasa...
El silencio era algo inédito para nosotros, que no nos atrevíamos a levantar la voz. Mi madre dormitando en su butaca, rosario en mano. Al fin, la paz. Por el cristal del balcón, la luz dorada de las farolas. Los altos murallones de las casas de enfrente. ¿Dónde estábamos? Si alguien decía una voz poco alta, enseguida había un siiihh...que todo lo cortaba. Como siempre, sin darnos cuenta, echamos todos los cerrojos de la casa sin fantasmas, era una costumbre que nos costaría desterrar. Lo primero era estar seguros de aquella amenaza constante de gritos y sueños. Cuando decidimos acostarnos, todos más recogidos, los niños al Este, las niñas al Oeste, lo hicimos como lo harán los soldados que de noche, en la guerra, salen a patrullar, agazapados, alertas a las argucias de un enemigo invisible. Aunque nos dimos cuenta que la casa, por su pequeñez, de un lado parecía más segura, de otro parecía más vulnerable. De una simple patada se podía derribar una puerta. Parecía una casa de muros de cartón, una casa solo de tabiques. Hasta muy tarde, sin poder dormir, extrañando la casa, estuvimos oyendo esos pasos de la noche que no se agotaban hasta que salían de la frontera de la Plaza. Después, nada. Luego, conforme avanzó la noche, ya nada se oía, todo era nada, y a eso no estábamos acostumbrados nosotros. El silencio total, el que nos helaba el corazón esa noche sin saber qué significaba, nos mantuvo en vela, hasta lloramos, hasta oímos conversar a mi madre diciendo que tampoco podía soportar esta casa... No oír nada es como no vivir, estar desnudos, ignorar por donde puede venir el enemigo que siempre está. Es sentirte indefenso. Por eso los más pequeños, angustiados, se vinieron a la cama de los mayores, abrazados a nuestros brazos, aguantando la respiración, corazón con corazón, vida junto a vida...¡Dios mío! ¡Esto tampoco! Ese silencio se parecía a una palabra que no nos atrevíamos a decir. ¿Quién no teme a la muerte? Oímos el lloro de mi madre como un niño pequeño en el regazo de mi padre, un lloro que añoraba una casa lejana, la casa de su niñez, ese paraíso perdido al que deseaba volver. Ninguna otra casa, grande o pequeña, podría nunca llenar ese vacío de su alma. Por eso lloraba como una niña, por eso llamaba a su madre que vivía en otra casa y no la oía...Varias veces la vimos levantarse y mirar la Plaza por el balcón, una plaza deshabitada, piedra sola, la farola que de madrugada se apagó...También la criadita huérfana llamó a su abuela, decía en sueños que tenía miedo, lloriqueó y mi madre desde siempre como una madre, le susurró como a un bebé para que se durmiera...
-Ama, tengo sueño.
Todos lo teníamos. Aquel silencio como una niebla espesa nos impedía dormir. Temíamos no despertarnos. Pero al fin nuestros ojos como luceros alrededor de la luna se cerraron y nos quedamos dormidos, flotando como peces en el agua, como pájaros en el viento, como la rosa en el rosal...
No tuvimos fantasmas esa noche. Pero tuvimos con nosotros el silencio que es otra manera de estar. Y no nos gustó el silencio, tan callado.
Cuando salió el sol y la Plaza se llenó de luz y de vida, sonó la campana de la catedral, el reloj, se oyó el ruido de la calle, nos tiramos despiertos de la cama a ver por el balcón la Plaza. El primero en levantarse fue mi padre, le oímos hablar con mi madre, toser, decir los planes que tenía para ese día. Desayunó y se marchó, en algún lugar lo estaban esperando. Nos levantamos también nosotros extrañando la casita, sin dejar de gritar, rompiendo el silencio de la casa. Teníamos que prepararnos para regresar a la casa número seis, preparar nuestros muebles y baúles que un carro de mudanzas llevaría a esa nueva casa que esperábamos. Nos tocaba ahora, como hacía años, abrir la puerta de aquella casa ahora solitaria y comprobar como respondía a nuestra corta ausencia. Mi hermano mayor, revestido de paternidad, estrenando pantalón largo, le tocó ser el portador de aquella llave grande de hierro forjado que llevaba en la mano como un arma sin fuego. Cruzamos la Plaza soleada, la fachada del ayuntamiento, y nos dirigimos por la plaza de la Catedral al barrio latino, nuestra calle vieja de la Concepción, calle empedrada, una calle de otro siglo con casas mudas y centenarias. El corazón nos temblaba. Abrió mi hermano con su llave la puerta de la casa como si abriera la puerta de la tumba de Lázaro. Empujó la puerta y nos quedamos como estatuas en el portal tantas veces corrido, con su campana, con el cancel y la escalinata de mármol como casa que fuera de un marqués. El olor de la casa nos recobró la vida vivida allí. Reconocimos el olor de las paredes, la humedad del pozo y del sótano, aire difícil de digerir y respirar. Mi madre angustiada se tuvo que coger del cancel y decir que ella no podía seguir. ¿Qué es lo que pasaba?
-Ay, yo no puedo...
Nos pusimos de repente todos a llorar. Sin darnos cuenta, notamos que la casa cerrada estaba llena de nosotros, aquello que respirábamos, el aire, la humedad, las lágrimas, era nuestro, éramos nosotros, ¡la casa estaba habitada! Todo aquello que oíamos desde el patio, era nuestra presencia presente allí, eran nuestros pasos y nuestras palabras, esas mismas que habíamos echado de menos esta noche en la casita de la Plaza. Era la criadita la que canturreaba arriba con su escoba, la que llamaba a mi madre, la que reía y saltaba y nos invitaba a todos a subir...Y éramos nosotros los que hablábamos en el salón, escuchábamos nuestras voces, nosotros abajo expectantes, asombrados, y nuestras voces y risas, nuestros lloros, arriba...¿Dónde estábamos, realmente?
Se lo oí a mi madre rompiendo en llanto:
-¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
No nos atrevimos a subir por no encontrarnos cara a cara con nuestros fantasmas, dueños de la casa, unidos para siempre con los que allí vivían. Fantasmas ahora como los demás...
Aquella casa nunca nos dejaría.








Capitulo 14



Cuando mi padre feliz, hombre transfigurado, nos anunció la marcha hacia la nueva casa, ya estaba en la puerta el carro de mudanzas tirado por dos caballos cansinos, no supo que decir cuando vio a mi madre metida en llanto y a nosotros azorados sin atrevernos a pasar del portal. Sería mi hermano mayor quién le pondría al corriente de lo que estaba pasando, de los nerviosos que estábamos por la noticia de que nos íbamos de la casa para siempre, al fin nuestra casa. A todos nos había atemorizado escuchar nuestros gritos y palabras del piso de arriba, ahora ocupado por nuestros propios ecos... De repente la casa rebelde se había puesto en nuestra contra, escucha y verás, le dijo mi hermano tembloroso a mi padre, todos los fantasmas están en pie...
Mi padre palideció.
-¡ Esos gritos son vuestros! ¡Sois vosotros! ¿Qué hacéis ahí?
La pregunta era obvia si no estuviéramos en la calle, todos delante, casi en fila, en el portal, mirándole con la boca abierta. Nosotros no estamos ahí, estamos aquí.¿O, dónde estábamos?
-No lo entiendo. No sé lo que pasa.
-Oye. Es mamá, eres tu, somos nosotros... Todos estamos dentro de la casa, se quedan dentro nuestras voces, nuestros llantos y nuestros sufrimientos. Nos ha pasado como a los demás...Ahora estamos en los dos lados.
Mi padre no supo qué decir.
-Es mejor que nos vayamos para siempre de esta casa,-terminó diciendo.-¡Huyamos!
Ahora era él quien más prisa tenía en irse. Se le veía aterrado.
Serian aquellos hombres rudos que miraban sin entender, los que se encargarían de bajar los baúles y los muebles y cargarlos en el carro. Nosotros nos fuimos caminando hasta nuevo hogar que, oh sorpresa para mi madre mártir, estaba como ella siempre había deseado al pie de la torre de San Miguel, una casa con luz y con macetas, cerca de nuestros primos, en su calle de siempre. Mi madre rejuvenecida, con su onda en la frente, se apoyaba por el camino en mis dos hermanos menores, nuestros hermanos de la posguerra, esos hijos de su promesa. Cuando bajando la cuesta empedrada sobre la vieja muralla derruida reconoció la torre desmochada de la iglesia sin campanas y vio su calle de siempre, solo que más herida, no pudo menos que echarse a llorar como lloraría Colón al descubrir su sueño en América, segura de que regresaba a su mundo perdido...
-¡Volvemos a casa!,-decía abrazada a sus menores.-¡Volvemos a casa!
Era ella la que volvía, porque mis hermanos menores era la primera vez que la pisaban.
Se refería mi madre a su barrio sin fantasmas, extramuros de una ciudad antigua. Más sol, más alegría, más gente. Colocamos entre todos nuestros muebles y nuestras cosas, abrimos el balcón a la vega con su río, sus árboles y sus montes de ceniza. Mi madre pensó que entraba en el paraíso. También contagiados, lo pensamos nosotros. Oímos lejos la pitada de un tren que bajaba veloz, un soplo de humo sobre los árboles, sobre la chimenea de la fábrica, bajo un cielo de cal y de sueño. No pudo mi madre melancólica retener las lágrimas...
-Ahora es cuando voy a empezar a vivir,-decía bañándose la cara de sol, sin quitar los ojos del paisaje quemado.-¡Pensar que todo esto existía y yo no lo sabía!
Naturalmente, con los días, nos olvidamos de la casa abandonada. Dejamos de interesarnos por los fantasmas y por los descubrimientos arqueológicos que allí existen. A los demás les pasó igual. El Gobierno, por sus representantes, dijo que no había dinero para emprender una excavación subterránea que poco podía añadir a lo ya sabido. Este país está lleno de cuevas y galerías, de miles de secretos ocultos. Una búsqueda de ese tenor es demasiado costosa, todos nuestros pueblos históricos querrán lo mismo, que registremos sus tumbas y covachas, ya veremos, hasta ahora nos las hemos arreglado sin ellas. A veces, esos tesoros están mejor guardados bajo tierra que en los mismos museos. No tenemos personal que los cuide, muchos se pierden. El obispo, que había pedido que se abriese una galería por la barbacana que llegase hasta la cripta, también vio rechazada su petición hasta mejores tiempos. Los niños podrían seguir viendo las momias asomándose por las ventanas del paseo como ha pasado siempre. Aquella presunta basílica cueva paleocristiana, de ser cierta, seguirá en su lugar con los restos de aquellos santos de nuestra primera época. ¿De qué nos iba a servir aumentar nuestra colección ósea de mártires si nosotros no hacemos propósito de imitarles?
También nuestro periódico, pasado el tiempo, desprovisto de novedades, un nuevo semanario insolvente, que pronto dio en bancarrota como el otro. ¿Qué sería de Fandila?. Desapareció de la ciudad y algunos lo vieron valle abajo como un fantasma. Le preguntaron que adónde iba y les contestó que a América.
-¡Me voy a América!.
Allí debió marcharse. De nada había servido conocer al propietario de aquel cráneo perforado, ya muerto. ¡Existen tantos cráneos vacíos en este mundo por uno u otro motivo! Don Juan, hombre poeta y dramático, escribió una obrita para representar, sobre doña Rosita, la bailarina del Folies Bergere, y su triste sino. Se escribieron muchos romances, para cantar en ferias, del marqués y de la bailarina. Don Arcadio, jubilado, prosperó en la agricultura y hasta se compró un todo terreno para visitar su finca...No quiso saber más de sumarios...
Aquella casa número seis de nuestras desdichas, sin inquilinos ni habitantes, fue cerrada para siempre. Vecinos de la casa, contaron que se seguía oyendo gritar a los fantasmas, que se les vio envejecer y que algunos con el tiempo debieron morir, porque dejaron de oírse...
La casa sigue cerrada desde entonces, aunque algunos juren que han visto al marqués y a la marquesa salir de noche en su auto camino de su huerta....
¡Ah, tiempos!
Una tarde, a medio sol, nos sorprendió mi madre con una noticia:
-¿No sabéis? Ha venido esta tarde doña Rosita, la marquesa, y me ha regalado un florero. Ese, lo ha hecho ella misma.
Nos quedamos estupefactos.
-¿Doña Rosita?
-Bueno, su fantasma...Estuvo cariñosa y luego se marchó acompañada de mi menina...
-Pero, mamá...
-La marquesa vendrá todas las tardes a hacerme compañía. Es gentil y cariñosa. Dice que Hermes, el músico, sigue allí, no ha querido abandonar a su hija, la que murió de hambre y recitaba francés...Que Hermes está triste y yo le he dicho que la tristeza es flor del infierno... Que es mejor que aprenda a sonreír...Los tristes no verán a Dios...Y ella se ha echado a llorar...Me ha dicho que las lágrimas curan el mal de amores...
-Y la melancolía...
-Eso...


FINAL DE LA NOVELA POR ENTREGAS.-

1 comentario:

Khortes dijo...

Maestro, hasta siempre…
Hoy la tristeza hecha noticia ha horadado en mí, hasta debocarme un profundo dolor… hemos perdido un gran maestro, hemos tenido una perdida insustituible. Guadix está de luto.
Maestro, hoy he perdido ilusión por hacer fotos de nuestra ciudad, ya no podre ver cuál de mis fotos, te serian de interés como para ponerlas en tu blog.
Me hubiese gustado decírtelo personalmente, pero no he tenido la oportunidad, he visitado tu blog de modo asiduo, desde que por casualidad lo descubrí, y desde entonces ha sido uno de mis mayores motivaciones, conseguirte imágenes de nuestra amada ciudad, como para que alguna fuese ilustración a tus geniales escritos.
( Martes 16 diciembre de 2008 - NIEVE Y NAVIDAD)
…descansa en paz

elojodeguadix