martes, 22 de abril de 2008

COMENTARIO A LA NOVELA "EL CEMENTERIO INGLÉS"



Para quien no ha surcado más mares que los que la literatura trae a línea de playa –ola a ola, página a página- como salvavidas de allí donde no se hace pie, las palabras de bienvenida a este nuevo libro de José Asenjo Sedano, no son sino una alegoría de esa especie de lectorado en casa que inaugura toda obra literaria: un puerto a medias emprendida a orillas del lector sobre un horizonte tan cercano como extraño, y cuyo sentido, con ser avistado, tampoco se sabe si se arriba o se sale; pero en cuya certeza, no obstante, se funda la existencia de quienes nos movemos a la luz de los libros.
Bajo la figura de un joven que recuerda al niño agazapado de Conversación sobre la guerra, el que fuera premio Nadal de 1977 nos introduce esta vez en la saga familiar de Américo B. Cooper, descendiente de marinos legendarios mitad británicos, mitad españoles. Debido a un accidente que dará por tierra con su vocación marinera, el protagonista suplirá esa contrariedad haciéndose a la mar en un barco tan irreductible como su propia imaginación. En sí misma, la narración es la crónica de dicho viaje, el tránsito donde descubrimos no sólo la personalidad de sus progenitores y el destino del tesoro que les movió a buscarlo, sino también el juego de luces y sombras, presencias y ausencias que les acompañan. Una vez más, la narrativa de Asenjo Sedano vuelve a ahondar en un presente no por necesario libre de cargo, ni por asumido del todo completo; pero sí siempre falto de la reconsideración que no está en él ofrecer, y que a través de un protagonismo que va más allá de ese presente –como abc en movimiento- entiende que hay que traspasar (que no suplir, pues se trata de un espacio conjugado como realidad traspuesta), incluso a sabiendas del insufrible dicho de Pessoa de que no solo es mejor, sino más verdadero, soñar con la ciudad de Burdeos que desembarcar en ella: de ahí que la narración, a modo de diario de abordo, constituya un viaje a esa realidad por descubrir, y todo a cuenta de resultarnos tan sugerentes las bocanas descritas, como recreadas las calas que toca, desde las históricas (Batalla de Trafalgar) o las literarias (la Isla del Tesoro).
Así hay en la obra un momento que sirve de epítome a lo escrito y, juntamente, a lo por decir; de tal manera que una página se enfrenta a la siguiente de igual modo en que narrador y protagonista acaban por darse sepultura uno a otro con pertinaz obstinación; el hijo dando testimonio de la muerte del padre (“Al capitán Alexander Brome se le enterró con honores en el cementerio inglés”) y el padre a su vez notificando la del hijo (“Ahora descansa en paz en el cementerio de San José, no lejos de ese otro cementerio inglés del relato”). ¿A quién dar crédito? ¿Al padre que cierra el texto en carta anexa negando la veracidad de las historias relatadas por su hijo Américo B. Cooper, o a éste por mas que su progenitor pretenda oficializar de manera certificada –ante la Comandancia de Marina de la capital almeriense, según se indica- la falsedad de unos personajes sólo existentes en la imaginación de quien los narra? Es cierto que el lector queda suficientemente advertido de la aventura libérrima que se prevé apenas iniciadas las primera andaduras marinas, como también prevenido de cualquier viso de realidad histórica y geográfica que se tome por desliz, a fe como se hace (“si bien el hombre está sometido a determinadas leyes físicas, mi imaginación era libre como un pájaro”, se nos advierte); y que todo ello, en suma, con ser reconocido por el mismísimo narrador, no resta carga de verosimilitud al relato, antes bien complementa y enriquece a la realidad a la que traspone, sabia manera de llegar a otra por humana más libre, es decir, menos cosificada. Desde esta perspectiva, lo que con sagacidad habría que preguntarse es qué puede actuar en su propio demérito, qué actuaciones le son intervenidas a partir de su configuración como obra literaria: a qué requerimientos, en definitiva, obedece. “No trato de hacer historia de los demás, sino mi propia y soñada historia”, aventura con voluntad de valor –como diría Savater- el joven protagonista; una tarea que se hace aquí también heroica no a tenor de una determinada superación –en este caso, la condición de impedido por parte fe quien narra la historia-, sino más bien (siguiendo la lectura) ante la incapacidad existente por asumir otros su condición (“mi cojera era su cojera”, nos dirá gráficamente). Y es que, a la medida en que lo es aquí el narrador, una labor parecida lo es asimismo del escritor de hoy día.
¿Quién se hace a la mar solo por recibir (ingenuamente si se quiere) la bendición de Su Santidad? ¿Quién está dispuesto a viajar en solitario en un barco que lleve el nombre de Peregrino? ¿Quién se empeña en dirigirse a ese mar de barcos encallados que es el Campo del Sur? ¿Quién resiste a los embates –navíos fantasmas incluidos- sin gustarle el olor de la pólvora ni la sangre derramada? ¿Quién revela los tesoros escondidos en la punta de una bota? ¿Quién, en definitiva, hace suyos el ensueño y la poesía?...
Lean El Cementerio inglés y verán que las respuestas a estas cuestiones sólo es capaz de engrandecerlas un escritor como José Asenjo Sedano.

JOSÉ MORENO FERNÁNDEZ, es escritor y doctor por la Universidad de Almería.

(La novela “El Cementerio inglés”, de José Asenjo Sedano, ha sido publicada recientemente por el Instituto de Estudios Almerienses, de la Diputación Provincial de Almería).

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