sábado, 24 de enero de 2009

LA CASA NÚMERO SEIS (cAPÍTULOS 4 Y 5)















NOVELA POR ENTREGAS.

Autor: JOSÉ ASENJO SEDANO


Capítulo 4




Seguíamos sin saber ese empeño de mi padre por habitar la Casa Número Seis, qué teníamos que ver nosotros con esa familia de marqueses tronados o en el exilio, gente de vida de lujo en los cabarets de París. Una casa devastada que se tuvo que restaurar para hacerla medianamente presentable. Cuando llegamos a ella aquella tarde de finales de junio, nos hizo recorrerla solemnemente, para que admiráramos lo que quedaba de su pasado esplendor: el mármol de la escalera, las vidrieras, el artesonado de nuestro salón, la mampara de cristal, las hermosas vistas de corrales y huertos.. Fue entonces cuando nos contó que la casa había sido de un marqués muy florido y una bailarina famosa y, antes, bastante tiempo antes, comandancia del general francés de ocupación de la tropa napoleónica, un tal mariscal Coucteau, borgoñés, antiguo herrero, hombre de lucida hoja de servicios, bastante cafre por sus modos. Solía entrar en la catedral a caballo al que hacía abrevar en la pila del agua bendita y sentarse en el coro fumando largos puros habanos. Esos eran los méritos de aquella casona interminable con sótanos o mazmorras, quizá caballerizas y ventanas de reja posterior. Cuando llegamos aquel día a su puerta de doradas y sonoras aldabas, nos esperaba zalamera la criadita fiel a mi madre, la Josefa, la Fefa, con su mandil blanco de gala. Fue ella nuestra guía por patios y estancias, la torre, desde donde se veían las huertas y las otras calles empedradas de la ciudad, estrechas, solitarias y casonas como la nuestra, repitiendo siempre los elogios de mi padre. La Josefa, que ni había perdido ni ganado la guerra, la vida para ella era la de siempre, conservaba su buena cara pese a que la guerra y la república, su bandera, no había librado a su familia del hambre. De esa hambre que, en su casa, era más antigua que la guerra... “Hicimos la guerra para librarnos del hambre, y ahora tenemos más hambre que nunca. Pues, vaya...” Por eso la Josefa seguía siendo nuestra criadita de casa, nuestra menina de siempre. Había nacido para eso. Fue ella la que nos llevó a ver la pintura del marqués del parche y la escopeta que nos dijo que era el diablo, pero mi padre, o no se sabe quién, había mandado tabicar aquel cuarto particular y no nos fue posible verlo. Lo que, sin duda, no nos libró del susto de saberlo tan cerca y contemplar la mirada feroz del pirata del Brasil.
-No se lo digáis al ama,-apuntó.-Es mejor que no sepa que habéis estado aquí.
-¿Y hay fantasmas en esta casa?,-la pregunta vino de mi hermana Luquita que no se soltaba de la mano de la criadita.-¿Es verdad que hay fantasmas? ¿Es verdad?
-Los fantasmas nunca se ven...
-¿Tu los has oído?
-Alguna vez...
-¿De verdad? ¿Y cómo son?
Luquita apretaba cada vez más la mano de la Fefa, ahora su protectora.
Pronto empezamos todos a soñar con fantasmas. No sólo los oíamos, sino que llegamos a verlos subiendo entre luces la escalera, golpeando los cristales y escurriéndose por el pasamanos de la escalera del patio. Nos acostábamos juntos y sin abrir los ojos, tapados hasta las orejas. Fue entonces cuando alguien nos contó la desgraciada historia de Hermes, el artista.
-También vivió aquí un maestro zapatero que hacía zapatos de lujo como los de Cenicienta. Tenía su taller en el cuarto oscuro. Muchas veces lo veíamos probando aquellos zapatos a señoritas fantasmas. Eran unos zapatos preciosos...
-¿Pero, no dices que no se podían ver?
-A veces, sí.
-¿En la guerra?
-Pertenecía a la cooperativa de zapateros. Pilló un camión militar al pobre hombre al cruzar una calle.¡Maldita guerra! Y le cortó las piernas. Era un fantasma zambo. Sólo tenía brazos. ¡Y manos! ¡Manos de artista!
Ya teníamos dos fantasmas, Hermes y el Zapatero. Iríamos conociendo más. No tardarían, en noches sucesivas, en ir presentándose ellos mismos. Aislados y todo, con los cerrojos corridos, los oíamos llamar y toser y hablar palabras que nadie entendía. Algunos eran ingleses, polacos o franceses, gente de las brigadas internacionales. Luego, pasada la novedad, los fantasmas se fueron haciendo menos audibles, se hartaban de llamar inútilmente a nuestra puerta y se refugiaban en su soledad. Sabíamos que eran refugiados, gente que nunca tuvo hogar fijo y que lloraban por tenerlo. Lloraban a gritos nombrando nombres de familiares perdidos. Eran los desaparecidos de la guerra, esos que nunca encontrarían su casa. Claro que los más tristes eran los refugiados difuntos sin duelo y sin entierro....Esos se paseaban vestidos de negro, con las manos en el pecho y una lámpara en la mano, una lámpara apagada.

Mi madre resignada, las tardes de verano, se sentaba al frescor del balcón para ver quien pasaba, cogía su rosario y esperaba que tocaran las campanas del anochecer. Muchas de estas tardes, a su lado, veíamos como se encendía la lámpara de la calle, su luz de mariposa, y la oíamos contar las historias de su casa y de su calle, de sus tabernas y tiendas de ultramarinos. Abajo estaba la iglesia con su pretil y su campanario, arriba la iglesia de santo Domingo, que nunca tuvo frailes. Me hablaba de su hermano que se fue a la guerra de África y murió asesinado en nuestra guerra. Me hablaba de aquel otro que vivía en Barcelona casado con una señorita catalana muy guapa. De otro que luchó en Cataluña y terminó en una playa francesa guardada por senegaleses. Y de aquel otro que se casó en secreto y ahora vivía en la casa de los abuelos...Todos esos sucesos estaban grabados en su mente, hecha para recordar...
-Tuve otro hermano que murió en Antequera en soledad. Murió en un hospital rodeado de sus tres hijos pequeños y la abuela materna de estos. Su mujer, que era un ángel, había fallecido poco antes...Nada se supo hasta que acabó la guerra....¿Quién puede decir que nunca ha perdido una guerra?
Oyéndola, la menina rompía a llorar, teniéndola que consolar mi madre, que le secaba las lágrimas con un pañuelo.
-¡No llores, menina! Todo eso ha pasado ya...
-¡Ay, mi ama!¡Ay, mi ama! ¡Qué mala es la guerra, qué mala! ¡La guerra trae el hambre y trae los fantasmas!
Mamá se vestía siempre de negro, su sola bandera. Nunca, casi nunca, salía a la calle, salvo por una necesidad. En ese tiempo, las matronas, rollizas e inmóviles, escasamente salían de sus casas y, cuando lo hacían, era siempre al atardecer, al vespertino y para dar un pésame. Es cuando se atrevían a hacer la consabida visita, le debo pésame a doña Enriqueta o a doña Emilia o a doña Lola, que se habían quedado viudas o habían perdido a su padre, a un hermano o a un hijo...Esas eran las salidas de mi madre, los desahogos que podía permitirse, el diálogo y el aire de la calle, el recuerdo de los bellos tiempos. La tristeza de los perdidos. Todo se debía a aquellos difuntos familiares y generosos, que gloria gocen, que se pegaban al cuerpo como una lapa.
-Hoy tengo que ver a doña Lucrecia,-decía mi madre frente al espejo arreglándose la onda del pelo.-Le debo visita. Hace tres meses que se murió su hermano Gumersindo...
El pésame era un pretexto, un motivo razonado para la salida. Los maridos, entonces, casi moros, apenas si sacaban a la calle a sus mujeres sometidas. ¿Adónde ir? La calle, la taberna, el casino, era solo para hombres, que podían hablar a sus anchas. Para las mujeres, más sensibles, quedaba el luto y la iglesia. ¡Tristes amas de casa!
Aquellos años posbélicos fueron tiempo de frecuentes salidas de mi madre, que abandonaba con gusto su balcón y llegaba hasta la frontera de su viejo barrio, la calle de San Miguel, la tienda de la Cortijica que vendía bollos de leche, la zapatería de Mariano y la tienda de ultramarinos de la Gardenia, siempre pegada a su mostrador. Desde que entraba en la calle, mi madre iba saludando a diestro y siniestro como si fuera una visita pastoral, todas las vecinas salían a su encuentro, la besaban y las besaba, se preguntaban por la salud, por los hijos, ay, los sufrimientos padecidos en estos años que nos ha tocado padecer... Porque el barrio de San Miguel, el barrio en que habíamos nacido casi todos, fue un barrio revolucionario en la guerra, un barrio belicoso y hostil, cuna de incendios y asaltos. Pero la casa del abuelo fue siempre casa respetada, él era el abuelo del barrio, aunque rechazara las ideas de sus jóvenes pistoleros. Cuando salía sin miedo, en invierno, a pasear la calle, le abrían paso, le saludaban y ni le apeaban el don. Muchos de aquellos que después serían condenados a muerte, muchachos todos, habían sido amigos de mis tíos, se querían, habían frecuentado la casa del abuelo que tenía muchos hijos. Allí habían comido y bailado. La guerra los echó a perder. ¿Qué se les había perdido a aquellos chicos del barrio ufanándose de su hombría luciendo sus pistolas al cinto, alardeando de muertes, sintiéndose dueños del mundo? Pertenecían al anarquismo imperante, saquearon la iglesia en la que habían sido bautizados y de niños asistían a la catequesis. Se vistieron de curas, profanaron el Sagrario, destrozaron las imágenes que muchas veces habían procesionado e hicieron pública mofa de la santa misa, riéndose de Dios y de los curas, a los que tantas veces habían besado la mano...
Con las madres de muchos de esos muchachos era con las que mi madre se encontraba en su calle, la calle de todos, los hijos de todos, y las besaba sabiendo la pena que ya no podrían quitarse, sus hijos también muertos para siempre. Las unía el mismo luto, lamentando que aquellos tiempos felices ya no existieran, aquellos en los que todos nos queríamos y nos respetábamos...
-¿Qué fue lo que se llevó a este barrio? ¿Qué demonio vino a llevarse a nuestros hijos?
Y echaban de menos aquellos paseos del abuelo al sol del invierno con su bufanda y su abrigo beig, su sombrero y su bastón, el abuelo con el que nunca se metieron, eso que él también había perdido sus hijos en la guerra y, otros, porque eran muchos, habían estado peleando en el frente en este bando...
-Las guerras son muy malas,-decían,-quitándose las lágrimas. Ahora solo hay hambre y tristeza.
-Y dolor. Mucho dolor.
-Hasta que esto se quite...
Hacía también un frío atroz, porque las casas entonces no estaban a acondicionadas, eran casas centenarias, grandes y vacías, donde se colaba el siberiano. Nunca olvidaríamos aquellos inviernos terribles, las lluvias racheadas, la nieve, el granizo, el silencio que se desprendía del aire. Al atardecer, se encendían algunas luces amarillentas bandeadas en la calle por el viento. ¿Adónde ir? El comercio era inexistente, todo estaba racionado, un racionamiento siempre escaso. Ni pan, ni azúcar, ni aceite, ni jabón, ni carne, ni pescado...
Mi madre después de su visita, de ver a su madre anciana y sus hermanas, todas enlutadas, todas viudas, se volvía a la casa con el mismo triste entusiasmo de su salida. Todos aquellos rostros, alegres en otro tiempo, eran ahora rostros marcados, de miradas furtivas, fantasma de aquel barrio destrozado por el odio.
-Poco antes de terminar la guerra, murió el abuelo. Era enero. El abuelo se acostó triste esa noche y se murió. Vinieron de la ciudad a decirnos que el abuelo se había muerto. Mi madre se arregló y, con mi hermano mayor, echó a caminar carretera adelante, aquellos largos seis kilómetros transitados por camiones con soldados, gente desesperada. Nosotros nos quedamos en el pueblo, en nuestra casa de entonces, esperando su regreso..
-¿Y la abuela?
-Terminada la guerra, como todas las viudas, la abuela anciana, mujer de pocas palabras, llevaba un manto negro muy largo. Era el luto por su marido y sus hijos muertos. Pasados unos años, la vería morir. Agonizó en brazos de una de sus hijas, mirándonos con sus ojos tristes. El cura le había dado la Extremaunción. Murió serenamente, como si no fuera ella la que se moría...
Cuando volvía mi madre de sus escasas visitas a su barrio, siempre volvía melancólica. Se miraba en el espejo como si no se reconociese. No era la misma, los años pasan, también los inviernos con su desfile de nubes harapientas y grises. El barrio ya no existe, decía. Ya no están los que estaban. ¿Qué fue de aquella gente alegre y divertida?
-Al menos,-como una broma,-nadie me ha preguntado por la dichosa calavera.






Capítulo 5



Mi padre llegó temprano esa noche. Puso la radio buscando en la maraña de interferencias no se qué noticia que había oído en la calle. Al parecer, los rusos habían invadido Alemania, quien veía ahora derrotadas sus invencibles divisiones. Aquellas emisoras de entonces se oían muy mal, la audición era horrible. La única emisora clara era Radio Andorra y sus discos dedicados, pasión onomástica a la que mucha gente se entregaba para saber los unos de los otros...”Para mi hija Pedrita, en el día de su santo, de sus padres Ramón y Torcuata y de sus hermanos José, María, Lola, Paca, Manolita y de su vecina Josefina desde Castellón de la Plana...” No era el disco, era el eco lejano de sus nombres, sentirse oídos, que mañana todos te dijeran: “Anoche te oí por radio Andorra...”
-Existías...
-Era yo...
El que la guerra mundial pudiera estar cerca del final, nadie lo sabía. Por otro lado, sabíamos que si Alemania perdía aquella guerra, es posible que también nosotros fuéramos arrastrados por su derrota. Nadie ignoraba que habíamos apostado por el perdedor...Seguro que después de comerse a Alemania, los soviets bajarían hasta nosotros, hasta el mismo Gibraltar...Era lo que más temíamos...Temor de unos y alegría de otros...
Tanto, que parecía como si el asunto del cráneo hubiera quedado olvidado. No parecía interesar a nadie ahora, más pendientes de los acontecimientos exteriores, los bombardeos británicos sobre Colonia y aquellos V-2 sin piloto que se estrellaban sobre la costa inglesa. Era el arma secreta de Hitler. Los americanos ponían sus pies en suelo europeo, los alemanes de Rommel perdían su guerra del desierto y Patton, un general imponente, pisaba Sicilia...A Hitler se le iba cerrado el cerco hasta terminar desmelenado, creador del nazismo, terrorífico invento, encerrado en su bunker berlinés de donde no salió vivo...
Si, parecía olvidado el cráneo. Hasta la Josefa, nuestra criadita enana, había vuelto a echar confiada su cubo al pozo y subirlo rebosante de agua. Ya no había muertos en el pozo, todos los muertos venían ahora a por montañas en los periódicos. Ni se oían los gemidos de los fantasma en sus paseos nocturnos por el patio. ¿Qué había ocurrido? Bajábamos al patio, a los patios, porque eran dos, recorríamos los cuartos oscuros, el sótano y hasta nos atrevimos a cavar en el suelo a ver lo que salía...A la tercera vez, encontramos, junto al muro, un arsenal de armas escondidas, enterradas dentro de un arca, pistolas largas y cortas, cuchillos y hasta dos sables militares... “Estos si que son franceses”, fue lo que dijo mi hermano mayor limpiándolos con un trapo húmedo. “Estas armas son francesas, mira las placas...” Seguro que ese armamento había pertenecido al gobernador que ocupó la ciudad...
Y no se equivocó. Se las llevamos a don Juan, el jefe del orden público quien, revestido de autoridad, mesándose el bigote, muy serio, repitió lo que había dicho mi hermano experto: “Son armas francesas, fabricadas en Orleáns.”
-Fijaos, tienen el escudo napoleónico...




Cierto, lo tenían. Don Juan no sabía que hacer con aquel arsenal inservible. Se las quedó para dar parte al capitán de la Guardia civil y ver lo que se hacía con ellas.
Días después, en nuevas catas, encontramos restos de un arcabuz, una espada con pedrería, y un bolso con una joya de oro que guardamos. La espada, por su prestancia, nos pareció que debió pertenecer al general Coucteau el general gobernador que habitó la casa. Tener esa espada, era como tener rendido al dichoso gascón, haberle ganado la batalla. La escondimos religiosamente, nadie sabría nunca nuestro secreto. ¡Lo que es el destino! Aquel general fanfarrón, humillado por unos chiquilicuatro...
Pero, contrario a lo que pensábamos, el asunto del cráneo no había sido archivado, continuaban las pesquisas del señor juez de instrucción, empeñado en encontrar el cabo de aquella madeja. Era hombre estudioso y capaz, de pasos cortos pero seguros. Por don Juan supimos que don Arcadio hacía frecuentes visitas a la huerta del marqués, sospechando que en esa casa podría encontrar rastros de esa historia. Todas las revistas y periódicos de ese tiempo, las tenía don Arcadio sobre su mesa, analizando sus columnas. Los conocimientos locales que poseía don Juan, era otra de las fuentes de que se valía el señor juez para reunir las piezas de su rompecabezas...
Don Juan aparecía con frecuencia por nuestra casa. Le gustaba hablar con mi madre solitaria, fiel a su balcón. Mi madre había visto muchas veces a don Juan en el liceo, representando comedias de Marquina y Villaespesa. “El Alcázar de las perlas”, había sido uno de sus éxitos.
-Aquella fue una noche inolvidable,-comentaba don Juan con los ojos húmedos por el recuerdo.
-Le vi a usted muchas veces. Yo iba con mi padre al teatro del liceo, mi padre le admiraba mucho. Me acuerdo cuando hizo el Tenorio...
-Ya lo creo, me acuerdo mucho de don Carlos. Yo representé en Madrid a Benavente. Pude entrar a formar parte de la Compañía de don Lola Membrives. Hice también a los Álvarez Quintero...
-¿Y García Lorca?
-No, a Lorca yo nunca lo representé. Cuando íbamos a hacer “Doña Rosita, la soltera”, empezó la guerra. Tuve la suerte de ver en Barcelona a doña Margarita Xirgu representando “Mariana Pineda”, en el teatro Goya...
Don Juan, al que la vida había varado con su vara municipal, seguía en su vida representando su papel en medio de las multitudes. Languidecía con los recuerdos. Una vida echada a perder...
La historia misteriosa del cráneo se parecía mucho a esas historias de los teatros. Era eso lo que le atraía del caso. Fue él quien le sugirió a don Arcadio el escenario de la huerta y de la casa número seis, nuestra casa...
También nosotros nos animábamos a buscar en nuestra casa huellas del crimen, que siempre terminaban en la historia del gascón, del general francés, en los datos de los cronistas, que contaban como el gobernador, con sus oficiales se atrevía a entrar a caballo en la catedral, interrumpir la misa y fumar largos puros sentados en la sillería del coro.
La teoría de mi hermano Curri, que había leído libros del archivo de la catedral, es que los frailes del convento de San Francisco fueron con otros, los únicos que plantaron cara a los franceses y fueron instigadores de la muerte del corregidor Trujillo, hombre pacifico partidario del diálogo.
-Para mi que fueron los frailes los que decapitaron al gascón (como le llamábamos).
-Pero, ¿cómo?
-Entrarían de noche en esta casa saltando las tapias del corral y le sorprenderían en la cama. Uno, al que decían el Jerezano, que había sido soldado, debió ser el que disparó ese tiro frontal.
Lo que no tenía resuelto mi hermano archivero era como pudieron deshacerse del cuerpo del gigantes gascón, cómo pudieron sacarlo impunemente de la casa y por qué arrojaron su cabeza al pozo...Si el muerto hubiera sido el gobernador militar de la plaza mucha gente habría sido fusilada como en los cuadros de Goya. Y aunque era verdad que hubo ahorcados en la ciudad, no parece que fuera por la muerte del general. No, el general no podía ser el muerto. Aquella cabeza, de ser de un francés, sería de un francés menor, un soldado...
Pero tampoco tenía sentido esa segunda muerte dentro de la casa. Imposible, el edificio estaba ocupado por una fuerte presencia militar. En todo caso, esa muerte solo hubiera podido producirse a campo abierta, en una venta, en una encrucijada de caminos. Los frailes se limitaron a repeler el primer ataque francés y luego serían pasados por las armas...
Decidimos continua nuestras pesquisas, con poco éxito.
Una noche vino eufórico mi padre de su trabajo diciendo que un antiguo refugiado de la casa, un tal Nicolás medio gitano, le contó en la taberna que él sabía de quien era la cabeza de nuestro pozo, esa cabeza le dijo, es de un malagueño de Vélez Málaga, un hombre al que todos odiaban en la casa por sus malas entrañas.
-Una noche hubo una discusión y un tío de Sanlúcar de Barrameda le rebañó las tripas con su navaja.
-¿Y qué?
-Que esa noche, por miedo, muchos huyeron de la casa. Todos sabían que iba a ver más muertes. Yo mismo cogí a mi mujer a mis once hijos y nos fuimos al campo, lejos de la casa. Para mi que esa noche lo mataron y le cortaron la cabeza...
-¿Y el tiro?
-¿Qué tiro?
-El que le pegaron en la frente...
Esa fue una pregunta que el tal Nicolás no supo explicar.
Tampoco nos convenció esa historia sin sentido. ¿Para qué iban a tirar la cabeza al pozo sin el resto del cuerpo? Además, nadie reclamó nunca tal cuerpo, ni se supo del tal malagueño...
Mi padre eufórico se desinfló en un instante.
-Ese Nicolás te ha contado un cuento, solo quería que lo invitaras a un vaso de vino...
Por ese tiempo la guerra tocaba ya a su fin. Las tropas de Franco llegaban a Barcelona y pronto se hundiría Madrid. Era la hora de escapar, no el momento de dejar en el camino rastros de sangre...
Todas las vías seguían abiertas. Lo más probable es que se tratara de un crimen pasional como sostenía don Juan, hombre de teatro. Una muerte como aquella, seguro que tenía un cómplice, no podía ser de otra manera.
-Esa historia huele a drama,-sostenía el actor.-Solo falta una luz...
Luz que no aparecía por ninguna parte. Una luz que alguien estaba ocultando.
-En fin, una luz que pronto nos alumbrará...
Lo curioso fue que, cuando los fantasmas supieron que Franco había tomado Barcelona, muchos se esfumaron de la casa y no se supo más de ellos...










NOVELA POR ENTREGAS.-José Asenjo Sedano, 2008

1 comentario:

21atope dijo...

Deseo hacer llegar a la familia de D. José Asenjo Sedano nuestro pésame y dolor por el fallecimiento de tan insigne escritor.

En nuestro portal web "Accitanos de la Estación" ha dicho de él, Agustín Sánchez Díaz:

"Cuando un pueblo pierde a uno de sus mas ricos valores, queda en nostálgica soledad creativa. Se afirma que José Asenjo Sedano es después de Alarcón, el escritor más sobresaliente en la cultura accitana. Las reseñas literarias han quedado patentes en cuantos comentarios se han publicado en nuestro periódico, que no solo tuvo la suerte de publicar algunas de sus primicias, sino los juicios dados a conocer de numerosos literatos al reseñar sus obras. Algunos de sus artículos para nuestro Periódico han sido: La Catedral, hic est Chorus; Cuento de Navidad; Tres poemas y, el comentario de su hermano Carlos sobre su obra magna splendore con una introducción nuestra... Y mientras él charla con Alarcón, Mira de Amezcua, Medina Olmos y D. Miguel en los jardines del cielo, nosotros nos recreamos en la obra creativa que dejaron en esta maravillosa y fructífera tierra de Guadix."

D.E.P. Don José Asenjo Sedano