viernes, 25 de julio de 2008

LA PROSA ANDALUZA DEL ÚLTIMO PREMIO NADAL






Este ensayo sobre la obra literaria de José Asenjo Sedano, se debe a la pluma de D. Antonio GALLEGO MORELL, ilustre granadino, catedrático de literatura, Rector que fuera de la universidad de Granada, que en marzo de 1978 presentó la novela "Conversación sobre la guerra", Premio Nadal 1977, en el hotel Nevada Palace de aquella ciudad).



Panorámica Sierra Nevada, Granada.


José Asenjo Sedano venía rondando alrededor del Nadal. Desde la calle barcelonesa de Consejo de Ciento ya nos llegaron tres novelas precursoras de este premio. Primero fueron “Los Guerreros”, recortados sobre un Guadix sin trampa, con los perfiles claros de su catedral y sus entornos. Todo tenía allí perfil, hojas de calendario, anécdota, diálogos amplios, referencias concretas a una Granada próxima con su colegio precioso del Sacromonte. Eran los Montescos y los Capuletos de un Guadix a medio situar entre los nombres propios y los castillos legendarios de un siglo XVI y esos otros nombres y retazos biográficos que anidan por entre los vasos de un café con leche en el casino. Allí estaba todavía Pedro Antonio de Alarcón. Por la plaza cruzaba algún canónigo; por los signos de puntuación, y por muchos otros rasgos de precisión al relatar, paseaban muchos Azorines leídos con fervor. Al autor no se le iban de las manos ni los personajes, ni las cuerdas que los movían, ni el material expresivo tras el que se ponían de pie. Con “Los Guerreros”, Guadix volvía a irrumpir en el arte de la fabulación, como en los días de don Pedro Antonio...pero nuestras generaciones habíamos ta filtrado el virus de la retórica a través de las páginas azorinianas, tan olvidadas hoy, pero tan vez inconscientemente asimiladas por los hombres de letras.

Después asomó a las librerías “Crónica”. Con esta novela el autor descubre las posibilidades literarias de jugar con el tiempo, aquello que logró Proust inaugurando una época literaria. Seguimos dentro de la misma geografías, pero la catedral de Guadix se ha desdibujado: se han reducido los diálogos, se han depurado también los signos de puntuación; las referencias a la cercana Granada no son ya de vivencia inmediata. El autor alterna las maneras de Azorín con los cartones de Valle Inclán, sobre todo cuando tiene que calzarle a sus personajes algún zapato de charol con hebilla de plata o abotonarle una serie colorada que le baja desde el cuello.


Monumento Carlos V, Plaza Universidad de Granada.

Acaso sea la misma tradición mediterránea que encarna en el “Gatopardo”. El escritor no crea desde Guadix, y a su máquina de escribir salpican aguas saladas de Cádiz o Sanlúcar de Barrameda. Por eso los nuevos aires de su novela se llena de cosas invisibles. Y las últimas páginas de guerra civil oscilan entre relatos recientes y latentes recuerdos de meridional. Dentro de la novela se engastan cuentos aislables, como el del obispo al que le piden que eche a volar con toda aquellas guardarropía de estolas, capas, casullas, roquetes, albas, cíngulos en torno a su ilustrísima. A esa altura de “Crónica”, el escritor se regodea con los recuerdos de otra novela que ya tiene escrita: “El Ovni”. Asenjo Sedano escribe desde muchas Andalucías: En “El Ovni”, la geografía es más incierta para que se claven mejor la tierra las figuras de su papel de aleluyas, de su literatura de humor. Ya no son personajes reales del casino, ni de la misa de doce, ni de domingo estrenando calcetines o camisas. Son personajes de cartón para una literaturas de ficción que se mueve en torno al objeto que llega por los cielos trastornando al pueblo. El escritor escribe seducido por el cine, por el cine que sedujo los años finales de Azorín. Cine puro son las páginas en el que el alcalde, la corporación municipal bajo mazas y con el pendón de la ciudad, la banda de música y el concejal asmático y con las lentes a punto acuden, con todo el mundo de chaqués, a saludar a un “ovni” que pasa de largo. Acaso el Guadix que el escritor oculta sea más Guadix que los anteriores, aunque esté caprichosamente deshecha la catedral en otras torres y con otras campanas que las escenas del papelín de aleluyas demandan. Y es que el novelista se fabrica sus propios paisajes, trae a los personajes para meterlos en su farsa, pone música y ruidos a su texto; pinta y dibuja en ellos lo que le viene en gana.



Los niños de la guerra

Después de estas tres novelas, el escritor estima que puede trazar otra novela amasando los recuerdos de su propia niñez. Al contrario de lo que hace todo escritor novel, Carmen Laforet, que inaugura los premios Eugenio Nadal, nace la Barcelona recordada de posguerra; Asenjo Sedano es ahora cuando llega a desentrañar sus recuerdos del Guadix de su niñez, cuando Guadix apenas se reconoce a través de referencias concretas. El tema tiene muchos abolengos: en el cine, los ojos de López Vázquez han recordado, tras el embozo de la sábana de 1936, los días de aquella guerra civil de un niño de trece años; Luis de Castresana evocó los niños bilbaínos que fueron extrañados y plantaron “el otro árbol de Guernica” en la Chaussée d’ Alsember, en Bruselas. Este es el mayor acierto de “Conversación sobre la guerra”: otra vez acertar a jugar con el tiempo, sólo que el escritor ahora tiene ya mucho oficio. Junto con Francisco Ayala, encarnan los dos escritores granadinos vivos que tienen más oficio. Las librerías están hoy llenas de literatura de goma arábiga, de recortes, de pegadizos, de ediciones. Asenjo cultiva el periodismo, y contra lo que sería usual, no necesita la hemeroteca para trazar su novela. Es la historia de quienes fuimos los niños de la guerra. Hay mucha realidad en sus vivencias, pero cuando la literatura se deslinda de verdad de los historiográfico, estas vivencias se convierten en pura fabulación; el autor inventa, crea ficciones, pero estas imaginaciones cobran en su palabra realidad de acontecimientos históricos. Hasta el final de la novela no afloran nombres propios, con lo fácil que le hubiese sido salpicar la narración con los nombres de los militares y de los milicianos de turno.

Pórtico Universidad de Granada.


Muchas veces el escritor denota que es mas escritor por lo que es capaz de callarse que por lo que es capaz de decir. Recursos de las tres novelas anteriores se desbordan más, como las armonías imitativas, las onomatopeyas: tris, tras,tris,tras de los pasos de muñeca rota de su abuela entre el quiquiriquí, el chicoleo, el gorigori, el ronroneo, el cacarear y el plaf, plaf de la punta del bastón. Los elementos poéticos, la prosa poética empaña y empasta el paisaje. El escritor acierta en su meticulosidad al transmitirnos las sensaciones de la realidad: esa voz que se deshacía como un pitisut, esa otra voz de frambuesa, esos ojos de mermelada, esos labios con sabor a cereza. Estos son los grandes zarpazos de realismo en su prosa y no las lentejas de los días del hambre, ni el picor de la sarna, ni las nubes que cruzaban hacia la batalla del Ebro. Valery Larbat dijo con toda nitidez, que una vez que el escritor escribe su obra, ésta se independiza y cualquier lector puede interpretarla con la misma o mayor validez. Tan importante es lo que a mi, lector, me dice Madame Bobary como lo que ideó Faubert: lo trascendental es lo que al lector le inspira el “Lazarillo”. Esta es la gran fuerza y la eterna actualidad que tienen las obras de los clásicos: es decir, lo único por lo que realmente son clásicos.



Profesor Gallego Morell, en su domicilio.


La guerra como telón de punto

“Conversación sobre la guerra” es la conversación de un niño, sobre todo con su abuela, y con la contienda al fondo. Es una novela limpia de elementos anecdóticos, sin material extraliterario, sin precisiones cronológicas, sin afán testimoal, plena de elementos poéticos, sin apenas nombres propios. Pero por eso la contienda que late, que se dibuja al fondo, no puede ser otra que la guerra civil española del 36. Sus antecedentes no son los usuales, ni el asesinato de Calvo Sotelo, ni las tensiones de la II República, que se quedan como inevitables para la literatura en fascículos y de quioscos. En la primera parte de la novela sólo surgen como nombres propios aquella ahogada Gertrudis que cuentan que sacaron del pozo con las manos anilladas de gladiolos o aquel rey que vino a cortejar a la bisabuela María del Carmen.
La novela está escrita desde hoy, recurriendo a la mirada del niño de ayer; como narración tiene la suficiente carga de ambigüedad para hacer viva y real la situación que pinta. Los ojos del niño captan que los que luchan acaban sin saber por lo que luchan y que a la postre nadie sabe quién ha ganado de verdad, como acontece en todas las guerras civiles. El acierto de Asenjo Sedano ha sido crear el climax. La Gerona de Gironella acusa sus perfiles a golpes de recortes de prensa; este Guadix, que no aparece por ninguna página, se alza en toda la novela desde insinuaciones puramente literarias, como en algunos cuadros de Velásquez, la Casa del Campo está en el lienzo sólo por la veladura de una nube. “Conversación sobre la guerra”, es la conversación de un niño, pero la novela es una novela sin protagonista, si es que no admitimos que el protagonista sea el aire, que unos días huele a flor, otros a lluvia recién revuelta en barro o a carne de mulo en rl plato del almuerzo, a la misma bazofia que lleva a sus relatos Malaparte. Solo que Malaparte cultiva para la literatura la hemeroteca y el magnetófono, y este otro escritor, que frecuenta las redacciones de los periódicos, se empeña en enredar su acción dentro de una tradición andaluza, la tradición en prosa de “Platero y yo”. El tema en Juan Ramón es intrascendente; Moguer, en cambio, es elevado a símbolo. Este Guadix, que apenas es Guadix, es el símbolo de la guerra. Y el escritor se deja en la pluma la nota más característica de aquella guerra concreta, que fue una guerra en la radio. En “Conversación sobre la guerra” no surge un solo aparato de radio, ningún viejo Telefunken. Y al final, el hijo regresa con las dos piernas amputadas –de un bando- y las dos hijas que vuelven con las cabezas rapadas –desde el otro bando- convierten las últimas páginas de la novela en unas páginas de esperpento.



Vista panorámica de Guadix.


A veces la guerra es el cruzar solitario de un solo bombardeo o media docena de camiones que cruzan por la carretera hacia la guerra o que vuelven de la guerra. No hay trincheras ni casa matas. Esas cosas, en una guerra civil, es lo menos importante. Lo de veras decisivo son las desgarraduras interiores de una casa, de una familia. Lo de menos es la batalla del Ebro, lo que crea un clima es lo que sorprenden los ojos del niño. Lo demás está en todas las hemerotecas. Pero aquel alarde de fumerío, de risas y de tijereteo de piernas, significa que la novela se estira sin precisión, su geografía es perfectamente transportable. Esta es la literatura que alcanza perdurar. Es una guerra en que cuenta más el resplandor de las nubes iluminadas por ráfagas repentinas que el ruido de los cañones...y eso que este novelista gusta tanto de recursos sonoros. Los aviones cruzan con zumbido de moscas sobre un pastel: porque la guerra es evocada desee una atmósfera de interior, esos interiores que literariamente descubrió Gabriel Miró. Y es que el niño que hilvana los recuerdos de su “Conversación” apenas salió a la calle durante los días de la guerra hasta que, en septiembre de 1939, cuando los alemanes invaden Polonia, empujaba una puerta con timidez y pedía permiso para entrar. Era su primer día de escuela y la mejor página de todo el libro.
¿Desde dónde nos trae su novela Asenjo Sedano? El pie de imprenta nos dice que desde Barcelona. Pero en la prosa se cruzan Guadix y Cádiz, Granada y Almería: toda una Andalucía en la que no nació Azorín, pero que se dejó llevar por la nueva prosa. Porque lo caracteriza a esta novela, entre otras muchas cosas, es que está escrita con primor, y en este año 78 somos muchos los lectores que agradecemos al escritor que ponga esta nueva cinta en su máquina de escribir.


Profesor Antonio Gallego Morell, autor de este artículo.


Antonio GALLEGO MORELL
Catedrático de Literatura
Universidad de Granada, 1978


Periódico YA, Madrid, 3o de marzo 1978.

martes, 22 de julio de 2008

JUAN B. VIANNEY, CURA DE ARS








Los franceses son siempre sorprendentes, también en su catolicidad. En plena etapa del Terror, en un lugar perdido próximo a Lyon, mientras en esta ciudad la guillotina segaba cabezas sin descanso, una familia de campesinos, los Vianney, se dedicaban a salvar perseguidos de la temible revolución. Se cuenta en el libro apasionante que escribiera el Vicario de Nantes, señor Trochu, El cura de Ars, basado en los documentos de su proceso de beatificación y canonización. La edición española de 1984, lleva un interesante prólogo del obispo de Málaga, el famoso don Manuel González, en los altares. “Un buen cura, escribe, es la mejor acción social de un pueblo”. Y comenta que, “un cura de pocas letras, de no atrayente figura, de carácter más bien seco y rigorista que dulce y contemporizador, llega a un pueblo indiferente, vicioso, rutinario, apático, rebosante de odios y prejuicios revolucionarios, y sin ejercer otro oficio ni otras funciones que las de cura como la Iglesia los quiere, hace de su pueblo, de todo su pueblo cuanto quiere...”




Se refiere a Juan María Bautista Vianney, fruto de esa familia acogedora, campesino, a quien Dios le diera la vocación de ser cura, pero no la sabiduría humana para conseguirlo. Era muy torpe para los estudios, especialmente el latín que no consiguió aprender nunca. Tanto, que ya con casi treinta años, imposible de franquear esa barrera, en el Seminario de Lión deciden que abandone los estudios y se dedique a otra cosa. No era esa la opinión de su párroco, el señor Balley, que conocía bien las virtudes de su feligrés, que llegó a hacer la promesa de caminar cien kilómetros enteramente pobre viviendo sólo de la limosna, para suplicar a san Francisco de Regis le ayudase a superar el latín, aventura en la que estuvo a punto de perder la vida. Tiempos difíciles en Francia, nadie le quiso socorrer en el camino. Al regreso de nuevo a su pueblo, conmutada la promesa a cambio esta vez de ir dando limosnas en vez de pedirlas, lo esperaban todos los vecinos de Ecully con el párroco a la cabeza, que habían permanecido esos días en oración por Juan B., conociendo su profundo deseo de alcanzar la tonsura.
Como pasa tantas veces en la vida, Dios escribía su vocación por caminos en apariencia contrarios. Juan María, ni con promesas, conseguía superar lo naturalmente imposible en su caso. No tenía dotes para el estudio. En tanto se acentuaba en su vida la imagen del asceta, el hombre piadoso de heroica actitud religiosa, que tanto impacto hacía entre sus gentes. Era evidente que el joven campesino nunca sería cura y comenzó a pensar en hacerse religioso...
Pero no, su vocación no era esa. Lo sabía bien el sr. Balley, su cura maestro y protector, que conocía el alma del muchacho. Por eso, volvió al Seminario con la intención de esforzarse y ver si podía esta vez superar la prueba, que no superó. Imposible. Pero, como decimos, tenía Dios sus planes sobre su vida y un hecho histórico tan importante como la caída de Napoleón en Leipzig, hace que el arzobispo de Lion, tío del emperador, marche a Roma haciéndose cargo de la diócesis temporalmente, el vicario Sr. Courbon, amigo del párroco, quien aprovecha, una vez más, la ocasión para hablarle del caso Juan Maria B. Vianney. Acepta el vicario examinarlo personalmente y he aquí el resultado:
-¿Juan Bautista es piadoso? ¿Es devoto de la Santísima Virgen?¿Sabe rezar el Rosario?,-pregunta.
-Si,-contesta el párroco,-es un modelo de piedad.
-¿Es un modelo de piedad? Pues bien, yo le admito. La gracia de Dios hará lo que falte.
“Nunca el señor Courbon- escribirá su biógrafo- estuvo más inspirado.”



La primera misa de Juan María tendría lugar el 14 de agosto de 1818, víspera de la Asunción. Tenía 29 años. Desde este momento se consideró, “un vaso sagrado destinado exclusivamente al ministerio divino”. Se convirtió en el más pobre de los pobres. Su párroco le había señalado el camino y santa Filomena, joven mártir romana, los misterios de la santidad. Después de pasar dos años con su párroco, muerto éste, sería enviado a la aldea de Ars, lugar desolado y perdido, una especie de Siberia francesa, un destierro que para Juan Maria fue la cuna de su santificación. Le avisaron: “No hay mucho amor en esta parroquia, tú procurarás introducirlo”. Y esa fue su misión ministerial hasta su muerte. Cuarenta casas, un castillo, un bosque de robles y abedules, caminos infestos y pantanosos...El Cura de Ars, “tenía espíritu de conquista”.





El 13 de febrero, domingo, tomaría posesión de su curato. Día gris, toda la aldea permanecería pendiente de aquel cura campesino, nada agraciado, de estampa ridícula, hasta que le vieron subir al altar, comprobando como se transformaba y hasta parecía hermoso revestido con sus ornamentos...”Tenemos una iglesia muy pobre, diría conmovido el alcalde, pero nos ha venido un párroco muy santo...”


Así comenzó la apasionante historia del santo Cura de Ars, patrono del clero universal que, naturalmente no cabe en este comentario...Después de unos años de persecución religiosa, la figura del Cura de Ars fue como una luz en los campos de Francia, las peregrinaciones desde todo lugar para oír su palabra y recibir su absolución, su confesionario de incansables horas atrajo a todo el país.
Falleció el 4 de agosto de 1859. Tenía 73 años. Todos los caminos de Francia se llenaron de peregrinos para despedir a su santo. El 8 de enero de 1905, san Pío X lo elevaría a los altares ante el júbilo de toda Francia.
Desde su confesionario y clarividencia, supo ver el corazón de la misericordia, proclamado años después por el gran Papa Juan Pablo II.

José ASENJO SEDANO
(Artículo publicado en el semanario católico ALFA Y OMEGA, Madrid 31 de julio 2008, con el título: "Un Santo que no sabía latín")

sábado, 19 de julio de 2008

MADRE TERESA DE CALCUTA


(Símbolo místico de las Tres Teresas de Jesús: Teresa de Avila, Teresa de Lisieux y Teresa de Calcuta).-

Tagore habría escrito: “ ¡Qué ganas tengo de ir a la otra orilla del río; adonde están atadas en fila aquellas barcas en las estacas de bambú; adonde todas las mañanas van en las balsas los hombres con su arado al hombro para trabajar en los campos lejanos; adonde los pastores de ganados pasan nadando con sus rebaños mugientes para pacer en la ribera...”
Aquella mañana – 5 de septiembre de 1997 - Madre Teresa supo que había llegado el momento de pasar a esa otra orilla. Su corazón cansado se dolió y se hizo pájaro en su pecho. Necesitó oxígeno y, al anochecer, rodeada de sus hijas, con el rosario en la mano, cruzó por fin el río. La noticia de su muerte corrió por todo el mundo.
Siempre decía: “De sangre soy albanesa. De ciudadanía, india. En lo referente a la fe, soy una monja católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi vocación, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.
Y añadía: “Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mi para que seamos su amor y su compasión por los pobres”.
Su cadáver embalsamado fue llevado a la parroquia de Santo Tomás, iglesia de la congregación de Loreto a la que había pertenecido, expuesto durante ocho días. Todos pudieron ver a la Madre con su sari blanco con ribetes azules, las manos unidas sobre su pecho. Era la joven Gunxha Agnes como un día saliera feliz de su pueblo para servir a los pobres del mundo. Miles de personas, cristianas o no, pasaron por Santo Tomás para contemplar su rostro dormido, sus blancas manos. Su dulce sueño. Millares de flores, con forma de cruz o de corazón, fueron depositadas a sus pies.



Pasados esos ocho días, el Estado hindú organizó para su hija predilecta solemnes honras fúnebres, semejantes a las que se hicieran al Mathama Gandhi. Descubierta, envuelta en la bandera de la India, fue llevada ahora al estadio Netajl, escoltada por ocho oficiales de gala del Ejército. Llovía suavemente sobre la India, sobre Calcuta y sobre el cuerpo diminuto de Madre Teresa, los ríos de su rostro, mientras desfilaba ante el mundo.
El cardenal Angelo Sodano – enviado del Papa- oficiaría su funeral y, entre otras cosas, diría:

-“Madre Teresa de Calcuta entendió muy bien el Evangelio del amor. Lo entendió con cada fibra de su espíritu indomable y con cada gramo de energía de su frágil cuerpo. Lo practicó con todo su corazón y través del esfuerzo diario de sus manos...”



ALBANIA: UN TIEMPO LEJANO

Lejos quedaba aquel 26 de agosto de 1910 cuando en Skopje, distrito de Kosovo, nacía la que se convertiría en la santa de los pobres más pobres. Agnes fue llamada, hija del comerciante Nikola Bojaxhiu y de su mujer Dranafile Bernai, católicos, padres también de otros dos hijos, Age, nacida en 1904, y Lazar, nacido en 1907.
Malos eran aquellos tiempos para la pequeña Albania, en los Balcanes, siempre acosada por tantos enemigos. Otomanos, serbocroatas, griegos... La familia Bojaxhiu, comerciantes prósperos, pertenecía a la minoría católica. Nikola, rico y generoso, eran un buen patriota. Un buen cristiano. Su casa siempre estuvo abierta para socorrer al más necesitado. A toda la familia se la veía acudir a misa y rezar el rosario. La pequeña Agnes nunca olvidaría los acontecimientos históricos de su patria. Las guerras, los odios, las persecuciones. Nikola, ferviente nacionalista, era partidario de la Gran Albania y sería esto lo que le costaría la vida. Agnes, que tenía once años, recordaría el día en que trajeron a su padre agonizante, envenenado por sus adversarios políticos...Tenía Nikola 45 años y su alevosa muerte conmocionó a toda la ciudad...
Fue entonces cuando a la joven Agnes le nació la vocación religiosa. Dios la llamaba. Siempre recordaría a su madre abriendo su puerta a los pobres, acudiendo a casa de los agonizantes. Drana era una mujer piadosa que no quitaba ojo a la menor de sus hijos. Agnes le ayudaría un día a lavar a una pobre alcohólica cubierta de llagas. Y lo hacía con tanto amor su madre que, en su inocencia, Agnes estaba convencida de que todos aquellos pobres eran parientes suyos necesitados.
Acudía a la parroquia como catequista. Le gustaba cantar, ir de excursión y tocar la mandolina. También servía de traductora al párroco. En su casa todos hablaban el albanés y el serbocroata. Recordaría las peregrinaciones a la Virgen de Letnice, en las montañas de Montenegro. La familia solía acudir a esas montañas todos los veranos, al balneario de Urnajacka Banja. Era bueno para la salud de Agnes, que había padecido malaria. En la parroquia había dos personas que influirían en su vocación, el obispo de Skoje y el padre Jambrekovic, jesuita, popular entre los jóvenes. En ese tiempo ya estaba segura de su vocación. Sería también el tiempo en que leería a Santa Teresita de Lisieux, su modelo.
También a Agnes le atraían las misiones. Leía todos los artículos que publicaba la revista “Misiones Católicas”, que tantas cosas contaba de la India. Iría a ese país, estaba segura. Sería misionera y se pondría como sello el nombre de Teresa por su querida santa francesa. Iría a la India porque allí estaban los pobres más pobres...Todos sus ahorros eran para estas misiones de la India. Como al padre Jambrekovic, su párroco, le intrigaba esas preguntas de san Ignacio de Loyola: “¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué estoy haciendo yo por Cristo?”
Sabía que desde Skopje no podría contestar a esas preguntas. El gobierno yugoslavo había prohibido el uso del albanés y no había escuelas para esta minoría. La persecución serbia era implacable y muchos albaneses –1918- se había visto obligados a huir. Agnes se dedicaría a la educación de los niños, pero lejos de Albania...
Su madre viuda conocía los sentimientos de su hija. La veía sufrir. Un día se encerró con ella en una habitación y tuvieron una larga conversación. Después de oírla durante veinticuatro horas, le aconsejó: “Hija mía, cógete de la mano de Jesús y recorre todo el camino con Él”. Ese fue el consejo de su madre experimentada y vigilante.
Diez años después –1928- Albania, excluida Kosovo, se convirtió en Monarquía. Lazar Bojaxhiu, oficial del ejército, su hermano, se convertiría en secretario privado del rey Zog I. Cuando Agnes supo esta noticia de boca de su hermano, le felicitó al tiempo que le decía, “tú servirás al rey de dos millones de personas. Yo serviré al Rey de todo el mundo...”







DE LA MANO DE JESÚS...

En septiembre de 1928, despedida con músicas por sus vecinos, partió Agnes para Zagreb. Iba feliz. Ya amaba a la India. Conocía todo lo que se refiere a las misiones de aquel lejano país...La fundación del apóstol Tomás en la costa Malabar y la de San Francisco Javier...
Para ir a la India tenía que elegir una Orden religiosa establecida allí. El párroco le aconsejó el Instituto de la Santa Virgen María, “las damas irlandesas”. Por eso su viaje tenía primero que pasar por Irlanda, la abadía de Loreto, en Rathfarnham, donde recibió su preparación (rudimentos de inglés y otras materias) y, con otra hermana yugoslava, la hermana María Magdalena, partieron por mar hacia la India a bordo del velero Marchait, el día 1 de diciembre de 1928. Cinco semanas duró el viaje en una mar agitada en la que ningún día pudieron oír misa por no ir a bordo ningún sacerdote. Hasta que llegaron a Port Said.
Durante el viaje, la joven Agnes no dejaba de escribir largas cartas a “Misiones Católicas”, contando sus impresiones. Así describía la llegada a Colombo: “Observamos la vida en las calles con sensación de extrañeza. Es fácil distinguir las elegantes prendas de los europeos entre las ropas multicolores de la gente de piel oscura. La mayoría de los indios estaban medios desnudos, y su pelo y su piel brillaban bajo el ardor del sol. Era evidente que reinaba una gran pobreza...”
Cuando tornaron al barco, les alegró ver un sacerdote católico a bordo. “Gracias a Dios empezamos el Año Nuevo muy bien con una misa cantada, que nos pareció un poco más majestuosa que una misa rezada”. Navegaron hasta Madrás, donde los conmovió la enorme pobreza.”Muchas familias viven en la calle, arrimadas a las murallas de la ciudad, incluso en lugares atestados de gente. Se pasan el día y la noche a la intemperie, tumbados sobre esterillas confeccionadas por ellos mismos con grandes hojas de palmera, o bien en el suelo. Están prácticamente desnudos, a lo sumo se cubren con un taparrabos andrajoso. Llevan unas pulseras muy delgadas en los brazos y en las piernas, y adornos en la nariz y en las orejas.” Y concluye: “Si nuestra gente pudiera ver todo esto, dejaría de protestar por su mala suerte y daría gracias a Dios por haberla bendecido con tanta abundancia.”
El 6 de enero de 1929, subieron el río Hooghly hasta Bengala. Un grupo de hermanas las esperaba. “Con una alegría indescriptible –escribe-pisamos por primara vez el suelo bengalí. En la iglesia del convento dimos gracias a nuestro Redentor por habernos permitido llegar sanas y salvas a nuestro destino. Rezad mucho por nosotras para que seamos misioneras buenas y valientes.”


Las hermanas Teresa y Magdalena se quedaron una semana en Calcuta y de allí fueron enviadas a Darjeeling, en Asma, a pasar dos años de noviciado. Dajeerling se encuentra en las estribaciones del Himalaya, a mil metros de altura, en un lugar privilegiado donde los británicos solían pasar el verano huyendo del calor. Allí la hermana Teresa perfeccionó su inglés y estudió teología, las escrituras y la espiritualidad de su Orden, todo sin dejar de rezar. Intentó también aprender el hindú y el bengalí. Y cada semana iba a ver a su confesor. “El fruto de la oración –dirá más tarde- es la profundización en la fe.”
Durante diecinueve años la hermana Tersa llevó la vida de una monja de Loreto, semiclausura y maestra de niñas. Daba clases de geografía hasta que la nombraron directora. Poco o nada conocía del mundo que la rodeaba. La protegían los muros del convento. Si salía a la calle lo tenía que hacer en coche y acompañada de otra hermana. Se la recuerda de ese tiempo “como una hermana buena y virtuosa que deseaba hacer el bien. Estaba muy, muy enamorada de Dios Todopoderoso...”




LA VOCACIÓN

Pero no era esto lo que Agnes Bojaxhiu había venido a encontrar en la India. Ella se sentía misionera, esa había sido la llamada de Jesús. Conocía la pobreza de las misioneras de la India, lo contaba “Misiones Católicas”, de que siempre fue lectora. Quería ver con sus ojos lo que pasaba en Calcuta. La oportunidad la tuvo cuando salió a dar clases a la escuela de Santa Teresa y pudo salir a la calle. Fue entonces cuando descubrió la verdadera pobreza. Al otro lado del muro estaba el Moti Jhil o Lago de las Perlas, una especie de estanque de agua sucia en cuyo centro había un pozo negro. Se traba de un barrio pobrísimo de chabolas cubiertas de chapa, latas viejas, trapo o cartones. Las familias tenían que pagar un alquiler por vivir allí...Una especie de ciudad de la alegría, como diría Dominique Lapierre. “Calcuta siempre ha sido una ciudad horrible...”, “la Ciudad de la Noche Horrible”, diría Kipling. Sobre todo como consecuencia de la participación de los británicos en la Segunda Guerra Mundial. En 1943 Calcuta sufrió una de sus mayores hambrunas. Los japoneses habían ocupado Birmania y se había cortado el suministro de arroz. Y luego estaban los ciclones e inundaciones de esos años... Aumentó el número de mendigos, la emigración campesina, los muertos de hambre por las calles...Ese era el escenario que esperaba a la hermana Teresa de Calcuta. Una Calcuta envuelta en llamas por los bombardeos y por los crematorios que no se apagaban en ningún momento...”No podíamos salir a la calle, pero yo lo hice de todos modos. Entonces vi los cuerpos en las calles, apuñalados, molidos a palos, tumbados en posiciones extrañas sobre sangre seca. Nosotras habíamos estado protegidas tras los muros. Sabíamos que había disturbios. Algunos hombres habían saltado nuestros muros, primero un hindú, luego un musulmán...Les ayudamos a ponerse a salvo... Cuando salí a la calle, entonces vi la muerte que los perseguía...”
Alguien la recuerda de esos días. Lo cuenta Anne Sebba, una de sus biógrafas: “Una figura fácilmente reconocible por su grueso hábito negro con pliegues voluminosos, una cofia blanca alrededor de la cabeza y un velo negro que le llegaba al suelo, consiguió arroz en abundancia para dar de comer a sus alumnas. Lo que vio ese día se conoce por el día de la Gran Matanza –la carnicería y el odio a una escala inimaginable- se le quedó grabado para siempre en la memoria...”
-Se convirtió en una madre para los pobres...
Un mes después, la hermana Teresa marchó a Darjeerling a su retiro anual. Tenía 36 años. No se le quitaban de la mente aquellas preguntas de San Ignacio. ¿Qué estoy haciendo yo por Cristo? ¿Qué hago yo por remediar esta situación?
Se lo contaría el padre Julien Henry, su director espiritual: “Ocurrió así cuando iba hacia Darjeerling en tren, de pronto oí la voz de Dios. Estoy segura de que era la voz de Dios. Me llamaba. El mensaje era muy claro. Debo abandonar el convento para ayudar a los pobres y vivir con ellos. Era una orden que debía cumplir, algo definitivo. Sabía dónde debía estar, pero no sabía cómo llegar.”
A esto se sumó una carta de su madre desde Tirana, recordándole que el motivo de su estancia en la India era “por el bien de los pobres y de los que están solos en el mundo”...
-“Siempre supe que era un lápiz en las manos de Dios... Siempre lo supe...”
No le fue fácil a la hermana Teresa cambiar su vida. El Papa Pío XII, en 1948, después de numerosos obstáculos, le concedería un año de exclaustración para que pudiera cumplir sus deseos. En diciembre de ese año, marchó una temporada con las Hermanas de la Misión Médica de Patna para aprender los cuidados básicos de enfermería. Se vistió un sari blanco de algodón, más barato y más práctico, que se convertiría en el hábito de su Orden. Vida austera para reforzar su espiritualidad. Rezaba, rezaba sin cesar en todo tiempo. “Todo comienza con la oración, decía. Si no le pedimos amor a Dios, no podemos tener amor y menos aún podemos dárselo a los demás”. Era lo que tanto repetía San Juan de la Cruz.
-Madre, háblenos del sufrimiento.
-“Hay mucho sufrimiento en el mundo: ¡muchísimo! Y este sufrimiento físico es el del hambre, el de la falta de techo, el de toda clase de enfermedades, pero y sigo pensando que el mayor sufrimiento es el de sentirse solos, sin amor, sin tener a nadie. En uno de los hogares que visitaban nuestras hermanas encontraron a una mujer que llevaba muerta mucho tiempo sin que nadie lo supiera, y lo averiguaron solo porque el cadáver había comenzado a descomponerse. Sus vecinos no sabían ni siquiera como se llamaba.” “No siempre es fácil amar a los que tenemos a nuestro lado”..
(Dios le había dicho: “Ven y sé mi luz. Yo no puedo ir solo.” Y le pidió la fundación de una congregación religiosa: “Misioneras de la Caridad”.)
Uno de sus proyectos sería crear un hogar para moribundos. Un día, alguien le oyó susurrar a la oreja de un enfermo terminal: “Rece una oración de su religión –le decía- y yo rezaré con usted. La rezaremos juntos y a Dios le parecerá preciosa”.
A comienzos de 1980, más de 170.000 personas habían muerto en sus hogares. “Al ver la paz y belleza de sus muertes –escribió Anthony Stern- estaba convencida de que todas estas almas, fuera cual fuera su religión o su secta, habían ido derechas al cielo”.
-¿Y cual era su secreto?
-“Mi secreto era muy sencillo: rezar”.

(Rezar y Eucaristía. Salía a la calle con el rosario en la mano para encontrar a Jesús en los no deseados, en los no amados, en aquellos de los que nadie se ocupa...
Calcuta: En el centro de una llanura pantanosa e insalubre, surcada por ríos y canales, a la orilla izquierda del Hooghly, delta del Ganges.)

-¿En qué consiste la oración?
-“La oración consiste sencillamente en hablar con Dios. Él nos habla: nosotros escuchamos. Nosotros le hablamos: Él nos escucha. Un camino de doble sentido: hablar y escuchar. Así es la oración verdadera. Las dos partes escuchan y las dos partes hablan.”
-¿Y qué le dice a Dios?
-“Le digo: Señor Nuestro, tú que sabes curar, me arrodillo ante ti, pues todo don perfecto procede de ti. Te ruego que hagas hábiles mis manos, lúcidos mis pensamientos, bondadoso y manso mi corazón. Concédeme determinación, la fuerza necesaria para aliviar una parte del sufrimiento de mi prójimo y la comprensión del privilegio que tengo. Aparta de mi corazón todo engaño y mundanería, para que pueda, con la fe sencilla de un niño, confiar en ti. Amén.”
-Y Dios, ¿qué le pide a usted?
-“Dios no me pide tener éxito. Dios me pide que sea fiel. Para Dios no importan los resultados, lo que importa es la fidelidad. Seamos fieles en las cosas pequeñas, porque en ellas reside nuestra fuerza”.
Tengo ante mi el retrato de la Madre, la geografía itinerante de su rostro, sus ojos hundidos, pequeños, las manos unidas sobre su nariz. Adivino sus pensamientos, el gozo sobrenatural de su alma, la nube de su sari blanco con ribetes de cielo azul. Recuerdo a sus hijas de Roma, en esa casa cerca de San Pedro. Fui con mi mujer a dejar una limosna. ¡Hace tantos años! Ese día Roma era una fiesta.
Misionera contemplativa. Itinerante en las calles de Calcuta. No fue ajena a ese caminar la voz y la oración de su madre. ¡No te sueltes de la mano del Señor! Siempre tuvo delante –en los más pobres, en los más tristes, en los marginados- el rostro sufriente de Cristo crucificado pidiéndole de beber...¡Cuantas veces recogió su cuerpo herido tirado en la calle! ¡Cuantas veces lavó sus llagas y cerró sus ojos! Cristo en el Cielo y Cristo en la tierra...
-“Sufriente Jesús, concédeme que yo te vea hoy y todos los días en la persona de tus enfermos. Que yo te sirva cuando los cuido. Haz que yo te reconozca aún en la repelente máscara de la ira, del criminal o de la insensatez y que pueda decir: “Mi sufrimiento Jesús qué bien me hace servirte.”
Cada vez que un periodista se le acercaba en América y le preguntaba qué quería decirle al pueblo americano, la Madre no decía que fueran más generosos, no, sino que rezarán más. “Si, tendrían que rezar más”.
Y a la escritora Dorothy Hunt, autora de una antología sobre la Madre Teresa, cuando iba a escribirla, le aconsejó que ese trabajo la convirtiera en oración. ¡Todo puede ser oración!
Bien sabía la Madre Teresa que la santidad es un don de Dios. Y que ese don de Dios, sin la oración, es imposible. Lo supo desde que era niña en su pueblo de Skopje. Supo siempre que ese don consistiría en amarle siempre en el rostro de los más pobres. No tendría otro rostro para ella. “Señor, abre nuestros ojos, para que te reconozcamos en nuestros hermanos y hermanas. Abre nuestros oídos para que entendamos la llamada de los que tienen hambre, de los que tienen frío, de los que tienen miedo y están oprimidos...”
Para todo hay que rezar. “Te quiero, Dios, en ti confío, te creo, te necesito ahora”.
-¿Y cómo es posible esto, Madre?
-“Con el silencio. Lo más importante es el silencio. Sin silencio no hay vida de oración. Todo comienza con la oración que nace del silencio de nuestros corazones... No podemos ponernos directamente en presencia de Dios sin imponernos silencio interior y exterior. Por esta razón, tenemos que acostumbrarnos a la quietud del espíritu, de los ojos, de la lengua...”
-Algo más hará falta, Madre.
-“Si de verdad queremos rezar, tenemos que aprender primero a escuchar, porque Dios habla en el silencio del corazón. Silencio del corazón, y no solo de la boca. Así se puede oír a Dios en todas partes: al cerrar la puerta, en aquel que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales: es el silencio de la admiración y la alabanza...”
-“Nuestra vocación –repetía- no es trabajar, sino rezar...”


BAJO LA LLUVIA...


Todavía creemos oír el paso de la artillería hindú escoltando el cuerpo santo de la Madre Teresa de Calcuta vestido con su sari blanco envuelta en la bandera de la India, llevado en la misma cureña que transportó los restos del Mahatma Gandhi. Miles de personas bordeando el camino. Vehículos militares, coches llevando monjas y pobres...Cuando el cortejo llegó al estadio, se colocó el cadáver en una plataforma central decorada con los colores azul y blanco...Arriba, una imagen de Cristo crucificado. “Tengo sed, Tu me las has dado”. Al fondo, cardenales, obispos y religiosas. “Las obras del amor son obras de paz”. Llovía sobre la ciudad... Llovía bajo el verde azul de la India, mientras disparaban salvas los cañones...
Alguien le preguntó un día:
-Madre, algunos ven en usted una santa.
Sonrió desde la hondura marina de sus ojos.
-“Yo soy una persona muy normal y una pecadora como los demás. Pero Dios quiere que todos vivamos una vida santa. Para esto estamos llamados. Una vida santa no es un lujo para solo unos elegidos, sino un trabajo sencillo para todos nosotros. Tenemos que intentar encontrar con un corazón limpio la imagen de Dios en el otro, que tenemos que buscar y tenemos que encontrar enfrente. Nos tenemos que querer como Dios nos ha enseñado a amar hasta que duela, y si rezamos tenemos que estar firmes, y eso significa alegría y amor para cada día”.
Juan Pablo II la beatificó el 19 de octubre de 2003. Dijo muchas cosas el Santo Padre en su Homilía, inspirándose en el apóstol Marcos: “El que quiera ser el primero, sea esclavo de todos” (10,44):
-“De esta lógica se dejó guiar la Madre Teresa de Calcuta fundadora de los Misioneros y Misioneras de la Caridad...”
-“Si oís que una mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, tratad de convencerla de que me traiga a ese niño. Yo lo amaré, viendo en él, el signo del amor de Dios”.
-“Contemplación y acción, evangelización y promoción humana: Madre Teresa proclamaba el Evangelio con su vida, totalmente entregada a los pobres, pero, al mismo tiempo, envuelta en oración.”
-“Veneremos a esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad”.
-“En las horas más oscuras se afanaba con tenacidad a la oración ante el Santísimo Sacramento”...



(La Madre Teresa de Calcuta, misionera y fundadora, fue Premio Nóbel de la Paz en 1979).

(Esta estampa sobre la Madre Teresa de Calcuta pertenece al libro inédito"Contemplativos", de José ASENJO SEDANO).

TERESA DE LISIEUX, FLOR DEL CARMELO











Después de la madre Teresa de Jesús y de Fray Juan de la Cruz, pasados los años, el Carmelo daría su flor más delicada: Teresa de Lisieux, descalza del convento carmelita de Lisieux.
Siendo muy niña, dando un día un paseo con su padre por Lisieux, entraron en una capilla en la que se venera una imagen de la Virgen del Carmen y otra de San José. Era mucho el silencio y su padre, con voz apagada, señaló a la niña la reja de la clausura donde se veían hábitos monjiles.
-Mira,- le dijo,- son las monjas.
-¿Y qué hacen?,- preguntó la niña.
-Dan gloria a Dios. Son contemplativas...
No pensaría, entonces, que pasados unos años, ella sería también una religiosa como estas y que lloraría lágrimas por conseguirlo.



Para redactar este capítulo, me he rodeado de diversos libros sobre Teresa de Lisieux, de sus Obras, de alguna biografía y de otros textos y notas sobre su figura, su tierra y otras historias. Por ejemplo, dos biografías de Napoleón quien, en 1798 emprendió su campaña de Egipto y el 17 de marzo de 1799 llegaba a Haifa y rodeaba el monte Carmelo y ponía sitio a los muros de Acre. Más de setecientos kilómetros desde El Cairo en una aventura desastrosa pese a sus éxitos científicos. El 20 de mayo se vio obligado a levantar el cerco y regresar a Egipto con un ejército maltrecho, dejando en el camino millares de heridos y enfermos, continuamente asaltados por beduinos sangrientos que al decir de Dimitri Merejkousky, “revoloteaban en derredor de las tropas como tábanos en torno a las bestias de carga llenas de mataduras”. Dos mil enfermos y seis mil hombres faltos de caballos, se arrastraron por el desierto. “Desde la cima de una colina, hasta la caída de la noche, con un rencor melancólico –escribe Emil Ludwig, el otro biógrafo- contempló Napoleón la fortaleza inexpugnable.”


Tengo a mano también una Guía de Tierra Santa, mi compañera de viaje a esta tierra y mi visita a Haifa y al Monte Carmelo. Desde la cima, se contemplaba el puerto de Haifa metido en la bruma y los muchos buques fondeados en sus radas. Allá, en la bahía, como en un sueño, las poblaciones de Acre y Nahariya, sueños de Napoleón. Acá, en la cima del monte, el monasterio carmelita construido en 1828 por monjes italianos sobre las ruinas del que destruyeran los turcos de Abdalall, bajá de Acre. Delante del monasterio existe una pirámide donde recibieron sepultura muchos de aquellos inválidos que Napoleón tuvo que abandonar y asesinó Ahmed Jazzar...
Penetré en su iglesia –el convento dedicado al profeta Elías- y contemplé con gozo las dos estelas de mármol blanco, a un lado y otro de la cueva, con textos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz. En el altar, impresionante, una preciosa imagen de la Virgen María hecha en madera de cedro, la cabeza de porcelana...
Pero echaba de menos algo en este monasterio y un carmelita italiano que me observaba, a una seña de su mano, me condujo por una escalera a una capilla interior donde me mostró lo que buscaba, la imagen de Santa Teresa de Lisieux, la flor del Carmelo...Ahora, el cuadro quedaba completo...El carmelita lo sabía y se sonrió...
Un cruzado calabrés, Bartoldo, dejó las armas y se retiró al monte Carmelo, poblado ya por otros anacoretas de la Regla de San Basilio. Sería Inocencio IV quién daría a Simón Stok, en 1245 la Regla definitiva de estos monjes.
Del Carmelo se habla en los itinerarios primitivos para visitar los Santos Lugares, siendo el más antiguo del que se sabe (siglo IV) el del peregrino de Burdeos, donde se dan datos interesantes sobre caminos, distancias, iglesias y monasterios, gracias a la ingente labor de la emperatriz Santa Elena. Otras guías famosas, en las que se menciona el Carmelo, serían las Egeria, de fines del siglo IV, gallega seguramente familiar del emperador Teodosio que visitó aquellos lugares y de la que se conserva una copia incompleta hallada en Arezzo y las de Teodosio y Antonio Placentino, del siglo VI.
Al anochecer fuimos a dormir a Tiberias, cerca el mar de Genezaret, luminoso por la luna.

Veinticuatro años de edad tenía Teresa de Lisieux, la menor de las hijas del matrimonio Luis Martín y Celia Guerin, cuando voló al cielo dando un grito de amor. Costó quitarle el crucifijo de las manos. Sonó la campana y todas sus hermanas corrieron a ver morir a una santa. La madre María Gonzaga mandó abrir todas las puertas. Llovía en la campiña y el dulce aroma de las flores llenó el claustro. Llovía tiernamente, venían relámpagos de los campos de Orleáns. Llovía y, por algún roto, se vio brillar intensamente un lucero. El rostro de Teresa tomó el color de la azucena. Eran las 6’30 de la madrugada. Seguía aquella lluvia mansa sobre el verde y el azul de la noche y la mañana. Y la campana no cesaba de tocar. Y el lucero de brillar. Y enseguida vinieron las estrellas...
Antes de morir, le pidieron que contara en sus cuadernos la brevedad de su vida. Tres manuscritos dejó. El primero lo escribió a petición de su hermana Paulina (la R. M. Inés de Jesús) y es una “historia primaveral de una Florecita blanca, escrito por ella misma y dedicado a Inés de Jesús”. Cuenta su infancia en Alençon, donde nació el 2 de enero de 1873, hasta 1877, año en el que muere su madre y la familia se traslada a Lisieux. “Durante toda mi vida (dirá) Dios ha querido rodearme de amor. Mis primeros recuerdos están impregnados de las más tiernas sonrisas y caricias”. En esos años realiza su primer viaje a Le Mans donde estudiaban sus hermanas mayores. Tenía solo dos años. “Era la primera vez que viajaba en un tren”. Se trató de un viaje fugaz en brazos de su madre. El campo de Normandía florece sembrando de luces el paisaje. Quizá de esa temprana contemplación viniera su sensible alma poética. Adora las flores, adora los amaneceres, adora los cielos nublados. Y el mar, cuando más adelante lo descubra. No olvidemos que Teresa es hija de un relojero orfebre, un verdadero artista, y de una bordadora de encajes, verdadera tela de araña. No serán ajenos a su espiritualidad ese amor nacido del orden y la perfección de las cosas pequeñas. Su alma tendrá siempre la belleza armoniosa de lo grande en lo pequeño. Teresa será la obra más perfecta salida de las manos de Luis Martín y Celia Guerin, sus padres.
El paisaje que Teresa describe en sus manuscritos es el mismo que sorprenderá a Marcel Proust en “El mundo de Guermantes”, la aristocrática Lisieux y ese “espacio de vaho sonoro intermitente” que desprende el flamante verde paisaje, húmedo y melancólico. El mapa en el que transcurrirá la vida de Teresa, salvo un viaje memorable a Roma, en peregrinación, para ver al papa León XIII, se dibuja en ese espacio de la Normandía que va de Alençon a Lisieux, dejando al Sur Le Mans y al Norte Caen, Bayeux y las playas del Havre, Beaville y Touville, unidas por un puente. Al Oeste quedará París (adónde nunca viajará) y el Sena. En Alençon nacerá un 2 de enero de 1873 y morirá en Lisieux el 30 de septiembre de 1897. Breve distancia para una vida espiritual tan intensa, tan profunda. A la playa la llevará en verano una vez su padre y otra vez irá con sus primas. A Beyeux, ya con catorce años, irá con su padre a ver al obispo para pedirle que la deje entrar en el Carmelo. La visita a Bayeux la contara con cierta gracia. Llovía a cantaros cuando llegaron a la ciudad y se fueron directamente a la catedral donde el obispo oficiaba el funeral de un difunto importante. “La iglesia estaba llena de señoras vestidas de luto y todo el mundo me miraba a mi con mi vestido claro y mi sombrero blanco. Hubiera querido salir de la iglesia, pero no había ni que pensarlo a causa de la lluvia. Y para humillarme más todavía, Dios permitió que papá, con su sencillez patriarcal, me hiciese pasar hasta el fondo de la catedral; yo, por no disgustarlo, obedecí de buen grado y ofrecí aquella distracción a los habitantes de Bayeux, a los que deseaba no haber conocido en mi vida...” La visita al obispo no dio ningún resultado...
Marcharon a Lisieux después de la muerte de Celia Guerin, su madre. Dejaron la casa de Alençon, centro de una estrella desde la que se veía el palacio del gobernador, la estación del ferrocarril, la iglesia de Nuestra Señora (donde resa fuera bautizada y se casaron sus padres) y el edificio del pabellón militar...¡Y la campiña vestida de flores por donde la niña paseaba cogida de la mano de su padre!

¡Normandía! Campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. Las playas de Le Havre que contemplara Teresa de niña cubiertas de cadáveres. Campo de fuego y de muerte. Por esa playa desembarcaron las tropas aliadas el 6 de junio 1944, al mando del general Eisenhower de la operación Overlord. ¡Oh campos de mar y de brumas, extenso mar normando, florido mar de las tranquilas naves! Mar y campos floridos aplastados por el paso de los blindados de las divisiones del general Bradley que rompieron el frente alemán. Fue el 3º ejército norteamericano del general Patton, que cercó y aniquiló al 5º ejército alemán, el que liberó a Alençon junto con Rennes, Le Mans, Chartres...hacia el Sena y París...¡Tierra de Teresa de Lisieux, su mundo espacial, melancólico y poético!

La muerte de la madre, el 28 de agosto de 1877, lo cuenta Teresa con serenidad. Han pasado los años y sus ojos son ahora otros ojos. “No recuerdo haber llorado mucho. No le hablaba a nadie de los profundos sentimientos que me embargaban... Miraba y escuchaba en silencio... Nadie tenía tiempo para ocuparse de mí, así que vi muchas cosas que hubieran querido ocultarme. En un determinado momento, me encontré frente a la tapa del ataúd... Estuve un largo rato contemplándolo. Nunca había visto ninguno. Sin embargo, comprendía... Era yo tan pequeña, que, a pesar de la baja estatura de mamá, tuve que levantar la cabeza para verlo entero, y me pareció muy grande... y muy triste...”
Quince años después se encontraría frente otro ataúd, el de la madre Genoveva, y cuenta también su experiencia.” Era del mismo tamaño que el de mamá, ¡ y me pareció estar volviendo a los días de mi infancia...! Todos los recuerdos se agolparon en mi mente. Era la misma Teresita la que miraba; pero ahora había crecido y el ataúd le parecía pequeño: ya no necesitaba levantar la cabeza para verlo, tan sólo la levantaba para contemplar el cielo, que le parecía muy alegre, porque todas sus pruebas se habían terminado y el invierno de su alma había pasado para siempre...”
¡Ah, las nubes! Como recordaba las tormentas de Lisieux! Nubes densas y oscuras como fantasmas que salieran del mar lejano...El viento hacía centellear el imponente mar de margaritas mecidas por la lluvia...


En el Manuscrito A contará su Primera Comunión. “Fue un beso de amor”, se limitará a decir. No quiere entrar en detalles. “Hay sentimientos del alma que no pueden traducirse al lenguaje de la tierra...”
La Navidad de 1886, con trece años, le trae ese pequeño regalo que necesitaba para salir de los “pañales de la niñez”. Esa noche, contará, “Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz...”
Lo contará ella misma: “Volvíamos de la Misa del Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso. Al llegar a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos...” Pero esa noche su padre venía cansado de la Misa y sintió fastidio al ver los zapatos en la chimenea y se quejó diciendo que “menos mal que este sería ya el último año”...
“Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena.
-¡No bajes, Teresa!,-me dijo,- sufrirás demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos.
Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rapidamente la escalera y, conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá reía, recobrando ya su buen humor, y Celina creía estar soñando...”
“Aquella noche de luz comenzó el tercer periodo de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo...”
Y comenzaron sus propósitos de santidad:
“Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me sentí profundamente impresionada por la sangre que caía de una de sus divinas manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella, y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas...”
Así fue como pudo salvar in extremis, ya en el cadalso, al famoso Pranzini. Rezó por él, no se había confesado y, cuando se disponía a meter la cabeza por el agujero de la guillotina, “tocado de una súbita inspiración (cuenta Teresa y contó el periódico “La Croix”), Pranzini se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba un sacerdote, ¡y besó por tres veces las llagas sagradas!...”
“A partir de esta gracia sin igual, mi deseo de salvar almas fue creciendo de día en día. Me parecía oír a Jesús decirme como a la Samaritana: ¡Dame de beber!”

El viaje a Roma, tres días después de su visita al obispo de Bayeux, marcaría un hito en su vocación. Aprendió Teresa muchas cosas en ese viaje. Fue con su padre y Celina. La peregrinación fue organizada por la diócesis de Coutances con ocasión de las bodas sacerdotales de León XIII. La diócesis de Bayeux, a la que pertenecían, se asoció a ella.
El resultado del viaje, para Teresa y sus esperanzas de alcanzar del Santo Padre el ser admitida en el Carmelo, no fue el que esperaba. Pero es mejor oírle a ella el relato de aquella audiencia:

“León XIII estaba sentado en un gran sillón. Vestía simplemente una sotana blanca y una muceta del mismo color, y en la cabeza no llevaba más que un pequeño solideo. A su lado estaban, de pie, varios cardenales, arzobispos y obispos, pero yo sólo vi globalmente, pues mi atención estaba centrada en el Santo Padre.
Ibamos desfilando procesionalmente ante él. Cada peregrino, cuando le llegaba su turno, se arrodillaba, besaba el pie y la mano de León XIII, recibía su bendición y dos guardias nobles le tocaban, por ceremonia, indicándole así que debía levantarse (al peregrino, pues me explico tan mal, que podría entenderse que era el Papa).
Antes de entrar en el salón pontificio, yo estaba completamente decidida hablar; pero sentí que mi valor flaqueaba cuando vi a la derecha del Santo Padre ¡al señor Révérony!.... Casi en ese mismo instante nos dijeron de su parte que prohibía hablar a León XIII, pues la audiencia se estaba prolongando demasiado...
Yo me volví hacia mi Celina querida para conocer su opinión. ¡Habla!, me dijo. Un momento después yo estaba a los pies del Santo Padre. Después de besarle la sandalia, me presentó la mano; pero en lugar de besársela, junté las mías y elevando hacia su rostro mis ojos bañados en lágrimas, exclamé:
-¡Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande!...
Entonces el Sumo Pontífice inclinó hacia mi su cabeza de manera que mi rosto casi tocaba el suyo, y vi sus ojos negros y profundos que se fijaban en mi y parecían querer penetrarme hasta el fondo del alma.
“Santísimo Padre, en honor a vuestras bodas de oro, permitidme entrar en el Carmelo a los 15 años...!”
Sin duda, la emoción hacía temblar mi voz. Por lo que el Santo Padre, volviéndose hacia el Sr. Révérony, que me miraba asombrado y disgustado, le dijo:
“No comprendo bien”.
Si Dios lo hubiera permitido, le habría sido fácil al Sr. Révénory alcanzarme lo que deseaba, pero Dios quería darme cruz y no consuelo. “Santísimo Padre (respondió el Vicario General), se trata de una niña que desea entrar en el Carmelo a los 15 años; pero los superiores están en estos momentos estudiando la cuestión”.
“Bueno, hija mía, respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente, haz lo que te digan los superiores”.
Entonces, apoyando mis manos en sus rodillas, hice un último intento y le dije con voz suplicante:
“Si, Santísimo Padre. Pero si usted dijese que si, todo el mundo estaría de acuerdo”.
Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba:
“Vamos... vamos... Si Dios lo quiere entrarás....”

Como ella diría fueron muchas las cosas que aprendió en ese viaje. Se alegró mucho de haber visitado Roma pese a ver cosas capaces de hacer vacilar una vocación poco firme. Comprendió que la verdadera grandeza “está en el alma”, no en el nombre. “Solo en el cielo conoceremos, pues, nuestros títulos de nobleza.”
Su otra experiencia se refería a los sacerdotes. Se dio cuenta que si importante era orar por los pecadores, es más importante pedir por los sacerdotes.
“En Italia comprendí mi vocación”.
“Durante un mes conviví con muchos sacerdotes santos, y pude ver que si su sublime dignidad los eleva por encima de los ángeles, no por eso dejan de ser hombres débiles y frágiles... Si los sacerdotes santos, a los que Jesús llama en el Evangelio “sal de la tierra”, muestran en su conducta que tienen un enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá que decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará?”
¡Qué hermosa es, Madre querida, la vocación que tiene como objeto conservar la sal destinada a las almas! Si esta es la vocación del Carmelo, pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser apóstoles, rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo...”


Teresa entraría en el Carmelo el día en que la comunidad celebraba el día de la Anunciación, este año, a causa de la cuaresma, el 9 de abril de 1888.
La víspera, la familia se reunió a la mesa. Ultima velada, calor de amor y conversaciones. “Mi rey querido apenas hablaba, pero su mirada se posaba en mi con amor...” Al día siguiente, a las siete de la mañana ya estaba en la puerta del Carmelo... “Después de abrazar a todos los miembros de mi familia querida me puse de rodillas ante mi incomparable padre, pidiéndole su bendición. Para dármela, también él se puso de rodillas, y me bendijo llorando...”.
“Pocos instantes después, se cerraron tras de mí las puertas del arca santa y recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de madre y a las que en adelante tomaría por modelo de mis actos...”
“Por fin, mis deseos se veían cumplidos...”

“El 24 tuvo lugar la ceremonia de mi toma de velo. Fue un día totalmente velado por las lágrimas...Papá no estaba allí para bendecir a su reina... El padre estaba en Canadá... Monseñor, que iba a ir a comer en casa de mi tío, estaba enfermo, y tampoco vino. Todo fue tristeza y amargura... Sin embargo, en el fondo del cáliz había paz, siempre la paz...Aquel día Jesús permitió que no pudiese contener las lágrimas, ya había soportado pruebas mucho mayores sin llorar, pero entonces me ayudaba una gracia muy poderosa; en cambio, el día 24 Jesús me abandonó a mis propias fuerzas, y demostré lo escasas que éstas eran.”

¡Las flores! “Es costumbre que los novios regalen con frecuencia ramos de flores a sus novias. Jesús no lo echó en olvido y me mandó, a montones, gavillas de acianos, margaritas gigantes, amapolas, etc., todas las flores que más me gustan. Hay incluso una florecita, llamada la neguilla de los trigos, que yo no había vuelto a encontrar desde cuando vivíamos en Lisieux; tenía muchas ganas de volver a ver esa flor de mi niñez que yo cogía en los campos de Alençon. Pues también ella vino a sonreírme en el Carmelo y a mostrarme que, tanto en las cosas más pequeñas como en las grandes, Dios da el ciento por uno ya en esta vida a las almas que lo han dejado todo por su amor”.

“¡Qué dulce es, Madre querida, el camino del amor!”
“¡Cuantas luces he sacado de las obras de nuestro Padre San Juan de la Cruz...! A la edad de 17 y 18 años no tenía otra lectura espiritual.”

EL AMOR.
Teresa, en su segundo manuscrito, el Manuscrito B, que es una carta a Sor María del Sagrado Corazón, alcanza alturas verdaderamente santas. ¡El Amor! ¡La ciencia del Amor! Escribe:
“ Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre...”El que sea pequeñito, que venga a mi”, dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que “ a los pequeños se les compadece y perdona”. Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en último día “el Señor apacentará como un pastor su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho”. Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas os acariciaré”.
“He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...”

Teresa, por fin encuentra lo que su alma venía buscando y no terminaba de ver. Se da cuenta de que no todos pueden ser apóstoles o profetas o doctores...en la Iglesia. Que la Iglesia tiene muchos miembros diferentes, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano...
“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.
Comprendí que solo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío... al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor!...
Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quién me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad!!!”

Reliquias de Teresita de Jesús.


Este fue el feliz descubrimiento de la “insignificante” sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Y su oración: “Te suplico que hagas descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas... ¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu AMOR...!”
Y probará su amor de la única manera que ella podía hacerlo, arrojando flores, aromando con perfumes, no dejando escapar ningún sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra...flores que irá arrojando a los pies de Jesús, de su Jesús...

EL ULTIMO CUADERNO
A la madre María de Gonzaga, la priora de su convento, dirigió Teresa de Lisieux su tercer y último manuscrito, el del final de su vida. “Se muy bien, Madre querida, que a través de usted me habla Dios”.
“¡Por qué caminos tan diferentes, Madre, lleva el Señor a las almas! En la vida de los santos, vemos que hay muchos que no han querido dejar nada de sí mismos después de su muerte: ni el menor recuerdo, ni el menor escrito; hay otros, en cambio, como nuestra Madre santa Teresa, que han enriquecido a la Iglesia con sus sublimes revelaciones, sin temor alguno a revelar los secretos del Rey, a fin de que sea más conocido y más amado de las almas.
¿Cuál de estos dos tipos de santo agrada más a Dios? Me parece, Madre, que ambos le agradan por igual, pues todos ellos han seguido las mociones del Espíritu Santo, y el Señor dijo: Decid al justo que todo está bien. Sí, cuando solo se busca la voluntad de Jesús, todo está bien. Por eso, yo, pobre florecita, obedezco a Jesús tratando de complacer a mi Madre querida.
Usted, Madre, sabe bien que siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay! Cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible, tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.
Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.
Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí.
Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y querido saber, Dios mío, lo que harías con el pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré.
Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma. ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más...”

1897 fue el último año de la vida de Teresa. Ya en los primeros meses, vista lo avanzado de su enfermedad, sería dispensada de todos sus oficios y del rezo coral. Siente en su alma sensible el peso de la llamada final. Siente la tristeza de tener que separarse de las personas que tanto quiere. El campo otoñal de su Normandía, cubierto de densas nubes, son un reflejo de su estado anímico. Se la ve llorar. Ama el país de su infancia. Ama el pálido otear de los campos, los caminos de sus recuerdos, el aroma perdido de la primavera, el rumor de la lluvia en el tejado, sobre la campiña brumosa. Está melancólica. Sin mirar, ve la torre de la iglesia de Alençon. La de Lisieux. Recuerda aquel mar que un día contempló de la mano de su padre. Mamá, sus hermanas. Sonríe pensando que sus padres le enseñaron a amar las cosas graciosas de la pequeñez, los relojes o los encajes, tan delicadamente y amorosamente tratados. Ella no ha hecho otra cosa que aplicar esa gracia a su amor con Jesús. No levantará catedrales, pero si le arrojará a los pies las rosas de sus pequeñas obras cotidianas. Y también las rosas cogidas en la campiña...Todo eso de pronto parece querer estallarle en su pequeño corazón de pájaro...Su amor estará trenzado de pequeñas espigas... Nota que se va a morir, el gusano de la muerte le está royendo implacable los pulmones, le hace escupir sangre...Arrojará flores, sembrará de flores el camino... “Desde niña crecí en la convicción de que un día me iría de aquí, de (este) país triste y tenebroso...” Siente lo que san Juan de la Cruz llama “sed de amor”, la misma sed que tuvo el rey David: “Mi alma tuvo sed de Dios vivo”...
Pero siente que “las nieblas que me rodean se hacen más densas, penetran en mi alma y la envuelven de tal suerte, que me es imposible descubrir en ella la imagen tan dulce de mi patria”...
“¿Adónde te escondiste, Amado?...” Es su noche oscura. Ya no es el paisaje tenebroso de Normandía. Ahora es la soledad del alma. Tener la vocación del amor, es ser otro Cristo, morir también en la cruz...Muere en la cama de la enfermería de su convento, aunque su agonía es agonía de cruz. Muere mártir y muere de amor. Muere clavada por sangrientos clavos de dolor. Abandonada, desamparada...”Mira que peno por verte...” Se duerme mientras llueve intensamente sobre la noche normanda. Repica la campana y la priora manda que se abran todas las puertas...Entra el fragor de la tormenta...Sus amados campos llenan de aromas su sonrisa...Unas rezan, otras la contemplan. Tiene bien cogido su crucifijo entre las manos...Será la herencia que dejará a un misionero, su cruz de misionera...Cesó de llover y brilló un lucero...
“Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,



cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado..
.”,
habría dicho con su maestro y padre san Juan de la Cruz...


Lisieux.-












(Esta estampa de Teresa de Lisieux pertenece al libro "Contemplativos", inédito, de José ASENJO SEDANO).

viernes, 18 de julio de 2008

SVETLANA, LA RUSA DEL BÁLTICO




A Svetlana Orlova, asesinada.


...Lo que no podía esperar, yo icono contrito, deslumbrada por los focos y el plató, es que el rostro que se me mostró en aquella pantalla gigante fuera el de ese sujeto atroz que me perseguía incansable por la ciudad buscando mi posesión o mi muerte. Yo esperaba ver en esa pantalla el rostro de mi madre dolorosa residente en San Petersburgo, mi madre rusa, a la que no dejaba de clamar en mis angustias y desesperos, Mamá, por favor, ven cuanto antes, busca dinero para que regrese contigo con mi hijo antes de que sea tarde...Pero no fue el rostro de mamá, como digo, sino el busto terrible de mi asesino colado en la TV no sé como, lo último que yo hubiera deseado contemplar esa tarde maldita, tarde nefasta que sentenció mi vida...Todo el mundo fue testigo de mi horror cuando mi asesino se arrodilló devoto ante su icono pidiéndome matrimonio, es decir, solicitando públicamente mi condena, sorpresa de la que yo, muda, no supe defenderme como no fuera con negativas de mi cabeza, perdida el habla, quizá la razón...
Cuando salí del plató, de alguna manera supe que ya estaba muerta. La noche cerró su luz en mi alma, me sumí en una oscuridad profunda, caminaba como un fantasma camino de mi casa...Pensaba en mis campos esteparios, en mi niñez, en la tierra que nunca debí abandonar...Mi bella San Petersburgo, nuestras músicas, nuestros bailes y danzas, las risas de nuestras gentes, el sonido rumoroso de nuestra lengua, el correr de nuestro río arrastrando hielos y troncos, pura naturaleza... De repente se me vino como un aire ese hálito de mi tierra salvaje, pero noble, isbas y trineos, caballos veloces, nuestros campesinos y remeros...Pensaba en mi madre que me esperaba y ya nunca me tendría viva en sus brazos, recogería de mi solo un cadáver como un témpano, un trozo de hielo, el frío de mi muerte sin piedad por un hombre carnicero que decía que me amaba...
-Yo esperaba ver a mi madre...,-no sé si salió de mi boca ese reproche, quizá fueran mis ojos los que expresaran lo que no pudo decir mi boca de repente muda...Nadie contestó a mis palabras, mientras asistía a ese tribunal de mi sentencia que colocaba a mi lado a mi verdugo armado, enlace imposible, el asesino y su víctima, el lobo y el cordero...
Caminaba ausente, ajena al mundo que me rodeaba, a cada paso parecía alejarme de mi casa, mi hogar en un cuarto piso, mi soledad completa, mis oídos acuciados por el vértigo de decenas de llamadas, ese móvil odioso que bombardeaba mi sien con sus apremios, acuchillándome con amenazas, tendiéndome su red de araña cada vez más tupida de la que no podía evadirme, presa sin escapatoria del odio de un extraño desamor...
No dormí aquella noche, mi sueño pronto sería eterno, y ya me veía en un piélago de sangre, cordero inocente en manos de un monstruo con figura humana, víctima de una mente viciada, de un ser horrible al que, sin embargo, yo había amado... ¿Cómo había podido yo, mujer sensible, tímida y lejana, cómo había podido dejarme llevar por la ilusión engañosa de una mentira que creí verdad sincera?...Yo buscaba amor y me engañé, aquel hombre, ese hombre con el que llegué a convivir, no buscaba mi amor, buscaba sólo mi cuerpo de nieve, mi belleza de cristal, hija de la estepa y del aire...Vine buscando el fuego mediterráneo, la luz y la risa, y descubrí con espanto que el fuego de las hogueras y los abrazos es más peligroso que nuestras baladas de amor y primavera... El amor que encontré, no era el amor de una chica rusa blanca, romántica y dulce, cariñosa y maternal...El amor que encontré era un volcán que asola y mata, un correr de lava que todo lo arrasa y destruye, un brazo mortal que varias veces intentó estrangularme, sacar de mi lo más profundo de mi alma, el misterio de nuestra tierra rusa...
Claro que sabía que no todos los hombres de aquí, como los de allá, son así, pero yo tuve la desgracia, en mi ignorancia, de dejarme llevar por las palabras engañosas de una persona que me sedujo pronto con su sonrisa y halagos, persona a la que me entregué confiada, descubriendo pronto mi error, el peligro que corría, ya que ese falso amante no se contentaría con mi cuerpo, exigiría también mi alma, es decir, todo lo que llevaba conmigo de mi tierra santa, la santa Rusia, patria inmortal, que yo no podía entregarle así como así, el alma no es el cuerpo, está sobre el cuerpo, es mi posesión intransferible, lo que me hacía ser quien soy y nunca se olvida ni se regala...Esto me perdió...Pronto comprendí mi error, éramos dos personas desconocidas y contrarias, me había dado a un hombre que nada tenía que ver con el icono del hombre de mis sueños, mi amor verdadero al que yo le habría entregado mis tesoros, descubrí tarde que ese hombre no era este, me había equivocado, tenía que abandonarlo antes de que fuera tarde...
Y fue tarde, porque a partir de ese momento se convirtió en un depredador que no cejó nunca de perseguirme, me cercaba con sus ondas, con sus llamadas de fuego, con sus trampas y engaños, como aquella de la televisión donde caí inocente...Lo denuncié, me sentí maltratada, cercada, sometida al horror de sus llamadas, sabiendo que yo ya no podría ser nunca suya...
Me asesinó cuando me disponía a tomar el ascensor de mi casa. Esa corta espera bastó para que él pudiera ejecutar su plan de ira y venganza, sino iba a ser suya, yo su pertenencia, me destruiría como se rompe un papel o un vidrio que se tira a la basura...Lo vi frente a mí indefensa, sentí como su puñal rompía mi cuerpo de hielo, mi garganta de repente roja, mis ojos suplicantes en los suyos de hiena, animal de furia, mi verdugo arrancándome todo lo que era mío, nada le pertenecía, no era suya, mi ser libre, luego huyó como los cobardes dejándome abandonada y se perdió en la calle como un pájaro de noche...Caí en brazos de la muerte, mi hermana la muerte, mi santa Rusia que vino a consolarme, mis praderas y mis ríos, el Neva, mi mar Báltico, los gritos de mis hermanos campesinos, las voces lejanas de mis padres, mi madre mirándome con su sonrisa, mientras yo la escuchaba cantando una de sus baladas favoritas...Luego todo pareció borrarse de mi mente, recordé el día en que mi pobre padre metalúrgico falleció en accidente, la tarde cerrada, los gritos de angustia de mi madre y la gente que vino a su entierro, la casa llena de obreros, el pope con su voz larga y conmovida, ¡cuantas lámparas encendidas!, ¡cuantos gritos!, y la larga comitiva hasta el cementerio, día de lluvia, donde sepultamos a mi padre al que yo, niña, no dejaba de llamar con lágrimas, luego la honda fosa abierta cuyo fin no alcanzaba y que, de repente, en el vértigo, comprendí que aquella tumba abierta era la mía y que era a mí a quien el pope revestido, con su negra barba, dedicaba sus salmodias y cantos fúnebres...Sentí como recogían mi cuerpo sangrante y lo metían apresurados en una ambulancia que se alejó veloz con sus pitadas por la avenida que, por un momento, pensé era la Nevski y no lo era...No supe más, ya que me desvanecí del todo y ya no supe más de mí, debí morir ya que pude verme desnuda y sin sufrimiento tendida en una mesa de mármol que pensé fuera de nieve, luego metida en una cámara frigorífica que, sin saber, pensé también que era mi agua del Neva, el calor de mi tierra húmeda y lejana, un lecho bordado de nieve..
.
No debía estar muerta del todo ya que pude escuchar como discutían sobre mi traslado a San Petersburgo, imposible, no había dinero para algo tan costoso, decían que debía quedarme en esta tierra, era aquí donde había muerto, otros (cuando vino mi madre Tamara desde Rusia) cambiaron de opinión y dijeron que mi cuerpo debía descansar en nuestra tierra lejana, una rusa pertenece a su tierra, allí descansan nuestros muertos y yo pertenecía a ellos...Mi madre gritaba, lloraba y suplicaba por Dios, porque nunca quiso que su hija viniera a un país tan remoto, se negó siempre, y ahora venía a pordiosear los gastos de mi repatriación, tanta humillación...
Lo consiguió por fin y, como ella quería, envuelta en periódicos que hablaban de mi muerte, sin quitarse las lágrimas, abrazada a mi hijo, volamos hacia San Petersburgo, junto al Neva, frente el Báltico, nuestro mar...Fue entonces, sobrevolando Rusia, cuando dejé de pensar en mi...


José ASENJO SEDANO




(Publicado en el libro de varios autores, EL TAM-TAM DE LAS NUBES", relatos de emigración, edición de EL DEFENSOR DE GRANADA, Caja GRANADA, 2008, que dirige el profesor Emilio Atienza)

viernes, 4 de julio de 2008

MIS LIBROS: FUERA DEL TIEMPO




Han pasado una, dos generaciones de hombres, y la guerra civil va quedando lejos en un recuerdo cada vez menos personal. El autor de esta novela va cumplir cuarenta y ocho años y su experiencia de ella son recuerdos infantiles. Para tener conciencia de adulto de la guerra hay que haber cumplido los sesenta años. Pasarán unos pocos más y con ellos los recuerdos de los ancianos y la guerra será sólo u n capítulo más de la larga historia, y montones de papeles en archivos ordenados o desordenados.


Es significativo que este año uno de los más grandes premios literarios de novela haya recaído en una de recuerdos muy personales y vividos de la guerra civil. Parecería que el momento pide novelas donde se exalta al bando republicano, después de decenios de glorificación de los contrarios, y sin embago los recuerdos del autor, con la destucción de aquella familia en un pueblo lejano de la Andalucía alta, parecen sintetizarse en lo que la abuela, personaje central del libro, dice de modo lapidario: "Esta ha sido una mala guerra". Y en otra ocasión:"Porque en las guerras como la nuestra nunca gana nadie, y quien las gana es siempre un traidor a los dos bandos".


Asenjo presenta en un personaje infantil los recuerdos de la guerra. Lo verosimil es que tales recuerdos se basan en lo autobiográfico, el tiempo coincide con su edad. Pero cabe mucha fantasía del novelista en el personaje central, y puede haber en primera persona muchos recuerdos inventados por un creador literario.


La técnica con que los recuerdos son presentados es la de la evocación, y el centro es la figura de la abuela, personaje central, en quien se simboliza el afán de vivir para sostener a todos los de la casa, para darles hasta una explicación del mundo.
El niño va despertando a la vida y comprobando, lleno de dudas, la explicación, mientras las desgracias de la guerra caen sobre la familia y la van destruyendo. Le hablaba, pues, a la abuela de "la locura de Dios, que hacía las cosas y luego las deshacía y luego las rehacía y luego las volvía a deshacer." Mientras la abuela le enseña incesantemente, le descubre lo que ella sabe, discute con él.

EL país donde el niño abre los ojos a la guerra es aquella Andalucía donde la tierra "se ondulaba, se despeinaba, se encaramaba árida a los olivos, a los castaños y a las encinas terribles como gigantes". Allí comienza la guerra que el niño ve. Arde la iglesia, el molino, la aserradora, el cura es asesinado y a uno de los jefes revolucionarios lo traen muerto del frente para que el pueblo le rinda honores. Los niños, mientras, "corríamos por la carretera, orgullosos de saludar a aquellos soldados felicísimos. Por que -recuerda el niño- ése fue otro de mis descubrimientos: que la guerra hace felices a los hombres."
La abuela "se reía ocultando su carita de pastel, sus labios de tomate y aquellos ojos ahogados a través de los que trataba de ocultarse". Y de esta manera muy original va describiendo mil facetas de la anciana, con su bastoncito de contera de goma, su atención a todo, mientras sus dos hijas más jóvenes, medio dementes, escapan arrancadas por la guerra, y su hijo huye del pueblo para hacer la guerra del lado de los otros, y a su yerno lo llevan preso los milicianos, por lo que su otra hija, la madre del niño, se hunde en la sinrazón. "La guerra nos vuelve a todos egoistas", dice la pobre cuando todo está aún al comienzo y le falta mucho que sufrir y sacrificarse.En su sabiduría aprendida del saber tradicional lo ve bien claro: "¡A mí que me importa quién gane la guerra!"

Nada se concede aquí a lo que hoy parece idea corriente: que las guerras son evitables. El niño descubre que "la guerra también es natural. Es natural que de vez en cuando los hombres cojan sus armas y se vayan lejos, a matarse los unos a los otros". Cuando la guerra va avanzando, y llegan al pueblo los refugiados, e invaden la casa y la van destruyendo, quemando muebles y puertas para calentarse, la llenan de suciedad y hedentina, la abuela concentra más la energía que sostiene la familia. Mientras, el niño va despertando y descubre las maravillas del paisaje, del que Asenjo Sedano sabe darnos descripciones breves y penetrantes. "Con la invasión de refugiados -se nos cuenta- se acabaron las palomas del huerto...Toda la casa olía a chamuscado, a basura, a restos de comidas imposibles, a meadas y porquería de niño. Nunca jamás averiguaríamos de dónde procedía aquella baba, aquel oscuro turbión de harapientos y desheradados, en qué lugar habrían podido habitar y permanecer ocultos, ignorantes de la más mínima noción de convivencia."



Y entonces sobreviene el hambre. Y la parienta antes rica pasa mendigando y buscando por la casa todo, hasta llevarse en su saco las pobres patatas que guardaban para cenar. Y la figura de la abuela crece. Corrige al filósofo griego que sabía había dos vidas, la de la vigilia y la del sueño. Más la abuela: "Pero, sea o no sea, en esas dos vidas tú eres el mismo tú: nunca te cambias por nadie."
Más no contaremos el argumento de la novela. Al final, con la muerte del hijo que se escapó y vuelve, el pobre, sin piernas, se acaba, y con ella todo aquel mundo antiguo y ruinoso del pueblecito de la alta Andalucía. "No es justo que uno muera por nada -dice la abuela-...¿Qué Dios de la nada puede haber inventando tal cúmulo de maldades?", y la explicación del absurdo de la guerra se enreda con las preguntas de la teodicea.

Cuando las dos pobres locas vuelven, viudas de los fusilamientos del fin de la guerra, con la cabeza envuelta en un turbante de harapos, que se quitan para dejar ver sus cráneos pelados y afeitados, se acaba realmente el paréntesis de la guerra que sostenía a la abuela. La simbólica paliza que su padre da al niño porque está sucio, cubierto de tierra por jugar en el suelo, y la entrada en la escuela, devuelven el niño a una vida más vulgar.
Tal es la obra que ha sido premiada. Si nos atrevemos a suponer el por qué, señalaremos que es enigmática, objetiva, cargada de problemas existenciales de los que ahora estamos olvidados. Desde el mundo gozador en que olvidamos los males y problemas que deberían angustiarnos. Asenjo Sedano llama a la preocupación por los problemas supremos. En monólogos del niño cuando la guerra se acerca a su fin, en uno leemos: "Y es que, en el fondo, todo es un juego, hoy me toca a mí y mañana te toca a tí." Ni siquiera ha necesitado trabajarse un estilo. Nada fluido, con un vocabulario a veces vulgar, y sin embargo lejos de lo conversacional, libre de imitaciones e influencias, el novelista ha acertado a recoger un pasado que huye, que todos queremos olvidar, pero que pesa, allá en el fondo, en los viejos y, todavía, en los que lo vieron de niños.
ANTONIO TOVAR






(El autor de este comentario, "Fuera del tiempo", sobre la novela "Conversación sobre la guerra", Premio Nadal 1977, de la que es autor José Asenjo Sedano, es D. ANTONIO TOVAR LLORENTE (Valladolid 17.5.1911, Madrid 13.12.1984) filólogo, linguista e historiador, Rector que fuera de la Universidad e Salamanca, Premio Goethe y Miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Fue publicado este comentario en la revista "La Actualidad Española", Madrid, 2 de abril de 1978.)

jueves, 3 de julio de 2008

EL "JOAN DE DIOS", DE JOSÉ ASENJO SEDANO






Cuando empezamos, por el año 70, el asombroso "boom" de los "narraluces", se nos unió Pepe Asenjo Sedano, escritor de Guadix, residente entonces en Cádiz, finalista del Nadal, premio que ganaría años después con su "Conversación sobre la guerra". Azarinesco de espíritu, mimoso del detalle, tierno y leve en sus tremendas gravedades, parecía un desmentido de las durezas de su tierra, aunque quizá, borrando caricaturas, diera mejor que nadie el alma de su gente. Desde entonces, he ido siguiendo con cariño sus novelas, sus ensayos, su poesía. Voluntariamente exiliado de los corrillos literarios, quizá por desencanto o lúcido de tan maduro, sigue, de puntillas como siempre, enredado en literaturas, de cuyas yedras no consigue destrabarse. Ahora nos viene con un libro, "Joan de Dios", un breve y denso texto en el que novela la vida del santo de los locos y de los pobres.



Granada: obra del escultor Miguel Moreno.

Siempre le he temido a las biografías noveladas. Temo que el escritor aproveche a un personaje histórico para amparar en él ideas que no se le pasarían por la cabeza en sus tiempos, ideas del autor que tendrían menos audiencia y autoridad si se presentaran sólo con su firma. Me figuro el síncope de Adriano si leyera lo que a él le ha inventado, la Yourcenar. No niego que el procedimiento es válido,y a veces fructuoso; pero yo tengo cierta alergia a ello, aunque también caiga, de vez en cuando, en la tentación de hacerlo. Pepe Asenjo, sin embargo, ha sido más honesto intelectualmente. No ha puesto en boca de San Juan de Dios ocurrencias asenjianas. Incluso se permite la honradez de subrayar en cursiva las frases auténticas del personaje, para que las distingamos de las suyas. Y eso que las suyas responden a la mentalidad del santo, que inicia, a partir de la página 37, una especie de confesión ante el Arzobispo de Granada, que le visitaba en su lecho de agonía.





El libro huele a Granada. Hay olor de santidad, pero hay olor a Granada. Ahí están el reloj de la Real Chancillería ("en el reloj de la Audiencia", como cantaba Cobitos), la puente del Genil o la del Darro, las lonas del Albaicín, la vega, los silencios, la vieja puerta de Elvira, que cantara García Lorca. Y están también los pobres, los de siempre de Granada, los sufrimientos de la"pena negra". Juan de Dios, "Joan de Dios", como se firmaba, huele tambien a pobre y a Granada. Huele a santo, a denuncia, a portillo de esperanza.


No voy yo a descubrir ahora a Pepe Asenjo, pues su literatura y sus modos literarios son de sobra conocidos. Sigue estado ahí, sin la magia pero con la ternura de su novela "Crónica", la que a mí más me encanta. Sigue con su mimo del detalle, su sencillez, su honradez sin aspavientos. No busca lucimientos personales, sino que se limita a narrar suave y entrecortadamente, como una abuela junto al fuego. Este libro es un buen antídoto para los "narraluces" que abusamos a veces de las acumulaciones barrocas, tan rotundamente nuestras pero tan peligrosas. Escueto en el lenguaje, aunque mimándolo, sobrio en las descripciones, Pepe Asenjo me recuerda a los andaluces del campo, de laconismo certero. No se escucha a sí mismo; sino que escucha el aire, el alma de los otros.


Esa naturalidad se pierde, sin embargo, por su manía de incorporar algunas palabras portugesas a la relación del santo. Dice Asenjo que lo hace como homenaje a la patria del personaje. No me vale esa razón, que no viene a cuento. Resulta algo artificial el darle veracidad al relato con palabras portuguesas, cuando ese mismo relato está escrito en castellano actual, no en el castellano que entonces hablaría el santo. Este es el "pero" que yo le pondría al libro, reproche forzosamente leve, pues las palabras portuguesas no se prodigan afortunadamente.





En definitiva: que hay que felicitar a la Editorial Don Quijote de Granada por haber tenido el buen gusto de publicar el libro en su colección narrativa de "Los libros del curioso impertinente".





Carlos MUÑIZ ROMERO




Comentario publicado en SUR ( Cultural), Málaga, 1 de julio 1989.



De "Joan de Dios", se han hechos dos ediciones. La primera, en la Editorial Don Quijote, de Granada, 1988 (Agotada)


La segunda edición la hizo Editorial Comares, Granada, 2001, y se puede encontrar en cualquier librería.